Por este tiempo descubrí que a toda la gente le gusta salirse por un momento de la realidad y vivir esos mundos de ficción de las películas, de los radioteatros, de las novelas. Incluso les gusta que les cuenten mentiras, si esas mentiras están bien contadas. De ahí el éxito de los estafadores hábiles en el habla.

Sal

Hernán Rivera Letelier es un novelista chileno que descubrí hace casi 15 años cuando leí La reina Isabel cantaba rancheras, una historia entrañable que pasa en una de las “oficinas” de las explotaciones de salitre del desierto de Atacama. Acabo de leer la última novela de Rivera Letelier, una historia tan bella como corta titulada La contadora de películas, donde el autor regresa a la oficina para describir a María Margarita, la adolescente que encandilaba a los trabajadores del salitre contanto las películas que pasaban en el cine del lugar.

Calor, trabajo de sol a sol y explotación son algunos de los elementos que acompañan el comercio del salitre, igual como acompañan el de muchos otros productos que, como golosinas, despiertaron el afán de firmas norteamericanas o inglesas, sobre todo. Igual como sucedió con el cobre y tantos minerales en Sudamérica, las bananas en Guatemala o Costa Rica, o el chicle en México y Guatemala. La del salitre, además, es una historia paralela al establecimiento de movimientos obreros potentes que empezaron a consolidarse con la masacre de trabajadores en huelga en una escuela de Iquique, el 21 de diciembre de 1907, que nos ha llegado relatada en la Cantata de Santa María de Iquique versionada, entre otros, por el grupo Quilapayún.

Sin saberlo, he empalmado el libro de Rivera con otra novela curiosa que también sucede en el desierto -en muchos desiertos, en realidad-; se trata de Nocilla Dream, la primera parte de una trilogía escrita por Agustín Fernández Mallo donde múltiples microhistorias se entrecruzan en el desierto de Nevada, el desierto de Albacete, o los múltiples desiertos que son la soledad de las personas, paradójicamente en las ciudades más pobladas como Pekín o Los Ángeles.

En efecto, técnicamente su nombre es US50. Está en el Estado de Nevada, y es la carretera más solitaria de Norteamérica. Une de las localidades de Carson City y Ely atravesando un desierto semimontañoso. Una carretera en la que, hay que insistir, no hay nada.

Es paradójico cómo a menudo hay que recurrir a los desiertos -algo tan despojado y que asociamos a clima inhóspito y ausencia- para encontrar la esencia. No olvidemos que el salitre es un buen fertilizante, obtenido de dónde apenas hay vegetación, para conseguir que las plantaciones sean más abundantes. El desierto como símbolo del “alto” que a veces se requiere para recapitular.

En la entrada del desierto del Sáhara, cerca de la frontera con Libia, conocí a Camus, que nos guió por los caminos (invisibles a nuestros ojos) de la arena. Camus, que decía no concer al filósofo homónimo aregelino, cuando hacías el comentario habitual un mediodía cualquiera en el Sahara (Il fait chaud, Camus! [Hace calor, Camus]), respondía un Comme d’habitude, Monsieur [Como siempre, señor] que, de algún modo, sugería un “dejémos de hablar de cosas banales y vayamos a algo más profundo”. Y, ciertamente, Camus interpretaba el mundo desde su perspectiva de hombre del desierto con una lucidez extraordinaria, quizás por la simplicidad de la que partía.

Quieren que el cambio de año sea una especie de punto de inflexión. Pasado el ritual del reloj -comme d’habitude-, quizás podamos pasar a cuestiones más esenciales. Y, como decía María Margarita, la niña que explicaba las películas, dejémonos llevar por las historias, pero cuidado con quienes pretender aprovecharse del gusto humano por los cuentos para colarnos algunas mentiras, ahora que parece que estamos en la era del photoshop (y no merefiero sólo al retoque de fotografías, claro).

Enlaces de interés:

Hernán Rivera Letelier – Wikipedia

El árbol de los zapatos. Sobre Proyecto Nocilla. El País, 2007

El los últimos treinta años, mis actividades me han puesto en íntimo contacto con un gremio interesante y hasta singular, del cual, entiendo, nada se ha escrito hasta ahora: el de los amanuenses o copistas judiciales.

