Jue 31 Dic 2009
Por este tiempo descubrí que a toda la gente le gusta salirse por un momento de la realidad y vivir esos mundos de ficción de las películas, de los radioteatros, de las novelas. Incluso les gusta que les cuenten mentiras, si esas mentiras están bien contadas. De ahí el éxito de los estafadores hábiles en el habla.
Hernán Rivera Letelier es un novelista chileno que descubrí hace casi 15 años cuando leí La reina Isabel cantaba rancheras, una historia entrañable que pasa en una de las “oficinas” de las explotaciones de salitre del desierto de Atacama. Acabo de leer la última novela de Rivera Letelier, una historia tan bella como corta titulada La contadora de películas, donde el autor regresa a la oficina para describir a María Margarita, la adolescente que encandilaba a los trabajadores del salitre contanto las películas que pasaban en el cine del lugar.
Calor, trabajo de sol a sol y explotación son algunos de los elementos que acompañan el comercio del salitre, igual como acompañan el de muchos otros productos que, como golosinas, despiertaron el afán de firmas norteamericanas o inglesas, sobre todo. Igual como sucedió con el cobre y tantos minerales en Sudamérica, las bananas en Guatemala o Costa Rica, o el chicle en México y Guatemala. La del salitre, además, es una historia paralela al establecimiento de movimientos obreros potentes que empezaron a consolidarse con la masacre de trabajadores en huelga en una escuela de Iquique, el 21 de diciembre de 1907, que nos ha llegado relatada en la Cantata de Santa María de Iquique versionada, entre otros, por el grupo Quilapayún.
Sin saberlo, he empalmado el libro de Rivera con otra novela curiosa que también sucede en el desierto -en muchos desiertos, en realidad-; se trata de Nocilla Dream, la primera parte de una trilogía escrita por Agustín Fernández Mallo donde múltiples microhistorias se entrecruzan en el desierto de Nevada, el desierto de Albacete, o los múltiples desiertos que son la soledad de las personas, paradójicamente en las ciudades más pobladas como Pekín o Los Ángeles.
En efecto, técnicamente su nombre es US50. Está en el Estado de Nevada, y es la carretera más solitaria de Norteamérica. Une de las localidades de Carson City y Ely atravesando un desierto semimontañoso. Una carretera en la que, hay que insistir, no hay nada.
Es paradójico cómo a menudo hay que recurrir a los desiertos -algo tan despojado y que asociamos a clima inhóspito y ausencia- para encontrar la esencia. No olvidemos que el salitre es un buen fertilizante, obtenido de dónde apenas hay vegetación, para conseguir que las plantaciones sean más abundantes. El desierto como símbolo del “alto” que a veces se requiere para recapitular.
En la entrada del desierto del Sáhara, cerca de la frontera con Libia, conocí a Camus, que nos guió por los caminos (invisibles a nuestros ojos) de la arena. Camus, que decía no concer al filósofo homónimo aregelino, cuando hacías el comentario habitual un mediodía cualquiera en el Sahara (Il fait chaud, Camus! [Hace calor, Camus]), respondía un Comme d’habitude, Monsieur [Como siempre, señor] que, de algún modo, sugería un “dejémos de hablar de cosas banales y vayamos a algo más profundo”. Y, ciertamente, Camus interpretaba el mundo desde su perspectiva de hombre del desierto con una lucidez extraordinaria, quizás por la simplicidad de la que partía.
Quieren que el cambio de año sea una especie de punto de inflexión. Pasado el ritual del reloj -comme d’habitude-, quizás podamos pasar a cuestiones más esenciales. Y, como decía María Margarita, la niña que explicaba las películas, dejémonos llevar por las historias, pero cuidado con quienes pretender aprovecharse del gusto humano por los cuentos para colarnos algunas mentiras, ahora que parece que estamos en la era del photoshop (y no merefiero sólo al retoque de fotografías, claro).
Enlaces de interés:
Hernán Rivera Letelier – Wikipedia
El árbol de los zapatos. Sobre Proyecto Nocilla. El País, 2007









