De las dos entradas del café, ella siempre utilizaba la más estrecha, la que llamaban puerta de la sombra. Escogía la misma mesa, al fondo de la sala.
Así empieza la novela el café de la juventud perdida de Patrick Modiano, una historia que mereció el premio de la revista francesa Lire en 2007, y cuya lectura vale la pena. Sin embargo, la cito porque este comienzo -que sugiere rutina, repetición- es justo lo opuesto de lo que quería explicar.
Stefan Zweig narra la grandiosa historia de la fatídica expedición del capitán Scott al Polo Sur en su libro Momentos estelares de la humanidad. Una historia de “segundos” en un mundo donde parece que lo único que cuenta es quien llega el primero. En un momento de la expedición, la comitiva se divide en dos:
Parten dos comitivas pequeñas, minúsculas. La una, en dirección hacia el sur, rumbo a lo desconocido. La otra hacia el norte, de regreso a la patria. Constantemente vuelven la vista, para percibir por última vez la presencia de un amigo, de un ser humano. Pronto desaparece la última figura. Solos, los cinco escogidos para esta hazaña –Scott, Bowers, Oates, Wilson, Evans– avanzan rumbo a lo desconocido.
Leía estas palabras documentándome sobre las expediciones polares, cuando sucedió algo curioso en Barcelona.
Desde hace unos meses hay algunas protestas de estudiantes contra la puesta en marcha del espacio europeo de educación que, en teoría, debería permitir la movilidad de los universitarios. No entraré en el fondo, porque es complejo y va más allá de una extensión de texto razonable. Lo que me llamó la atención son unos detalles de la forma.
La semana pasada, la policía desalojó a unos estudiantes que estaban en el rectorado de la Universidad de Barcelona y, ese mismo día, se organizaron varias manifestaciones por la ciudad que acabaron con cargas policiales pesadas, varios heridos de ambos bandos y unas imágenes poco civilizadas.
El caso es que se convocó una nueva manifestación y se anunció a través de todos los medios de comunicación. Además, se anunció su recorrido, por calles concurridas, céntricas y estrechas de la ciudad, a lo que los responsables del orden se apresuraron a responder: se blindarían las calles. Ante tal respuesta, quien más quien menos, esperaba una tarde caliente.
Al parecer, aquél día, horas antes del inicio de la protesta, la Rambla estaba tomada por la policía antidisturbios, las barreras en su lugar, el ambiente tenso, los estudiantes concentrados en el cercano edificio noble de la universidad pasándose consignas. Y muchos ciudadanos siguiendo los acontecimientos a través de Internet.
Los minutos avanzaban. Y las cercanías del lugar, desiertas. Los estudiantes salían del edificio de la universidad, libros bajo el brazo, y se largaban “a su casa”. Quizás los walkie-talkies de los mandos policiales dialogaban: “¿Se acercan?”, “No hay nadie”, “¿Mucha gente?”, “Un desierto”…
Y media hora después, la noticia que la marcha desfilaba pacíficamente justo en dirección opuesta a la esperada empezó a circular por los medios.
La creatividad, la diferencia, a menudo se encuentra en el camino contrario, en dejar de repetir la rutina -aunque sea un día- (y ver que el mundo sigue, quizás de una manera mejor), en aparcar el enfrentamiento y aplicar la inteligencia. A veces, la supervivencia también depende de ello. Quizás la receta serviría para algunos gurús de estas crisis mundiales.
Enlaces de interés:
Patrick Modiano – En el café de la juventud perdida
Comentario: Momentos estelares de la humanidad.

