… y entonces tocaron A degüello

Purple light in the canyons
That’s where I long to be
With my three good companions
Just my rifle, pony and me

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El otro día pensaba en las primeras películas que vi en un cine. Tengo algunas imágenes muy nítidas esparcidas entre la neblina de las décadas transcurridas: Hace un millón de años con Raquel Welch en una sesión matinal de domingo, la psicodelia de The yellow submarine de los Beatles o Hello Dolly, donde descubrí el rostro de una voz que oía a menudo en el tocadiscos de casa.

Otra película que vi en esa época, aunque no se trataba de un estreno reciente, la había dirigido Howard Hawks una década antes; era uno de los wésterns que se convirtieron en un clásico del género: Río Bravo. Evidentemente, salía John Wayne y le acompañaban unos ayudantes de pacotilla para la difícil misión de cuidar el calabozo del poblado donde el sheriff había encarcelado al hermano de un influyente ricachón del condado. Se trata de Dean Martin, Walter Brennan y, como diría el Gordo, “Ricky Nelson antes de que empezara a hacer el indio”. Bueno, y Angie Dickinson, que aparece por ahí con su pasado oscuro y se enamora del sheriff -o le enamora, que eso nunca se sabe con certeza-.

Mi segundo encuentro con la película tiene que ver con la música. Para romper un momento de tensa espera, el personaje que interpreta Dean Martin se pone a cantar una canción que define muy bien esa balada de osos solitarios: bajo el cielo púrpura de los cañones, al ayudante del sheriff -malherido tras una fracasada relación amorosa que le llevó a una mala amistad con el alcohol-, ahora le basta con su rifle y su podenco. Un día que curioseaba la discografía de mi padre, dí con el 45 rpm de la banda sonora: el melancólico Río Bravo en la primera cara y My rifle, my pony and me en la segunda, ambas cantadas por Dean Martin con la orquesta de Nelson Riddle en una edición de Capitol.

El penúltimo encuentro con la película fue unos años después, cuando me llegó a las manos esa fotografía que Angie Dickinson firmó a algún admirador que nunca sabré quién fue. Quizás por esta prehistoria, me llamó la atención que el Gordo se comprase el DVD de la película de Hawks en La estrategia del pequinés, la multipremiada novela de Alexis Ravelo (Alrevés Editorial).

- Un muerto, unos ayudantes por los que nadie daría un duro, seres solitarios en busca desesperada del amor, pasados turbios, supervivencias varias y la llegada de la chica.
- Oiga, ¿y ya está?
- No, entonces la banda empieza a tocar A degüello, que es esa melodía de trompeta para declarar la lucha sin cuartel en el asalto final.
- ¿Y la chica?
- Bueno, esto lo tendrá que descubrir usted.
- ¿Me está hablando de la película, no?
- No, le estoy hablando del Rata, del Júnior, del Garepa, del Larry, del Felo, del Rubio, del Gordo, del Tito y de Cora, las almas de La estrategia del pequinés.

Cuando compré la novela de Alexis Ravelo, “un escritor calvo que nació y sobrevive a régimen de cervezas y bocadillos de chopped en Las Palmas de Gran Canaria” y que sospecha que Dios está de vacaciones (según declara en la solapa), el libro ya iba por la cuarta edición, había recibido el Premio Dashiell Hammett a la mejor novela negra publicada en español en 2013, el Premio Novelpol 2014 y el Premio LeeMisterio 2013 al mejor personaje femenino. Este tipo de galardones son un aval, naturalmente, pero confieso que al principio temí que me pasara como aquellas películas que todo el mundo te dice que “¡es tan buena…!” o “¡es tan divertida…!”, que al final te parece normalilla y con poca gracia. Sin embargo, me bastó el inico para convencerme de que La estrategia del pequinés era distinta: empieza con un prólogo que pone las bolas en el lugar adecuado para empezar la partida: cuatro trazos firmes para definir unos personajes perdedores empedernidos, solitarios, con anhelos frustrados y amores perdidos.

- Y entonces aparece Cora.
- Bueno, sí. Aparece Cora, aparece el Gordo. Y el Palmera. Y hay algunos muertos en una red de narcotráfico.
- ¿En el Río Bravo?
- No, en la isla de Gran Canaria.

En fin, no le daré más vueltas porque no puedo seguir explicando, sino diría lo que no debo decir. La gracia de La estrategia del pequinés está en leerla, en subirse al Ford Fiesta con los personajes y recorrer la isla con sus temores, sus ideas brillantes y sus respectivas soledades y anhelos. Ravelo ha tejido una buena historia, con personajes entrañables y bien definidos. Además, empieza la narración justo en “el momento antes”, ese instante a veces difícil de lograr y que permite definir desde la primera página el tono, las tensiones y de qué pie cojea cada tipo con quien se cruzará el lector en las páginas siguientes. No dejéis pasar esta novela; por algo ha cosechado estos premios; no os defraudará.

Y, bueno, como quizás no podréis comprar el DVD de Río Bravo que compró el Gordo aquél domingo por la mañana, os dejo los dos minutos iniciales de la película: sin palabras y con un prólogo que también es genial.

Enlaces de interés:
Blog de Alexis Ravelo
A degüello (wikipedia)

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