Los ‘rock happy’ de la II Guerra Mundial

Albert preguntó: “¿Hay ballenas por aquí?”. “No muchas”, contestó el marinero. “Pues creo que tenemos una frente a nosotros”, dijo Albert mirando a través de los prismáticos la masa negra que se divisaba sobre las olas en el horizonte. “Allí, mire”. El marinero se inclinó para poder mantener el timón con el pecho y enfocó los prismáticos que Albert le tendía. “¿Eso una ballena? Es su maldita roca.”
David Forrest

Como cualquier islote que se precie, Fernando de Noronha también fue lugar de reclusión de deportados y extranjeros no gratos, delincuentes y presos políticos; para ello, contaba con la ventaja de ser una isla de dimensiones reducidas y, además, estar, como dirían en la época, a 64.000 leguas de tierra firme, un brazo de 360 kilómetros de Atlántico ventoso y bravo. Actualmente en Vila dos Remédios, el núcleo principal de la isla, se pueden ver las ruinas del antiguo presidio mordidas por el abandono, el salitre y el avance imparable de la vegetación selvática. De esa época abundan muchas historias, ya que tienen los elementos narrativos básicos para que funcionen: 17 kilómetros cuadrados de tierra boscosa rodeados de aguas agitadas; asesinos violentos, ladrones sagaces y otros elementos a quien preferirías no encontrarte en la oscuridad; muchos escondites y el temor que nos origina la incertidumbre unida a la imaginación de la noche. Iba a hablar de ellas, sin embargo esta semana recibí un documento por correo postal que es el relato de una misión fracasada del ejército norteamericano en Fernando de Noronha durante la II Guerra Mundial.

Las novelas o el cine han ayudado a que identificásemos dicha contienda con la Vieja Europa, el norte de África, Japón o los Estados Unidos, pero no una isla diminuta del Atlántico. Cuando buscaba información sobre el archipiélago antes de viajar a él, di con una referencia de la Air University Library en Maxwell Field, Alabama. Resulta que en octubre de 1960 desclasificaron un documento del ejército norteamericano titulado History of the Air Transport Command on Fernando de Noronha, firmado por el sargento Bill A. Rips en junio de 1945, y con sello de registro fechado el 8 de diciembre de ese mismo año. Les escribí y un par de semanas más tarde recibí en mi domicilio un sobre naranja de la Air Force Historic al Research Agency que contenía un pliego de 41 páginas tamaño letter con la curiosa narración de una operación militar aparentmente fracasada.

Fernando de Noronha tiene una ubicación peculiar en el Atlántico: está un poco al sur del Ecuador, frente al extremo más oriental del continente americano o, dicho de otro modo, es el punto más cercano a la costa africana. Esta posición tiene un valor estratégico notable, que aprovecharon la primera navegación marítima y los primeros vuelos transatlánticos. En el año 1934, Air France construyó una precaria pista de aterrizaje, pero ya hacía tiempo que su predecesora, Aéropostale, se había establecido en la isla donde llegaban los hidroaviones en vuelo directo desde Dakar (Senegal); fue la época de pioneros del aire como Jean Mermoz o, sobre todo, Antoine de Saint-Exupéry. Aéropostale se convirtió en Air France, los hidroaviones dejaron paso a los modelos que aterrizaban en la pista y poco después el mundo vivía con preocupación la II Guerra Mundial.

El 20 de mayo de 1942 el comandante estadounidense V. Jamison visitó Fernando de Noronha; poco antes, militares alemanes habían hecho lo mismo con la intención de adelantarse a los Estados Unidos y ganar terreno a los Aliados; sin embargo, en 1941 Brasil y los Estados Unidos habían firmado un acuerdo político-militar que posibilitó que un destacamento norteamericano se estableciese en la isla durante casi dos años, construyese la actual pista de aterrizaje y dispusiese de un importante enclave estratégico en el Atlántico Sur durante los años decisivos de la Gran Guerra.

Lo curioso del documento es que narra con detalle las peripecias de la misión. En la isla no había ningún puerto, lo que dificultaba enormemente la descarga tanto del material como de los bidones de combustible que serían necesarios cuando el aeropuerto funcionase a pleno rendimiento. En las obras participaron un centenar de norteamericanos y setecientos brasileños, pero todo iba a un ritmo, para entendernos, tropical: en junio de 1942 se planificaron las obras, en septiembre se empezó la construcción de un aeropuerto adecuado para los bombarderos y en enero de 1943 sólo se había completado un uno por ciento del proyecto. Finalmente, la pista se puso en funcionamiento a comienzos de 1944, pero el aeropuerto sólo estuvo operativo cinco meses, durante los que aterrizaron y despegaron 134 vuelos. Finalmente se percataron de que la falta de disponibilidad de combustible era un problema importante: los barcos de la marina norteamericana no podían atracar en la isla porque no había puerto, de modo que debían desembarcar los bidones lejos de la costa y éstos se tenían que hacer llegar a la playa. Además, la marina tenía otro papel importante: detectar y atacar posibles submarinos del Eje que navegasen por el Atlántico Sur. Así pues, el 15 de septiembre de 1944, el ejército decidió abandonar las instalaciones aéreas en la isla, y ésta sólo sirvió de base de la marina durante los pocos meses que quedaban para el fin de la guerra.

A parte del fracaso en la planificación y ejecución del proyecto desde el punto de vista estratégico y operativo, el informe de la misión en Fernando de Noronha pone de manifiesto las discusiones entre el ejército y la marina del mismo bando destacados en la isla. Un oficial se queja: “me resulta difícil entender por qué se bajaron alimentos de la bodega para poder embarcar equipaje de ocio como una mesa para jugar a los dados (que sólo servirá para divertir a unos cuantos oficiales de la marina que, además, tienen prohibido jugar)”. El trabajo en la isla se describió como meramente rutinario, excepto en febrero de 1944, el mes “pico”. A pesar del fracaso, las autoridades militares tenían clara una cosa: no podían permitir que los militares destacados en Noronha se convirtiesen en los “rock happy” o los “Fernando happy”, de modo que idearon un sistema de rotación por el cual, cada dos meses y medio todos los destacados regresaban al continente. La estrategia y la visión podían fallar (o quizás sólo pretendiesen alejar las aspiraciones de las fuerzas del Eje de poner los pies en el continente americano), pero lo que no se podía permitir de ningún modo es que los militares fuesen felices, porque los felices no hacen la guerra; más bien hacen el amor. Leyendo este informe recordé la divertida sátira de David Forrest Y a mi sobrino Albert le dejo la isa que gané a Fatty Hagan en una partida de póquer. Realidad y ficción, a menudo van de la mano.

Enlaces de interés:

http://aerostories.free.fr/juniors/queven02/aeropostale/aero_carte.JPG

Historia de l’Aéropostale

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2 Respuestas a Los ‘rock happy’ de la II Guerra Mundial

  1. ¡Qué buena guerra harían en Fernando de Noronha esos militares! Quizás uno de ellos viera alguna que otra de esa ballenas rosas tras una buena partida de dados

  2. Gracias, Manuel. ¡Imagínate! Un abrazo.

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