I would prefer not to...

Reordenando libros al llegar a una nueva casa, reencontré la pequeña joya de Herman Melville editada en 1980 por Editorial Bruguera, Bartleby, el escribiente, en cuidada traducción de J.L Borges. Aproveché el sol de otoño que llegaba hasta la terraza para leer de nuevo esta intrigante historia del amanuense que siempre respondía “Preferiría no hacerlo” cuando su superior le pedía algo.

Quizás por este motivo me he fijado en el reportaje de Anxo Lugilde que aparece en La Vanguardia de hoy, titulado: “Dos de cada tres jóvenes quieren ser funcionarios”, y en el que explica cómo la elevada tasa de desempleo, sobre todo entre los jóvenes, anima a muchos de ellos a plantearse la opción del empleo público y, por tanto, a preparar el cada vez más difícil y concurrido camino de las oposiciones.

Los numerosos comentarios que aparecen en la versión on-line del artículo reflejan algunas de las opiniones a favor, en contra, y en contra de los que están en contra de los funcionarios. Abundan los chistes y bromas. Y como sucede con la mayoría de generalizaciones, sirven para retratar a una parte del colectivo, pero son sumamente injustas con la otra parte. Por mi parte, conozco a unos cuantos funcionarios, y la mayoría de ellos son profesionales responsables que dan lo mejor de su persona para dar sentido a su empleo.

Pero lo que me ha hecho reflexionar al leer este titular es lo que lleva implícito. Los jóvenes son el colectivo de la sociedad que, por naturaleza, son más atrevidos, les gusta jugar y desafiar el riesgo, se encuentran como pez en el agua caminando sobre el filo de la vida; y es precisamento esto lo que contribuye a empujar la sociedad, a moverla, a hacerla avanzar. Sin embargo, de los datos citados en este artículo, se desprende que dos de cada tres jóvenes se lanzan con insistencia a agarrarse a la cuerda que, en teoría, les asegura trabajo y algo preciado en épocas de tierras movedizas como la actual, el dinero.

Dan Gardner ha escrito un excelente ensayo titulado simplemente: Risk, en el que analiza la ciencia y la polítca del miedo en casi 400 páginas que se hacen cortas. Repasa numerosos episodios en los que os políticos y la sociedad juegan con el miedo de las personas y la aversión por la incetidumbre, para movernos, básicamente, a consumir. Traduzco el último párrafo, lúcido:

Nuestra especie siempre se ha enfrentado a amenazas -tanto monetarias como mortales-, y siempre será así. Podemos estar seguros de que en el futuro viviremos tragedias, contratiempos, desastres y catástrofes. Pero, si exceptuamos al mismo Armageddon -el último acontecimiento de baja probabilidad y grandes consecuencias-, nada nos golpeará lo suficiente como para dejar de pensar que nuestro tiempo es el mejor tiempo para vivir. Simplemente, continuaremos siendo las personas más afortunadas que jamás han vivido.

Enlaces de interés
Anxo Lugilde: “De mayor quiero ser…”
Bartleby, el escribiente – wikipedia
Dan Gardner – blog con textos

Reloj no marques las horas
porque voy a enloquecer (…)

Dia-7 (64)

Asi dice la canción; y, al parecer, eso es posible.

Hace pocos días unos cuantos países cambiaron sus horarios de verano por los de invierno, o al revés. En un punto de la noche, quien vivía las dos pasó a vivir las tres de la madrugada. Otros pasaron de las tres a las dos, igualmente por decreto.

Bien, la medida tiene defensores y detractores. Hay motivos a favor y en contra y no vamos a discutir eso. Lo interesante es que el tiempo, por lo menos el tiempo de los relojes, se puede modificar, y eso es algo que muchos vivimos un par de veces al año.

Lo curioso es lo que sucedió estos días en la cámara de diputados de México. Según la nota de la agencia AFP, la medianoche del martes 20 de octubre era el límite para presentar unas medidas fiscales -es decir, aumento de los impuestos-. Sin embargo, cuando faltaba poco para el límite (la deadline anglosajona, quizás la linea de algún tipo de muerte) alguien percibió que no habría manera humana de lograr ponerse de acuerdo… a tiempo. Siendo así, los diputados sí acordaron algo: detener el reloj de la cámara a las 23:59.

