Diciembre 2009


Por este tiempo descubrí que a toda la gente le gusta salirse por un momento de la realidad y vivir esos mundos de ficción de las películas, de los radioteatros, de las novelas. Incluso les gusta que les cuenten mentiras, si esas mentiras están bien contadas. De ahí el éxito de los estafadores hábiles en el habla.

Sal

Hernán Rivera Letelier es un novelista chileno que descubrí hace casi 15 años cuando leí La reina Isabel cantaba rancheras, una historia entrañable que pasa en una de las “oficinas” de las explotaciones de salitre del desierto de Atacama. Acabo de leer la última novela de Rivera Letelier, una historia tan bella como corta titulada La contadora de películas, donde el autor regresa a la oficina para describir a María Margarita, la adolescente que encandilaba a los trabajadores del salitre contanto las películas que pasaban en el cine del lugar.

Calor, trabajo de sol a sol y explotación son algunos de los elementos que acompañan el comercio del salitre, igual como acompañan el de muchos otros productos que, como golosinas, despiertaron el afán de firmas norteamericanas o inglesas, sobre todo. Igual como sucedió con el cobre y tantos minerales en Sudamérica, las bananas en Guatemala o Costa Rica, o el chicle en México y Guatemala. La del salitre, además, es una historia paralela al establecimiento de movimientos obreros potentes que empezaron a consolidarse con la masacre de trabajadores en huelga en una escuela de Iquique, el 21 de diciembre de 1907, que nos ha llegado relatada en la Cantata de Santa María de Iquique versionada, entre otros, por el grupo Quilapayún.

Sin saberlo, he empalmado el libro de Rivera con otra novela curiosa que también sucede en el desierto -en muchos desiertos, en realidad-; se trata de Nocilla Dream, la primera parte de una trilogía escrita por Agustín Fernández Mallo donde múltiples microhistorias se entrecruzan en el desierto de Nevada, el desierto de Albacete, o los múltiples desiertos que son la soledad de las personas, paradójicamente en las ciudades más pobladas como Pekín o Los Ángeles.

En efecto, técnicamente su nombre es US50. Está en el Estado de Nevada, y es la carretera más solitaria de Norteamérica. Une de las localidades de Carson City y Ely atravesando un desierto semimontañoso. Una carretera en la que, hay que insistir, no hay nada.

Es paradójico cómo a menudo hay que recurrir a los desiertos -algo tan despojado y que asociamos a clima inhóspito y ausencia- para encontrar la esencia. No olvidemos que el salitre es un buen fertilizante, obtenido de dónde apenas hay vegetación, para conseguir que las plantaciones sean más abundantes. El desierto como símbolo del “alto” que a veces se requiere para recapitular.

En la entrada del desierto del Sáhara, cerca de la frontera con Libia, conocí a Camus, que nos guió por los caminos (invisibles a nuestros ojos) de la arena. Camus, que decía no concer al filósofo homónimo aregelino, cuando hacías el comentario habitual un mediodía cualquiera en el Sahara (Il fait chaud, Camus! [Hace calor, Camus]), respondía un Comme d’habitude, Monsieur [Como siempre, señor] que, de algún modo, sugería un “dejémos de hablar de cosas banales y vayamos a algo más profundo”. Y, ciertamente, Camus interpretaba el mundo desde su perspectiva de hombre del desierto con una lucidez extraordinaria, quizás por la simplicidad de la que partía.

Quieren que el cambio de año sea una especie de punto de inflexión. Pasado el ritual del reloj -comme d’habitude-, quizás podamos pasar a cuestiones más esenciales. Y, como decía María Margarita, la niña que explicaba las películas, dejémonos llevar por las historias, pero cuidado con quienes pretender aprovecharse del gusto humano por los cuentos para colarnos algunas mentiras, ahora que parece que estamos en la era del photoshop (y no merefiero sólo al retoque de fotografías, claro).

Enlaces de interés:

Hernán Rivera Letelier – Wikipedia

El árbol de los zapatos. Sobre Proyecto Nocilla. El País, 2007

El los últimos treinta años, mis actividades me han puesto en íntimo contacto con un gremio interesante y hasta singular, del cual, entiendo, nada se ha escrito hasta ahora: el de los amanuenses o copistas judiciales.

I would prefer not to...

Reordenando libros al llegar a una nueva casa, reencontré la pequeña joya de Herman Melville editada en 1980 por Editorial Bruguera, Bartleby, el escribiente, en cuidada traducción de J.L Borges. Aproveché el sol de otoño que llegaba hasta la terraza para leer de nuevo esta intrigante historia del amanuense que siempre respondía “Preferiría no hacerlo” cuando su superior le pedía algo.

Quizás por este motivo me he fijado en el reportaje de Anxo Lugilde que aparece en La Vanguardia de hoy, titulado: “Dos de cada tres jóvenes quieren ser funcionarios”, y en el que explica cómo la elevada tasa de desempleo, sobre todo entre los jóvenes, anima a muchos de ellos a plantearse la opción del empleo público y, por tanto, a preparar el cada vez más difícil y concurrido camino de las oposiciones.

Los numerosos comentarios que aparecen en la versión on-line del artículo reflejan algunas de las opiniones a favor, en contra, y en contra de los que están en contra de los funcionarios. Abundan los chistes y bromas. Y como sucede con la mayoría de generalizaciones, sirven para retratar a una parte del colectivo, pero son sumamente injustas con la otra parte. Por mi parte, conozco a unos cuantos funcionarios, y la mayoría de ellos son profesionales responsables que dan lo mejor de su persona para dar sentido a su empleo.

Pero lo que me ha hecho reflexionar al leer este titular es lo que lleva implícito. Los jóvenes son el colectivo de la sociedad que, por naturaleza, son más atrevidos, les gusta jugar y desafiar el riesgo, se encuentran como pez en el agua caminando sobre el filo de la vida; y es precisamento esto lo que contribuye a empujar la sociedad, a moverla, a hacerla avanzar. Sin embargo, de los datos citados en este artículo, se desprende que dos de cada tres jóvenes se lanzan con insistencia a agarrarse a la cuerda que, en teoría, les asegura trabajo y algo preciado en épocas de tierras movedizas como la actual, el dinero.

Dan Gardner ha escrito un excelente ensayo titulado simplemente: Risk, en el que analiza la ciencia y la polítca del miedo en casi 400 páginas que se hacen cortas. Repasa numerosos episodios en los que os políticos y la sociedad juegan con el miedo de las personas y la aversión por la incetidumbre, para movernos, básicamente, a consumir. Traduzco el último párrafo, lúcido:

Nuestra especie siempre se ha enfrentado a amenazas -tanto monetarias como mortales-, y siempre será así. Podemos estar seguros de que en el futuro viviremos tragedias, contratiempos, desastres y catástrofes. Pero, si exceptuamos al mismo Armageddon -el último acontecimiento de baja probabilidad y grandes consecuencias-, nada nos golpeará lo suficiente como para dejar de pensar que nuestro tiempo es el mejor tiempo para vivir. Simplemente, continuaremos siendo las personas más afortunadas que jamás han vivido.

Enlaces de interés
Anxo Lugilde: “De mayor quiero ser…”
Bartleby, el escribiente – wikipedia
Dan Gardner – blog con textos