(…)Precisamente yo, que debía saber que los libros sólo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defenderlos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido.

Foguera

He leído la deliciosa historia Mendel el de los libros de Stefan Zweig, donde describe a un extraño hombre que vivía en un rincón del café vienés Gluck y que conocía todos los libros.

Las relación de las personas con los libros y los libreros, a menudo es peculiar. Y hay muchas novelas que relatan esta relación. En la celebrada La sombra del viento de Zafón y en algunas novelas de Paul Auster salen libreros entrañables. Curiosa es, también, la relación de los libros con su máximo enemigo, el fuego. Ardió la Biblioteca de Alejandría y se perdió buena parte del saber humano -el hecho de que nunca sabremos exactamente qué se perdió en aquél magno edificio, todavía magnifica más la intriga y la sensación de pérdida-. Hace pensar bastante Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, en la que cada ciudadano tiene la misión de memorizar un libro para que, a pesar de las llamas devoradoras, pueda transmitirse su contenido de generación en generación.

En mi caso, una de esas historias familiares que a uno le cuentan de niño y que quedan en algún rincón profundo de la memoria es el episodio en el que unos tios de mi madre tuvieron que enterrar unos cuantos libros escritos en catalán en el patio trasero de su casa en Capellades, debajo de donde pastaban los cerdos y cicían algunas gallinas y conejos en el año 1939. Alguno de estos libros vio felizmente la luz de nuevo y todavía lo conservo.

El otro día leí una historia sobre libros y fuego de la mano del inquieto Pablo Odell, un buen amigo aregentino-catalán, uno de los pensantes de Pensódromo, agitador cultural y perseguidor de nuevas formas de comunicación digital. En su blog Tökland, explicó sus recuerdos de la infancia en la dictadura de Videla, cuando él acompañaba a Henry, su padre, a quemar libros prohibidos… A parte de la anécdota y de reflexionar de nuevo sobre cómo incomodan algunas ideas a ciertos mandatarios, me pareció interesante su reflexión: hoy, que un libro digitalizado ocupa apenas unos megabytes, podría esconderse fácilmente una biblioteca de libros prohibidos. Quizás el fuego haya dejado de ser el enemigo inapelable de los libros y de las ideas.

Mientras tanto, leo en La Vanguardia que Sebastien Heayes Gary, el hijo de Roman Gary y Jean Seaberg, acaba de abrir una librería – café en Barcelona. ¡Bienvenida! Lo digital, la tecnología, es muy útil y ha cambiado muchos hábitos, pero dificilmente sustituirà aquél momento en que tomas un café con Philippe Hunziker, Guillem Terribas o Toni Cantó para intercambiar recomendaciones de libros. Como me decía Jordi Nadal ayer, quizás ahora lo más placentero sea recuperar el pan con aceite, las cosas esenciales y simples.

Enlaces de interés
Librería – café Lletraferit – Sebastien Heayes “Gary”
Revista Tökland – Pablo Odell