Y así estuvo, detenido hasta las 05:30 del miércoles. Aprobadas las modificaciones oportunas, el reloj siguió su curso.

Estas situaciones ponen sobre la mesa un par de cuestiones, la una buena; la otra, no tanto. La no tan buena: ¿Qué ocurrirá a partir de ahora con la ficción? Es bien sabido que una forma de generar tensión en las tramas de las novelas es poniendo un límite temporal al protagonista y llenándolo de dificultades para lograr “llegar a tiempo”. Si se puede jugar así con el tiempo, de manera oficial, incluso, ¿por qué culaquier protagonista de una novela no puede detenerlo a su gusto para lograr su objetivo?

La buena: quizás empieza a ser hora de pensar que el tiempo y la prisa son algo relativo, dentro de unos límites; la obsesión en estos aspectos genera ansiedad, a menudo innecesaria.

Enlaces de interés:
La cámara detiene el tiempo en México

Una de las principales enfermedades del hombre es su inquieta curiosidad por conocer lo que no puede llegar a saber.

Cortázar en la Nueve

Sábado 26 de septiembre, vuelo IB-6348 de Panamá a Madrid, asiento 21-H. Una pasajera (llamémosla Señora xx) está leyendo un libro de editorial Alfaguara; desde mi butaca no alcanzo a ver las letras del título ni el autor, que mostró fugazmente al aire mientras colocaba la mesita en su sitio. Creo que comparto con unos cuantos la curiosidad que despierta ver a otra persona leyendo, sobre todo por el afán de descubrir alguna joya entre las decenas de miles de libros nuevos que se publican cada año.

Pero no fue esto lo que más me atizó el fisgoneo durante ese largo vuelo trasatlántico. Resulta que la Señora xx y su pareja sacaron el citado libro de Alfaguara y otro de una bolsa de papel blanco y verde, cuyas letras de molde, grandotas, permitían leer SOPHOS.

- ¡La librería Sophos de Philippe Hunziker! -pensé, al tiempo que una cascada de recuerdos de la querida librería-café de la Avenida de la Reforma en Guatemala me inundaron durante algunos minutos, allá en las alturas del mar océano.

El hecho no resultaba extraño, porque el avión en el que me encontraba inició el vuelo en Guatemala e hizo escala en la ciudad del canal, donde me subí.

De pronto, recordé que la librería ya no está en Reforma, pensé que me apetecería conocer el nuevo local y me vino a la cabeza una entrañable cena en casa de Philippe junto con José María del Valle y Raúl de la Horra. Ahora veía que Sophos tenía, también, bolsas nuevas.

Y ahí empezó la curiosidad, una curiosidad mucho más intensa y pruriginosa que la de ver un libro del que no conseguía identificar ni el autor ni el título. Resulta que, justo cuando el comandante encendió el indicador de los cinturones de seguridad porque ya nos acercábamos a Madrid, la Señora xx se puso literalmente a leer la bolsa de papel, y se pasó cinco minutos leyéndola.

Las bolsas de Sophos tienen un texto de letra pequeña impreso sobre el anverso y el reverso. Un texto que, al parecer, estaba despertando el interés de la Señora xx, que lo absorbió de cabo a rabo. ¿Qué dice este texto? ¿Será un fragmento de una novela? ¿Un ensayo breve sobre los libros o la escritura? ¿Quién lo escribió?

Puedo afirmar que aparentemente no se trata de ningún poema y, juzgando la inexpresividad que me pareció percibir en el rostro de la Señora xx, tampoco se trata de un texto humorístico ni excesivamente triste o dramático.

Pensé en saltarme la prohibición de levantarme para avanzar tres hileras de asientos y salir de dudas directamente con la Señora xx, pero me acongojó la mirada severa de la azafata (la fokin azafata que diría Junot Díaz, el de la maravillosa -y caribeña y mágica- La maravillosa vida breve de Óscar Wao, valga la redundancia).

