La aparente sencillez de lo sublime

Aun así, no está seguro de que nada de esto tenga que ver con lo de Odaz o con Esteban Puig, puede que esté perdiendo el tiempo tras una trama equivocada, ha sido un presagio que huele igual de mas que este trabajo, que parecía facilón.

Uno de los lugares a los que me gusta acompañar a los visitantes que tienen un par de horas libres antes de irse al aeropuerto es la Fundació Miró. Hay quien prefiere los dibujos figurativos al arte de Joan Miró; hay quien prefiere Casas o Fortuny. No quería entrar en estas disquisiciones en este momento, sino que voy a hablarles de uno de los cuadros (en realidad, un tríptico) en el que cada vez me detengo un rato: Peinture sur fond blanc pour la cellule d’un solitaire, un enorme liezo blanco con una línea negra; lo pintó en 1968. Los comentarios iniciales suelen ir desde el “¡Qué despropósito!” al “¿Y esto está en un museo?”, pasando por el manido: “Pero si esto lo sabe hacer un niño de cuatro años”. Sin embargo, lo que es arte o no, depende de las emociones que despierte en cada uno la pintura, la escultura, las notas de un piano o un puñado de palabras y, en mi caso, esta pintura -que es la que aparece en la mitad inferior de la fotografía que encabeza esta entrada, me atrae muchísimo simplemente porque, cuando vas más allá de lo superficial y piensas como un preso solitario en su celda, esa simple línea se convierte en muchas cosas: es transgresión y rebelión frente al blanco imponente, supone romper el insoportable vacío, o significa tener algo propio en un espacio que es ajeno… Me gustan las cosas sencillas, porque detrás de esa aparente sencillez, a menudo se encierra un mundo complejo, a veces barroco y, en cualquier caso, muy lejos de la primera impresión. Lo sencillo suele sorprender y, a la vez, suele ser el fruto de una reflexión previa notable.

He recordado esta pintura, no porque se refiera a un preso o una cárcel, algo que viene bien al hablar de una novela negra, sino porque El diablo en cada esquina de Jordi Ledesma es una historia que empieza como un encargo fácil a un pobre desgraciado que necesita dinero y se va complicando por decisiones que los personajes van tomando en caliente, acuciados por el hecho de que algo se sale del guión preestablecido. Sólo con esta premisa, la novela de Ledesma ya merecería la atención. Pero, afortunadamente para el lector, en sus páginas encontrará mucho más, encontrará aquellos elementos que nos hacen estar pegados a un libro. Yo destacaría un par de virtudes que ejercen un magnetismo inmediato.

Por un lado, El diablo en cada esquina está muy bien escrita, y eso es algo que se supone en cualquier novela publicada pero, por desgracia, no siempre es así. Las palabras que utiliza Jordi Ledesma son las que uno escucha en ciertos ambientes, palabras que no están allí para dar el pego, sino que el autor las ha escogido pensando en la musicalidad de la voz de los personajes, lo que proporciona a sus frases la levedad que el orfebre sabe dar a sus piezas bruñidas con esmero. Y esa levedad hace que la historia entre a borbotones, aunque lo que se cuente pese como el plomo. Sencillez aparente, que requiere un gran trabajo previo (bueno, en realidad, ser escritor es eso, dar vueltas y más vueltas a un párrafo para que el lector lo disfrute).

Por otro lado, la historia se presenta como uno de aquellos pasatiempos que consisten en puntos inconexos que desvelan un dibujo poco a poco, al ir uniendo estos puntos siguiendo el orden numérico creciente. De nuevo, la simplicidad, que esta vez se transforma en interés (y anhelo, al ir pasando las páginas) al ver que lo plano tiene sus recovecos. Y, naturalmente, “la historia” no significa nada más que “almas atribuladas a las que sucede alguna cosa”. El hijo de papá al que se le complican las cosas, el policía que se ha dejado corromper, la niña colombiana que se queda huérfana y acaba emigrando para hacer horas en un club de alterne y un ex-militar en busca de su verdadera vocación, todos ellos dirigidos como marionetas por un miembro de la funesta Triple A argentina exiliado en Barcelona que tiene la manía de convocar a sus títeres en el campo del Español porque sus colores le recuerdan la añorada selección albiceleste.

Y, como cualquier novela negra que se precie, pone luz en las alcantarillas, levanta alfombras y quita máscaras, lo que siempre es necesario, especialmente en momentos de crisis del pensamiento, pelotazos, impunidad de los corruptos y dobles raseros. El diablo, ¿en cada esquina? Pues sí. Miren bien y no olviden que al diablo le gusta disfrazarse de manso cordero o de dulce osito de peluche, pero no deja de ser diablo.

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Una respuesta a La aparente sencillez de lo sublime

  1. Judit dice:

    Todavia no lo he empezado pero está esperando turno en la mesa del comedor a que termine con Harry Quebert. Le tengo unas ganas… como sea la mitad de bueno que Narcolèpsia ya estoy contenta!!! Mi hija me ha dicho que alucinaré. Este Ledesma se está convirtiendo en devoción!

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