Octubre 2009


Reloj no marques las horas
porque voy a enloquecer (…)

Dia-7 (64)

Asi dice la canción; y, al parecer, eso es posible.

Hace pocos días unos cuantos países cambiaron sus horarios de verano por los de invierno, o al revés. En un punto de la noche, quien vivía las dos pasó a vivir las tres de la madrugada. Otros pasaron de las tres a las dos, igualmente por decreto.

Bien, la medida tiene defensores y detractores. Hay motivos a favor y en contra y no vamos a discutir eso. Lo interesante es que el tiempo, por lo menos el tiempo de los relojes, se puede modificar, y eso es algo que muchos vivimos un par de veces al año.

Lo curioso es lo que sucedió estos días en la cámara de diputados de México. Según la nota de la agencia AFP, la medianoche del martes 20 de octubre era el límite para presentar unas medidas fiscales -es decir, aumento de los impuestos-. Sin embargo, cuando faltaba poco para el límite (la deadline anglosajona, quizás la linea de algún tipo de muerte) alguien percibió que no habría manera humana de lograr ponerse de acuerdo… a tiempo. Siendo así, los diputados sí acordaron algo: detener el reloj de la cámara a las 23:59.

Y así estuvo, detenido hasta las 05:30 del miércoles. Aprobadas las modificaciones oportunas, el reloj siguió su curso.

Estas situaciones ponen sobre la mesa un par de cuestiones, la una buena; la otra, no tanto. La no tan buena: ¿Qué ocurrirá a partir de ahora con la ficción? Es bien sabido que una forma de generar tensión en las tramas de las novelas es poniendo un límite temporal al protagonista y llenándolo de dificultades para lograr “llegar a tiempo”. Si se puede jugar así con el tiempo, de manera oficial, incluso, ¿por qué culaquier protagonista de una novela no puede detenerlo a su gusto para lograr su objetivo?

La buena: quizás empieza a ser hora de pensar que el tiempo y la prisa son algo relativo, dentro de unos límites; la obsesión en estos aspectos genera ansiedad, a menudo innecesaria.

Enlaces de interés:
La cámara detiene el tiempo en México

Una de las principales enfermedades del hombre es su inquieta curiosidad por conocer lo que no puede llegar a saber.

Cortázar en la Nueve

Sábado 26 de septiembre, vuelo IB-6348 de Panamá a Madrid, asiento 21-H. Una pasajera (llamémosla Señora xx) está leyendo un libro de editorial Alfaguara; desde mi butaca no alcanzo a ver las letras del título ni el autor, que mostró fugazmente al aire mientras colocaba la mesita en su sitio. Creo que comparto con unos cuantos la curiosidad que despierta ver a otra persona leyendo, sobre todo por el afán de descubrir alguna joya entre las decenas de miles de libros nuevos que se publican cada año.

Pero no fue esto lo que más me atizó el fisgoneo durante ese largo vuelo trasatlántico. Resulta que la Señora xx y su pareja sacaron el citado libro de Alfaguara y otro de una bolsa de papel blanco y verde, cuyas letras de molde, grandotas, permitían leer SOPHOS.

- ¡La librería Sophos de Philippe Hunziker! -pensé, al tiempo que una cascada de recuerdos de la querida librería-café de la Avenida de la Reforma en Guatemala me inundaron durante algunos minutos, allá en las alturas del mar océano.

El hecho no resultaba extraño, porque el avión en el que me encontraba inició el vuelo en Guatemala e hizo escala en la ciudad del canal, donde me subí.

De pronto, recordé que la librería ya no está en Reforma, pensé que me apetecería conocer el nuevo local y me vino a la cabeza una entrañable cena en casa de Philippe junto con José María del Valle y Raúl de la Horra. Ahora veía que Sophos tenía, también, bolsas nuevas.

Y ahí empezó la curiosidad, una curiosidad mucho más intensa y pruriginosa que la de ver un libro del que no conseguía identificar ni el autor ni el título. Resulta que, justo cuando el comandante encendió el indicador de los cinturones de seguridad porque ya nos acercábamos a Madrid, la Señora xx se puso literalmente a leer la bolsa de papel, y se pasó cinco minutos leyéndola.

Las bolsas de Sophos tienen un texto de letra pequeña impreso sobre el anverso y el reverso. Un texto que, al parecer, estaba despertando el interés de la Señora xx, que lo absorbió de cabo a rabo. ¿Qué dice este texto? ¿Será un fragmento de una novela? ¿Un ensayo breve sobre los libros o la escritura? ¿Quién lo escribió?

Puedo afirmar que aparentemente no se trata de ningún poema y, juzgando la inexpresividad que me pareció percibir en el rostro de la Señora xx, tampoco se trata de un texto humorístico ni excesivamente triste o dramático.

Pensé en saltarme la prohibición de levantarme para avanzar tres hileras de asientos y salir de dudas directamente con la Señora xx, pero me acongojó la mirada severa de la azafata (la fokin azafata que diría Junot Díaz, el de la maravillosa -y caribeña y mágica- La maravillosa vida breve de Óscar Wao, valga la redundancia).

“Más tarde”, pensé. Pero luego, como suele pasar a menudo cuando dejamos las cosas para otro rato, todo se precipitó. Tocamos tierra, las 2:25 de la tarde, 24 grados en Barajas, el avión todavía frenendo y todo el mundo levantándose, golpes y prisas sólo para quedarse de pié en el pasillo durante diez inmóviles minutos. Nervios de unos, resoplidos de otros, los pitidos de los teléfonos celulares al conectarse que atacan por delante y por detrás… Y así, sin poder hacer más, la Señora xx desapareció con su bolsa de Sophos. T4, colas, inmigración, prisas, absurdidad del concepto de frontera, caos, sueño y curiosidad interrupta.

Aunque el matemático y filósofo francés Blaise Pascal describió la curiosidad como una enfermedad en el siglo XVII, con los ojos actuales más que una dolencia, podríamos considerarla un verdadero motor de la existencia. Quizás la muerte (física o mental) sobreviene cuando a uno se le agota la curiosidad por lo lo que le rodea.

Enlaces de interés:
Librería SOPHOS