“Más tarde”, pensé. Pero luego, como suele pasar a menudo cuando dejamos las cosas para otro rato, todo se precipitó. Tocamos tierra, las 2:25 de la tarde, 24 grados en Barajas, el avión todavía frenendo y todo el mundo levantándose, golpes y prisas sólo para quedarse de pié en el pasillo durante diez inmóviles minutos. Nervios de unos, resoplidos de otros, los pitidos de los teléfonos celulares al conectarse que atacan por delante y por detrás… Y así, sin poder hacer más, la Señora xx desapareció con su bolsa de Sophos. T4, colas, inmigración, prisas, absurdidad del concepto de frontera, caos, sueño y curiosidad interrupta.

Aunque el matemático y filósofo francés Blaise Pascal describió la curiosidad como una enfermedad en el siglo XVII, con los ojos actuales más que una dolencia, podríamos considerarla un verdadero motor de la existencia. Quizás la muerte (física o mental) sobreviene cuando a uno se le agota la curiosidad por lo lo que le rodea.

Enlaces de interés:
Librería SOPHOS

A propósito de una conocida fotografía en blanco y negro del escultor Giacometti en la que aparece cruzando una calle de Montparnasse bajo la lluvia y con la cabeza cubierta con la propia gabardina, John Berger, que tanto nos ha enseñado a mirar, comenta:

Pero lo que hace que esta fotografía sea extraordinaria es que sugiere mucho más sobre el carácter de Giacometti. La gabardina parece prestada. Se diría que no lleva nada debajo, salvo los pantalones. Tiene el aspecto de un superviviente, pero no en el sentido trágico.

El arte del retrato, de conseguir que una sola imagen diga de una persona lo mismo que un escritor puede llegar a insinuar con las palabras precisas, me parece admirable. El otro día conocí al fotógrafo Francesc Melcion, cuando nos cruzamos fugazmente en la editorial; Jordi Nadal nos presentó y Francesc me mostró algunas de sus impresionantes fotografías tomadas en Bombay.

J. Savary (c) Francesc Melción
Jérôme Savary – (c) Francesc Melcion

Ante los maestros, lo mejor es tratar de aprender con humildad; por eso, la fotografía de esta entrada no la hice yo, sino Francesc. Es un retrato del director teatral Jérôme Savary durante su estancia en Barcelona. Aquí ya hice referencia a uno de sus espectáculos.

Francesc Melcion es joven, pero las fotografías que muestra en su blog hacen pensar en otros grandes de las miradas en blanco y negro, una mezcla de Wegee y Sebastião Salgado. No olviden su nombre.

Enlaces de interés:
Francesc Melcion – página personal

No hay un solo mundo. Hay muchos y todos son paralelos, mundos y antimundos, mundos y mundos de sombras, y cada mundo es soñado o imaginado o escrito por alguien en otro mundo. Cada mundo es la creación de una mente.

ceiling

Casi un año después de que lo publicara, he leído Un hombre en la oscuridad de Paul Auster, una de esas historias grandes y envolventes que tan bien imagina y escribe el novelista neoyorkino. ¡Qué placer, dejarse mecer por las olas de una buena historia y dejarse atrapar por la inercia en espiral de la curiosidad!

Frente a la realidad dura y cruel a veces -y con la complicidad de la interpretación sólo translúcida que nos proporcinan los órganos de los sentidos-, inventamos para que el recuerdo no nos tormente demasiado, imaginamos para retocar el pasado hasta que casi logramos sustituir lo incómodo por lo maquillado, nos inventamos a nosotros mismos para defendernos de la culpa.

A pesar de ello, siempre -siempre- llega una noche de insomnio en la que nos vemos obligados a rascar la arena superficial como los arqueólogos y llegamos a encontrar la piedra original, con su textura y con sus secretos. La realidad transformada y maquillada inconscientemente, en una nueva vuelta de tuerca, se desmaquilla y, desnuda, nos horroriza, nos da miedo o nos avergüenza y la llamamos pesadilla. Ahí quedan sus imágenes, para írsenos apareciendo de vez en cuando, y quizás este sea el valor terapéutico de las pesadillas y del hecho de rememorarlas. O de escribirlas. Nos enseñan cómo somos.

Esa es la seducción de vivir, también. En el baúl que abrimos están las guerras (esas que se inventa el tormentado Augustus Brill, y esas que son horror real -como Irak-), ahí quedan la corrupción y toda la indignidad humana.

