Los hilos invisibles de las marionetas

No se te ocurra joderme -Costa masticó las palabras-. No se te ocurra, malena. No sabes con quién te la estás jugando. Haz lo que tienes que hacer y no fuerces las cosas. Lo digo por tu bien. Si te enfrentas a mí, iré a por ti y a por tu novia la policía

Cuentas pendientes

El escultor norteamericano Dale Chihuly es conocido por sus trabajos hechos con burbujas de vidrio soplado. Una de sus obras es la lámpara de colores de once metros colgada en la cúpula de la entrada del museo Victoria and Albert de Londres, donde esos filamentos revoltosos contrastan enormemente con la seriedad y la sobriedad del majestuoso edificio de comienzos de siglo XX. Cada vez que la he visto, he pensado que esta escultura era la materialización de todo aquello de intangible que tenemos las personas, empezando por los recuerdos y siguiendo por las emociones (las reconocidas y las que no lo son tanto), los temores y los rencores, lo dicho, lo hecho, lo que nunca dijimos, aquello de lo que nos arrepentimos y, también, como no, las risas, los abrazos y los besos, las lágrimas y las pérdidas. Dicho de otro modo, todo aquello que conforma la sabia particular de cada uno, fruto de una mezcla de proporciones únicas e irrepetibles de todos estos ingredientes, la sabia que nos hace atractivos o repulsivos, simpáticos u odiosos.

Me acordé de esta escultura cuando iba por la página 20 de Cuentas pendientes, la última novela de Susana Hernández en la que la subinspectora Rebeca Santana se enfrenta a un monstruo de tres cabezas que la asedia infatigable como una pesadilla larga y (para el lector) deliciosa. Por un lado está el terrible azote del tráfico de menores por parte de bandas internacionales organizadas y sin ningún tipo de escrúpulos; por otro, el desasosiego que supone ese miedo inenarrable de que un buen día su atractiva Malena deje de estar colada por ella y, finalmente, esa herida del pasado de la subinspectora que, de tanto en tanto, supura y duele.

De Susana, hace unos años había leído Curvas peligrosas y, luego, Contra las cuerdas, los otros dos capítulos de ese par de policías constituído por una Rebeca criada en el popular barrio del Carmel de Barcelona y una Míriam que vive en la distinguida avenida Pearson. Al llegar al final de cada una de las historias, me había quedado con la picazón agradable del “¡quiero más!”; en esta tercera entrega, la sensación no es sólo de “¡quiero más!”, sino también la impronta de efecto que dejan los personajes sólidos, entrañables y bien construidos.

Me gustan las historias como espejos de ese intangible que son la maldad y la bondad de los seres humanos, así como de su resultado: los claroscuros de la sociedad y de las relaciones de las personas que ocasionalmente son como áticos de lujo y, más a menudo, calles de barrios populares o cloacas hediondas por donde circula la inmundicia de unos y otros. Sin embargo, hace tiempo que me he dado cuenta de que todas estas historias realmente me gustan cuando están escritas de un modo exquisito, con ese juego de palabras bien puestas que me van meciendo como si la autora fuese un titiritero que, con los hilos invisibles de su saber hacer, mueve al lector de la primera hasta la última página. Déjense atrapar por la telaraña de Susana Hernández y, si tienen alguna duda, lean las tres primeras páginas en la librería; apuesto a que se llevan Cuentas pendientes sin dudarlo un instante.

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