Magia colombiana

A mí las preguntas secundarias no me dejan dormir: se atraviesan como espinas en el camino de mis mejores ideas, le ponen zancadilla a mis mejores proyectos. Por ejemplo, a mí me importa un bledo saber si Dios creó eo no el universo o si la humanidad tiene o no futuro o si el aire limpio va a alcanzarle a unos tataranietos que igual no tengo. En cambio, puedo pasar la noche en vela tratando de entender por qué diablos insistimos los hombres en usar zapatos con cordones.

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Me encanta que me expliquen historias. En realidad, escuchar historias es algo placentero, hasta el punto que cuando el cerebro percibe que le están contando una historia, relaja los mecanismos de alerta sobre hechos imposibles y silencia preguntas sobre lógica, para dejarnos mecer siguiendo el ritmo de las palabras, las olas de la intriga y la horda de emociones generadas por los personajes. Eso explica por qué no cuestionamos las espadas láser de La Guerra de las Galaxias ni la plausibilidad de las sirenas cuyo canto Ulises escuchó atado a un mástil de su embarcación. En cambio, en una reunión de trabajo, si alguien hace una propuesta que nos parece algo fuera de la lógica o lo esperable, rápidamente fruncimos el ceño. Eso explica, también, porqué cada vez más los anuncios son historias, una manera de que escuchemos, prestemos atención, sigamos el hilo conductor y recordemos… la marca (¿Vale?).

Estilos para contar historias, hay muchos, casi tantos como autores. Uno de ellos consiste en utilizar las rutinas del mago que te muestra las manos, se sube las mangas para que creas que no oculta nada y, de repente, te saca una moneda de detrás de la oreja, que desdobla con un movimiento sutil; acto seguido, con un chasquido de los dedos, convierte las dos o tres monedas en un pañuelo rojo que se apresura a ocultar en el interior de un huevo que, dentro de la chistera correspondiente, se transformará en paloma blanca que sale volando hasta su jaula, detrás del escenario. Cuando te das cuenta, el mago vuelve a estar con las manos vacías y nada en las mangas, mientras tú te has quedado boquiabierto, con ganas de más, y preguntándote qué paso, qué detalle, te has perdido. Eso me acaba de suceder leyendo a María Clara Rueda.

María Clara Rueda nació en Bogotá; no sé si es prestidigitadora (por lo menos, la solapa de su novela, no lo explica), pero lo que sí hace esta autora con su historia es magia, pura magia colombiana que embelesa al lector, te lleva por donde le apetece y, cuando te das cuenta, un pobre desgraciado a quien le persigue el cobrador del frac por medio Madrid, se encuentra entre muertos y mafias, amigos colombianos misteriosos, una novia que le pone cuernos, una cliente que le pide que investigue a un tal Figueras, euros, vecinos ruidosos y una montaña de zapatos. Hablo de Este muerto no lo cargo yo, una narración con magia y con mafia; una novela madrileña, pero de colombianos; un tipo enamorado de Isabel que, cuando se da cuenta de que ella le pone los cachos con otro, decide vengar a la clienta que le contrata por el mismo motivo. Prosa extraordinariamente bien escrita; o sea, como palabras que te acarician igual que la brisa agradable del aire acondicionado en una tarde en plena ola de calor.

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