En las primeras páginas de otra buena novela, El puerto de los aromas, de John Lanchester, la periodista Dawn Stone explica que durante su adolescencia jugaba a “contar mentiras” (contar de hacer recuento, de pasar lista).

Era un juego para un solo jugador, una especie de solitario. A veces el juego empezaba cuando escuchaba algún comentario hipócrita especialmente insultante en la escuela, a veces la mecha se encendía por algo que veía en la televisión, que escuchaba en la radio o que leía en algún periódico, una revista o un libro.

El blanco alcanza su esplendor, su nitidez cegadora por la existencia del negro y por el matiz que suponen los grises que le envuelven. Lo esencial en la educación emocional de las personas es aprender a reconocer lo inevitable de la oscuridad de la existencia humana con la distancia suficiente para no llegar a aceptarla nunca, para sentirnos incómodos en las tinieblas, para poder seguir denunciándolas.

Enlaces de interés:
Paul Auster
El puerto de los aromas

Ediciones Miraguano de Madrid publicó en 1996 un libro de cuentos populares del Sáhara titulado Bajo la jaima y editado por Fernando Pinto y Antonio Jiménez Trigueros.

funambulistas

Las historias que se recogen tienen la inmediatez y la proximidad de la literatura oral. El filósofo y el pescador me gusta especialmente, porque creo que tiene diversos niveles de lectura. Empieza así:

Había una vez un filósofo que estaba muy orgulloso de sus conocimientos. Cada día iba al río y se sentaba en la orilla. Allí comenzaba a leer en voz alta las obras de los grandes autores de la época, pidiendo a la gente que dejara sus ocupaciones y se interesara por la filosofía.

Sin embargo, en el río había un pescador que no se inmutaba en absoluto con los discursos del filósofo y éste, intrigado, un día decidió cruzar con su barca a la otra orilla. Mientras hacía esto, le preguntó al pescador:
- ¿Has estudiado filosofía?
- No -le respondió el pescador con sencillez.
- Entonces, amigo, has perdido la mitad de tu vida.

El pesacador se limitó a sonreír y siguió remando hacia la otra orilla. Sin embargo, al llegar a la mitad del río, un remolino volteó la barca y ambos cayeron al agua. Entonces el pescador le preguntó al filósofo:
- ¿Sabes nadar?
- No -respondió el filósofo naturalmente inquieto.
- Entonces, amigo, has perdido toda tu vida.

Por eso de tanto en tanto procuro dejar la filosofía para zambullirme en otros mares y aprender lo que realmente vale la pena. De entrada, fui a ver de nuevo una función del Circo Raluy, pocos días después de haber ido al nuevo espectáculo del mago de las pompas de jabón, Pep Bou. Y, bueno, también me llevo algunas novelas pendientes. Empecé a leer La elegancia del erizo de Muriel Barbery. Sólo empezar, ya encuentro una frase de la entrañable portera Renée, que promete:

(…) de todos modos, la gente me tolera porque me correspondo tan bien con aquello que las creencias sociales han constituido un paradigma de la portera de edificio, que soy uno de los múltiples engranajes que hacen girar la gran ilusión universal según la cual la vida tiene un sentido que se puede descifrar con facilidad.

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Circo Raluy

(…)Precisamente yo, que debía saber que los libros sólo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defenderlos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido.

Foguera

He leído la deliciosa historia Mendel el de los libros de Stefan Zweig, donde describe a un extraño hombre que vivía en un rincón del café vienés Gluck y que conocía todos los libros.

Las relación de las personas con los libros y los libreros, a menudo es peculiar. Y hay muchas novelas que relatan esta relación. En la celebrada La sombra del viento de Zafón y en algunas novelas de Paul Auster salen libreros entrañables. Curiosa es, también, la relación de los libros con su máximo enemigo, el fuego. Ardió la Biblioteca de Alejandría y se perdió buena parte del saber humano -el hecho de que nunca sabremos exactamente qué se perdió en aquél magno edificio, todavía magnifica más la intriga y la sensación de pérdida-. Hace pensar bastante Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, en la que cada ciudadano tiene la misión de memorizar un libro para que, a pesar de las llamas devoradoras, pueda transmitirse su contenido de generación en generación.

