La ciudad triste

¡Que canten lo que les de la gana, que tarareen sus canciones de mierda, que bailen encima del tejado si quieren! ¡Pronto vendrán los tanques y les cerrarán el pico a todos esos cantores listillos!

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… Pero los tanques no llegaron; más bien se fueron.

La escritora finlandesa Sofi Oksanen ha publicado la novela Purga (Salamandra en castellano y La Magrana en catalán), una historia sobre el miedo, la venganza y la frialdad emocional, que se desarrolla en los bosques de Estonia. El libro tiene la grandeza de estar narrado a partir de detalles mínimos, pequeños, cotidianos, casi insignificantes de la vida diaria: entre la preparación de mermelada o conservas para el largo invierno báltico, la recolección de flores y la rutina de ordeñar las vacas, Zara y Aliide se encuentran y se reconocen mutuamente, poco a poco, casi con la lentitud del espesor de la niebla fantasmagórica que esconde los árboles del bosque estonio. Una fría mañana de 1992, la joven Zara aparece en el jardín de la casa de Aliide, desorientada y temblando. Pocas páginas después uno piensa que esta será otra historia de una joven del Este atrapada en la pegajosa telaraña de la prostitución que trata de huir de un par de proxenetas. Pero la sensación sólo dura unos párrafos, ya que la narración se sumerge inmediatamente en la profundidad de la turba húmeda y oscura para descubrir las raíces sorprendentes del miedo, de los celos y de las necesidades insatisfecha en el marco de las convulsiones políticas de la Europa del siglo XX.

La magia de dejarse mecer por las palabras de un buen libro es que te presenta personajes, te desencadena emociones y sentimientos ajenos y te passea por épocas, normalmente no escogidos previamente por el lector. Leyendo Purga descubrí la ciudad de Tallinn, con la que fuera la sede de la KGB en la calle Pikk 61 (el edificio donde se realizaban interrogatorios y se ordenaba deportar a Siberia a los sospechosos de ir contra el regimen); también descubrí el paso de los nazis por el país entre 1941 y 1944. Y, sobre todo, me sirvió para reafirmar los efectos devastadores de cualquier totalitarismo sobre las personas.

Digamos que la casualidad quiso que viajase a Tallinn con la lectura de Purga todavía muy reciente y, de pronto, un sábado por la mañana me vi en un coche de alquiler conduciendo hacia el oeste del país, donde se encuentra la península de Pakri. En poco más de una hora, la carretera que bordea un impresionante acantilado y cruza un bosque de coníferas, termina en un paraje gris, una ciudad triste sin apenas nadie caminando por las calles. Se percibe algo estraño al llegar a Paldiski; las casas son los bloques impersonales y uniformes de la época soviética; sólo unos pocos se ven pintados con algún color vivo. No hay bares ni restaurantes. A la vista, sólo un supermercado. En las afueras, edificios abandonados, edificios tapiados, construcciones sin tejado, destruidas. En los aledaños del puerto, montañas de hierro, pedazos de vigas y amasijos de cemento armado que se cargan en grandes buques. De los quizás más de 16.000 habitante que había hace dos décadas, únicamente quedan 1.600.

En las afueras, un puerto moderno en el que centenares de automóviles esperan su distribución por el país. Algo más allá, una estación de ferrocarril que mandó construir el zar para comunicar el puerto con San Petersburg oa principios de siglo XX. Es lo único que parece real en ese lugar inhóspito que recuerda los paisajes que describe Agustín Fernández Mallo en su trilogía Nocilla Dream. Eso y un cementerio abandonado, con la vegetación invadiendo tumbas y senderos.

Se trata del cementerio antiguo; en las pocas lápidas que todavía se conservan en pie pueden leerse nombres de origen judío. Pero medio kilómetro más allá está el cementerio moderno, cuyas lápidas están escritas en alfabeto cirílico. Dos mundos, dos épocas y mucho sufrimiento de por medio.

Paldiski fue una de las llamadas ciudades secretas soviéticas. Dicen que se encontraba totalmente cercada; en las aguas de su puerto se encontraban enormes submarinos nucleares, en la zona se manejaba material nuclear (había dos reactores) y algunos de los enterrados en el cementerio moderno eran los soldados que viajaban a bordo del submarino M-200 en 1956, un accidente cuya verdad y cuyas consecuencias reales cayeron en ese limbo que es el secreto de estado. Paldiski se estuvo descontaminando con ayuda del gobierno sueco.

Una de las cosas interesantes de Estonia, además de las pesronas y de la música de Arvo Pärt es, sin duda, la revolución que llevó el país a la independencia: tratando de evitar la confrontación violenta, un buen día la gente empezó a cantar. Estas reacciones colectivas -¿ubuntu báltico?- contrastan con los resultados de estudios en los que se observa que cuando escuchamos a un candidato (a un líder político) con el que previamente nos sentimos identificados, desarrollamos una intensa actividad emocional, pero las áreas cerebrales que se relacionan con el pensamiento lógico y racional permanecen inactivas. ¿Será por eso que ciertos políticos logran convencer a una cantidad ingente de votantes, a pesar de su discurso irracional o contradictorio? Más música y menos ciudades tristes, por favor.

Enlaces de interés:
Sofi Oksanen, autora de Purga (página web personal)
Arvo Pärt (wikipedia)
Arvo Pärt (muestra de su música: youtube)
A. Fernández Mallo: Nocilla Dream

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3 Respuestas a La ciudad triste

  1. Mariano dice:

    Después de ver anoche la peli “Los niños de San Judas”, impactante film sobre hechos reales en 1945 en Rep Irlanda, uno se aferra a la vida, momento a momento, más aún si cabe, viendo todo lo que es capaz el ser humano cuando su rencor, amargura, autoritarismo, falsedad, ruindad, vileza, bajeza, es capaz. http://www.youtube.com/watch?v=0aCfII5ZaZQ.
    Anoche bribé viendo la peli, pero hoy repito leyendo tu crónica, Albert. Gracias

  2. María dice:

    Había escuchado muchas opiniones contradictorias sobre este libro. Gracias por desempatarlas.

  3. Pingback: Novela negra | albert figueras

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