Marzo 2009


De las dos entradas del café, ella siempre utilizaba la más estrecha, la que llamaban puerta de la sombra. Escogía la misma mesa, al fondo de la sala.

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Así empieza la novela el café de la juventud perdida de Patrick Modiano, una historia que mereció el premio de la revista francesa Lire en 2007, y cuya lectura vale la pena. Sin embargo, la cito porque este comienzo -que sugiere rutina, repetición- es justo lo opuesto de lo que quería explicar.

Stefan Zweig narra la grandiosa historia de la fatídica expedición del capitán Scott al Polo Sur en su libro Momentos estelares de la humanidad. Una historia de “segundos” en un mundo donde parece que lo único que cuenta es quien llega el primero. En un momento de la expedición, la comitiva se divide en dos:

Parten dos comitivas pequeñas, minúsculas. La una, en dirección hacia el sur, rumbo a lo desconocido. La otra hacia el norte, de regreso a la patria. Constantemente vuelven la vista, para percibir por última vez la presencia de un amigo, de un ser humano. Pronto desaparece la última figura. Solos, los cinco escogidos para esta hazaña –Scott, Bowers, Oates, Wilson, Evans– avanzan rumbo a lo desconocido.

Leía estas palabras documentándome sobre las expediciones polares, cuando sucedió algo curioso en Barcelona.

Desde hace unos meses hay algunas protestas de estudiantes contra la puesta en marcha del espacio europeo de educación que, en teoría, debería permitir la movilidad de los universitarios. No entraré en el fondo, porque es complejo y va más allá de una extensión de texto razonable. Lo que me llamó la atención son unos detalles de la forma.

La semana pasada, la policía desalojó a unos estudiantes que estaban en el rectorado de la Universidad de Barcelona y, ese mismo día, se organizaron varias manifestaciones por la ciudad que acabaron con cargas policiales pesadas, varios heridos de ambos bandos y unas imágenes poco civilizadas.

El caso es que se convocó una nueva manifestación y se anunció a través de todos los medios de comunicación. Además, se anunció su recorrido, por calles concurridas, céntricas y estrechas de la ciudad, a lo que los responsables del orden se apresuraron a responder: se blindarían las calles. Ante tal respuesta, quien más quien menos, esperaba una tarde caliente.

Al parecer, aquél día, horas antes del inicio de la protesta, la Rambla estaba tomada por la policía antidisturbios, las barreras en su lugar, el ambiente tenso, los estudiantes concentrados en el cercano edificio noble de la universidad pasándose consignas. Y muchos ciudadanos siguiendo los acontecimientos a través de Internet.

Los minutos avanzaban. Y las cercanías del lugar, desiertas. Los estudiantes salían del edificio de la universidad, libros bajo el brazo, y se largaban “a su casa”. Quizás los walkie-talkies de los mandos policiales dialogaban: “¿Se acercan?”, “No hay nadie”, “¿Mucha gente?”, “Un desierto”…

Y media hora después, la noticia que la marcha desfilaba pacíficamente justo en dirección opuesta a la esperada empezó a circular por los medios.

La creatividad, la diferencia, a menudo se encuentra en el camino contrario, en dejar de repetir la rutina -aunque sea un día- (y ver que el mundo sigue, quizás de una manera mejor), en aparcar el enfrentamiento y aplicar la inteligencia. A veces, la supervivencia también depende de ello. Quizás la receta serviría para algunos gurús de estas crisis mundiales.

Enlaces de interés:
Patrick Modiano – En el café de la juventud perdida
Comentario: Momentos estelares de la humanidad.

Aprovechando la primavera incipiente bajé hasta la playa para caminar y allí encontré una estatua que estaba naciendo.

birth - naixement

Lo que desde lejos parecía un bloque de granito que los servicios municipales hubieran colocado junto al camino para destinarlo a algunas obras indeterminadas, resultó ser el banco de trabajo de algún escultor anónimo (la playa estaba vacía a esa hora de la mañana) que estuviera ayudando a nacer a esa mujer -quizás, a esa sirena- de la piedra dura y fría.

El intenso olejae de la últimas tempestades habían hecho llegar hasta la arena muchas conchas, algunas de ellas bastante grandes y bien conservadas.

Como si de un fin de semana temático se tratara, el domingo me encuentro en Vilassar de Dalt, donde hay una feria de artesanía y encuentro abierto el museo de malacología “El Cau del Cargol”, que había visitado por última vez hace por lo menos 25 años. En el jardín trasero de una casa antigua en el centro del pueblo, Jaume Bot i Arenas, ingeniero que fabricaba maquinaria textil, fue coleccionando moluscos de todo el mundo hasta llegar a reunir cerca de 16.000 especies distintas. Es una de las colecciones más importantes del mundo.

Los moluscos son unos animales curiosos por varios motivos. En primer lugar, porque son tan débiles -no tienen esqueleto-, que deben protegerse con ese caparazón, en ocasiones bellísimo. Además, tienen la posibilidad de ir ensanchando la concha a medida que van creciendo y que sus necesidades aumentan.

Un ejemplo fascinante es el nautilo (Nautilus pompilius es, quizás el más conicido de la subclase). El nautilo es un ejemplo natural de espiral equiangular y, como otros moluscos, a medida que el animal va desarrollándose, a parte de hacer crecer la concha, cierra la parte interios que ya no usa, de modo que queda una cámara de aire.

Las técnicas de supervivencia utilizadas en el mundo animal merecen un análisis en relación con los tipos de personalidad y cómo actúan los humanos. Quien tiene caparazón, quien se viste de colores chillones para asustar, quien suelta tinta para despistar, quien se mimetiza con el entorno para pasar desapercibido, quien ruge, quien sale huyendo a toda velocidad…

Los moluscos son, además, escultores en cierto modo, o alfareros. Lo que sí es cierto es que ese torso de mujer que encontré en la playa, no es obra de ningún molusco. Si algún día averiguo quien es el artista, pondré su nombre aquí.

Enlaces de interés:
Cau del Cargol – Museo