En mi caso, una de esas historias familiares que a uno le cuentan de niño y que quedan en algún rincón profundo de la memoria es el episodio en el que unos tios de mi madre tuvieron que enterrar unos cuantos libros escritos en catalán en el patio trasero de su casa en Capellades, debajo de donde pastaban los cerdos y cicían algunas gallinas y conejos en el año 1939. Alguno de estos libros vio felizmente la luz de nuevo y todavía lo conservo.

El otro día leí una historia sobre libros y fuego de la mano del inquieto Pablo Odell, un buen amigo aregentino-catalán, uno de los pensantes de Pensódromo, agitador cultural y perseguidor de nuevas formas de comunicación digital. En su blog Tökland, explicó sus recuerdos de la infancia en la dictadura de Videla, cuando él acompañaba a Henry, su padre, a quemar libros prohibidos… A parte de la anécdota y de reflexionar de nuevo sobre cómo incomodan algunas ideas a ciertos mandatarios, me pareció interesante su reflexión: hoy, que un libro digitalizado ocupa apenas unos megabytes, podría esconderse fácilmente una biblioteca de libros prohibidos. Quizás el fuego haya dejado de ser el enemigo inapelable de los libros y de las ideas.

Mientras tanto, leo en La Vanguardia que Sebastien Heayes Gary, el hijo de Roman Gary y Jean Seaberg, acaba de abrir una librería – café en Barcelona. ¡Bienvenida! Lo digital, la tecnología, es muy útil y ha cambiado muchos hábitos, pero dificilmente sustituirà aquél momento en que tomas un café con Philippe Hunziker, Guillem Terribas o Toni Cantó para intercambiar recomendaciones de libros. Como me decía Jordi Nadal ayer, quizás ahora lo más placentero sea recuperar el pan con aceite, las cosas esenciales y simples.

Enlaces de interés
Librería – café Lletraferit – Sebastien Heayes “Gary”
Revista Tökland – Pablo Odell

- Nada por aquí, nada por allá… -explica el mago justo antes de sacar el conejo de la chistera.
- ¡Ooooh! -exclama el público cinco segundos más tarde, asombrado al ver el conejo.

fàbrica

La prestidigitación es un arte antiquísimo. Más allá del espectáculo, del teatro, lo que me parece interesante es cómo los grandes magos han tenido que investigar en el campo de la percepción sensorial y descubrir cómo integramos esta información en el cerebro, lo que nos lleva a creer en algo que está lejos de la realidad. El conocimiento preciso ha permitido que los maestros creen trucos espectaculares que nos dejan con la cabeza llena de interrogantes, esas cosquillas a las neuronas que nos hacen pensar e imaginar.

(Casi) todos los espectadores saben que allí hay truco, (casi) todos están convencidos de que el mago no revelará el truco, y todos tratan de averiguar cómo ha sido posible. En Barcelona hay una de las tiendas de artículos de magia más antiguas; la fundó Joaquim Partagás en 1881, tras triunfar en la Argentina con sus espectáculos.

Otro tipo de ilusión es la que nos proporciona el cine. David Martí y Montse Ribé son dos artífices de los modernos efectos especiales que han logrado que miles de espectadores se hagan pequeños en la butaca muertos de miedo o que sigan con emoción el hilo de alguna historia entrañable. Aunque sus nombres no son de los que salen con letras grandes en los créditos ni en los carteles, quizás sí que muchos recuerden aquél ser fantástico que tenía los ojos en las palmas de las manos de la película El laberinto del Fauno, o aquél gigante de Hellboy, por poner solo un par de ejemplos. Se puede ver en Barcelona una exposición itinerante llamada El arte del engaño en la que, además de hacer un repaso a los grandes trucos del cine clásico, se pueden apreciar los detalles de los muñecos creados por DDT, y que valieron un Oscar a David y a Montse.

