Julio 2009


Ediciones Miraguano de Madrid publicó en 1996 un libro de cuentos populares del Sáhara titulado Bajo la jaima y editado por Fernando Pinto y Antonio Jiménez Trigueros.

funambulistas

Las historias que se recogen tienen la inmediatez y la proximidad de la literatura oral. El filósofo y el pescador me gusta especialmente, porque creo que tiene diversos niveles de lectura. Empieza así:

Había una vez un filósofo que estaba muy orgulloso de sus conocimientos. Cada día iba al río y se sentaba en la orilla. Allí comenzaba a leer en voz alta las obras de los grandes autores de la época, pidiendo a la gente que dejara sus ocupaciones y se interesara por la filosofía.

Sin embargo, en el río había un pescador que no se inmutaba en absoluto con los discursos del filósofo y éste, intrigado, un día decidió cruzar con su barca a la otra orilla. Mientras hacía esto, le preguntó al pescador:
- ¿Has estudiado filosofía?
- No -le respondió el pescador con sencillez.
- Entonces, amigo, has perdido la mitad de tu vida.

El pesacador se limitó a sonreír y siguió remando hacia la otra orilla. Sin embargo, al llegar a la mitad del río, un remolino volteó la barca y ambos cayeron al agua. Entonces el pescador le preguntó al filósofo:
- ¿Sabes nadar?
- No -respondió el filósofo naturalmente inquieto.
- Entonces, amigo, has perdido toda tu vida.

Por eso de tanto en tanto procuro dejar la filosofía para zambullirme en otros mares y aprender lo que realmente vale la pena. De entrada, fui a ver de nuevo una función del Circo Raluy, pocos días después de haber ido al nuevo espectáculo del mago de las pompas de jabón, Pep Bou. Y, bueno, también me llevo algunas novelas pendientes. Empecé a leer La elegancia del erizo de Muriel Barbery. Sólo empezar, ya encuentro una frase de la entrañable portera Renée, que promete:

(…) de todos modos, la gente me tolera porque me correspondo tan bien con aquello que las creencias sociales han constituido un paradigma de la portera de edificio, que soy uno de los múltiples engranajes que hacen girar la gran ilusión universal según la cual la vida tiene un sentido que se puede descifrar con facilidad.

Enlaces de interés:
Circo Raluy

(…)Precisamente yo, que debía saber que los libros sólo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defenderlos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido.

Foguera

He leído la deliciosa historia Mendel el de los libros de Stefan Zweig, donde describe a un extraño hombre que vivía en un rincón del café vienés Gluck y que conocía todos los libros.

Las relación de las personas con los libros y los libreros, a menudo es peculiar. Y hay muchas novelas que relatan esta relación. En la celebrada La sombra del viento de Zafón y en algunas novelas de Paul Auster salen libreros entrañables. Curiosa es, también, la relación de los libros con su máximo enemigo, el fuego. Ardió la Biblioteca de Alejandría y se perdió buena parte del saber humano -el hecho de que nunca sabremos exactamente qué se perdió en aquél magno edificio, todavía magnifica más la intriga y la sensación de pérdida-. Hace pensar bastante Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, en la que cada ciudadano tiene la misión de memorizar un libro para que, a pesar de las llamas devoradoras, pueda transmitirse su contenido de generación en generación.

En mi caso, una de esas historias familiares que a uno le cuentan de niño y que quedan en algún rincón profundo de la memoria es el episodio en el que unos tios de mi madre tuvieron que enterrar unos cuantos libros escritos en catalán en el patio trasero de su casa en Capellades, debajo de donde pastaban los cerdos y cicían algunas gallinas y conejos en el año 1939. Alguno de estos libros vio felizmente la luz de nuevo y todavía lo conservo.

El otro día leí una historia sobre libros y fuego de la mano del inquieto Pablo Odell, un buen amigo aregentino-catalán, uno de los pensantes de Pensódromo, agitador cultural y perseguidor de nuevas formas de comunicación digital. En su blog Tökland, explicó sus recuerdos de la infancia en la dictadura de Videla, cuando él acompañaba a Henry, su padre, a quemar libros prohibidos… A parte de la anécdota y de reflexionar de nuevo sobre cómo incomodan algunas ideas a ciertos mandatarios, me pareció interesante su reflexión: hoy, que un libro digitalizado ocupa apenas unos megabytes, podría esconderse fácilmente una biblioteca de libros prohibidos. Quizás el fuego haya dejado de ser el enemigo inapelable de los libros y de las ideas.

Mientras tanto, leo en La Vanguardia que Sebastien Heayes Gary, el hijo de Roman Gary y Jean Seaberg, acaba de abrir una librería – café en Barcelona. ¡Bienvenida! Lo digital, la tecnología, es muy útil y ha cambiado muchos hábitos, pero dificilmente sustituirà aquél momento en que tomas un café con Philippe Hunziker, Guillem Terribas o Toni Cantó para intercambiar recomendaciones de libros. Como me decía Jordi Nadal ayer, quizás ahora lo más placentero sea recuperar el pan con aceite, las cosas esenciales y simples.

Enlaces de interés
Librería – café Lletraferit – Sebastien Heayes “Gary”
Revista Tökland – Pablo Odell