Salir del infierno

Dell se sentó al volante. El chico estaba temblando y las lágrimas abrían surcos en el polvo que le cubría el rostro. Dell se maravilló ante las nuevas capas de infierno que se le iban revelando día tras día.

dimonis

Cuando empecé a escribir Ubuntu – El triunfo de la concordia poco antes de que se celebrase la Copa del Mundo en Sudáfrica, recordé que unos años antes estuve unas horas en el aeropuerto de Johannesburgo, en una escala cuando regresaba de Namibia a Barcelona. Estuve unas horas caminando por los largos pasillos bien iluminados de mármol blanco, donde unos enormes escaparates exponen productos de esas marcas que se benefician de la globalización (y que tienen la capacidad de suprimir la dimensión geográfica de la vida: hacen que buena parte de los aeropuertos o de los centros comerciales del mundo entero parezcan exactamente lo mismo). Sin embargo, en uno de esos pasillos que hacía una especie de cul-de-sac, me llamaron la atención un par de tiendas que estaban de lado, un par de tiendas que devolvían al paseante la dimensión geográfica y humana al instante: una tienda ofrecía diamantes de varios quilates a precios astronómicos (diamantes, seguramente extraídos de las entrañas de la tierra en condiciones poco salubres por un salario bastante inferior al beneficio del comerciante final; todavía no se había estrenado la película Diamantes de sangre, en aquella época); la otra ofrecía centenas de objetos de madera, telas, semillas o conchas pintadas por manos anónimas y sencillas, que eran la expresión de los sentimientos y emociones de unos artesanos que debían recibir, igualmente, pocos rands por su trabajo quién sabe si en alguna aldea remota o en un galpón cerca de Jo’burg. Pensé en el entrañable alfarero Cipriano Algor, el protagonista de La caverna de José Saramago que vendía sus jarrones a un centro comercial que, de pronto, deciden dejar de comprarle su producción.

Regresé a casa con la imagen de esa dualidad, reforzada por las conversaciones con Absalón -el conductor que me mostró el verdadero corazón de Windhoek, la tarde que me acompañó a Katutura (literalmente, El lugar donde no querrás vivir- y con los médicos y sanitarios de Angola y Moçambique -que me explicaron de primera mano el estrago real de la epidemia de sida en sus países-. Quizás por eso me atrajo de inmediato la cubierta de Diablos de polvo de Roger Smith; el subtítulo “Una novela de Ciudad del Cabo” me llevó a leer la contraportada y comprarlo sin dudar.

Había leído relatos africanos muy duros como Desgracia de Coetzee, pero la brutalidad de la impresionante historia de Roger Smith, es una aproximación a la parte más oscura de la existencia humana, el infierno que se encuentra, también, allá donde hay más de una docena de humanos conviviendo (ya lo escribió Sartre enA puerta cerrada). Termino de leer Diablos de polvo tras la noticia de las explosiones provocadas en Boston y lo que las autoridades calificaron como la cacería humana de los culpables (¡qué descripción tan desafortunada!), durante la gira para presentar Pura felicidad en Salamanca y Madrid. Contrastes chocantes. Por fortuna, esta mañana Jorge Juan Fernández ha compartido en Twitter una iniciativa de Naciones Unidas llamada My World, una macroencuesta para tratar de identificar cómo les gustaría a las personas que fuese el mundo. de entrada, proponen escoger seis preferencias; las mías: educación, sanidad para todos, acceso a alimentos de calidad, acceso a agua potable, gobierno honesto y responsable, y protección de los bosques y los océanos. ¡Siempre hay espacio para mejorar o dar la vuelta a la situación! Empujemos entre todos.

Dos videos sobre la novela Diablos de polvo:

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Una respuesta a Salir del infierno

  1. Pingback: Novela negra | albert figueras

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