Ilusiones colectivas, sorpresa (y quien sabe si algo más). Mientras desayunábamos en su panadería, Joan me acaba de explicar otro tipo de ilusiones. En uno de los barrios de la pequeña ciudad en la que vivo hay muchos vecinos que, en su momento, emigraron desde Murcia. Como recuerdo, cada año durante las fiestas del barrio -que coinciden con la magia del solsticio de verano-, organizan un concurso de gachasmigas, un plato típico hecho a base de harina de trigo, aceite de oliva, agua y sal, con pedazos de longaniza, panceta y salchichas. Hace algunos años, y contra todo pronóstico, el concurso lo ganó un joven a quien no se le conocían antecedentes culinarios. Las migas que preparó después de revolver con energía la argamasa de harina tenían un sabor exquisito y hubo unanimidad, no sólo entre quienes formaban el jurado, sino también entre todos los que tuvieron el placer de probar esas gachasmigas, preparadas para la ocasión. Incluso los demás concursantes se rindieron ante el peso de las pruebas del rival, aparcaron la envidia y disfrutaron del manjar. ¿Cuál era el truco? ¿Cuál era el pequeño secreto de aquél joven? Pronto se supo -en los pueblos, las noticias vuelan-: había utilizado aceite o mantequilla de marihuana que hizo las delicias de los comensales.

Esta historia me recordó la escena final de El perfume de Suskind.

Ilusiones, magia, percepciones… El problema es cuando se va más allá del juego. A parte de quienes tienen la misión de entretener mediante la habilidad de crear una ilusión que engaña a los sentidos y a la lógica, existen los prestidigitadores sociales y políticos. De esos, sí que hay que desvelar sus trucos y, sobre todo, enseñar cómo detectarlos. Por suerte, el mundo es cada vez menos un escenario donde el público está sentado mirando al punto donde el protagosnita te hace mirar. El mundo hoy es, cada vez más, una red social conectada. El reciente fenómeno de twitter tras las elecciones en Irán son buena muestra de ello. Lo bueno de la prestidigitación, de la magia, de la ilusión, es saber que estás en un espctáculo y, con eso sabido, dejarte mecer. Sino es engaño, y eso es intolerable.

Enlaces de interés:
El Rey de la Magia
Exposición L’art de l’engany (El arte del engaño) en Barcelona
El laberinto del fauno – tráiler

Cuando me invitan a una conferencia intento no ir dando lecciones ni moralinas, sino poder aportar mi testimonio, simple y llanamente, para que, en todo caso, quién escuche pueda darse cuenta de que siendo totalmente normal, sin virtudes especiales ni extraordinarias, sin llevar hábitos ni tener conexiones extrasensoriales, se puede contribuir a mejorar el mundo.

un gat a la teulada

La reedición de un libro es siempre una buena noticia. Sonrisas de Bombay de Jaume Sanllorente va, ya, por la 10ª edición. Tuve la suerte de que en 2008 Jordi Nadal me pidió que lo tradujera -una de las maneras más apasionadas de entrar en un buen libro, porque si quieres hacer una buena traducción, eso te obliga a degustar las palabras en el idioma original y rebuscar las palabras que más se le parecen en el idioma al que traduces.

Con motivo de la 10ª edición, Jaume ha añadido un capítulo y ha cambiado algunas fotografías. Además, Àlex Rovira ha añadido un prólogo bellísimo.

Me quedé con la frase de Jaume que he escrito más arriba. porque desmonta muchos tópicos y acerca al día a día de ir-haciendo, sin estridencias, sin cierto tinte histriónico común en algunas de las acciones que el Norte hace en el Sur.

Casualmente, en esos días di una vuelta por la Fageda de’n Jordà en Girona y aproveché para volver a visitar la Cooperativa La Fageda, una iniciativa solidaria que empezó hace 25 años, cuando Cristóbal Colón, pensó que había que hacer alguna cosa para dar trabajo y la oportunidad de realizarse a un grupo de personas con discapacidades psíquicas i enfermedades mentales. Hoy, a parte de cumplir sus objetivos, la Cooperativa produce una deliciosa línea de productos lácteos.

La normalidad es ese punto de discreción tan deseable a la hora de hacer cosas, de construir. Cuando uno se aleja de la “normalidad”, suele aparecer la vanidad -y eso constituye una rémora.

Enlaces de interés:
Sonrisas de Bombay – 10a edición
Cooperativa La Fageda

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