Enero 2009


- ¿Quién se aventuraría a llegar al Polo Sur?

- Sería difícil de alcanzar, y los experimentos no tendrían ninguna utilidad práctica -repliqué-. Sin embargo, hay hombres suficientemente aventureros para embarcarse en esta empresa.

- Sí, aventurarse, ¡esta es la palabra exacta! -apostilló el capitán.

DSC01301

Este diálogo pertenece a los primeros capítulos de Un misterio antártico, que Jules Verne publicó en 1899. Sin embargo, algún periodista podría haber formulado la misma pregunta en la rueda de prensa que ha habido tras el regreso de los miembros de la expedición al Polo Sur que comentamos en el post anterior.

Xavier Valbuena, Eric Villalón y Jesús Noriega hicieron un largo periplo y caminaron 250 kilómetros sobre la nieve en un clima extremo. Estuvieron en el Polo Sur. Pero hubo bastante más que eso, y Jorge Wagensberg se ha encargado de explicarlo: una de las múltiples preguntas que se hacen los científicos sobre la Antártida es hasta qué punto los elementos contaminantes como el plomo y otros carburos metálicos han llegado hasta allí. Se tienen algunos indicios sobre qué sucede en la costa, pero ¿y en el centro del continente?

Como dijo el doctor Wagensberg, en este caso, tanto si la respuesta es positiva como si es negativa, ambas nos conducen a la acción: si no hay rastros de contaminación, habrá que movilizarse rápido para poder preservar uno de los últimos reductos de la Tierra; si la contaminación llegó hasta allí, hay que tratar de revertirla en la medida de lo posible o, como mínimo, intentar que no siga aumentando.

En palabras de Eric, después de caminar siete horas, estaba el compromiso de empezar a cavar un agujero para recoger muestras a más de un metro de profundidad, en unas condiciones extremas. No fue sólo una gesta deportiva o personal; esperemos que tampoco unos “experimentos sin ninguna utilidad práctica”, como los llamaba el protagonista de la novela polar de Verne.

Quienes viajan a la Antártida, lo llaman greenout. Es el shock que padecen los expedicionaros cuando regresan a su casa y empiezan a ver hierba y árboles después de unos días en los que sólo se ve el blanco del suelo y el azul intenso del cielo austral.

camí

Estos días está aconteciendo algo especial. Un grupo de expedicionarios que embarcó hacia el Polo Sur a finales de diciembre de 2008, está a punto de lograr su meta. Son Jesús, Xavier, Eric y unos cuantos compañeros más que les brindan apoyo logístico.

Volaron desde España a Punta Arenas y, de allí, al continente helado, donde les esperaban 250 km en temperaturas extremas y condiciones climáticas difíciles. Uno de sus objetivos es recoger muestras para diversos proyectos científicos. Pero el principal objetivo es llegar -o intentarlo-, y para ello parten con desventaja: a parte de no contar con ayuda externa, esta es la primera expeición al Polo Sur llevada a cabo por personas con algún tipo de discapacidad.

Xavier perdió una pierna, Eric sólo conserva un 5% de la visión y a Jesús le falta una mano.

Su norte, pues, abarca mucho más que simplemente llegar al Polo Sur. Y quizás una de las cosas que nos demostrarán a todos es que, si los tres constituyen un verdadero equipo, muchas cosas que, a pimer vistazo parecen estar en las brumas lejanas del reino de la utopía, acaban luciendo con el brillo del mundo real.

Lástima que, demasiado a menudo, padecemos una especie de greenout: no recordamos -o no sabemos- que todos somos discapacitados en algo, y que sólo el “equipo” puede ayudarnos a avanzar por el camino del norte -esté donde esté, sea cual sea-. Hace falta el ejemplo de personas como los expedicionarios del Polo Sur Sin Límites para demostrárnoslo.

Enlaces de interés:
Polo Sur Sin Límites
PSSL: el blog (de Montse Gracía)
Núria Escur: No era imposible (La Vanguardia)

Leer una novela mediocre, burda, es una forma de soñar despierto. No permite una reacción productiva; (…) pero una buena novela, por ejemplo Balzac, puede leerse con una participación interior, productivamente (esto es, en el modo de ser).

camaleó verd

Marc Bassets publicó un artículo en La Vanguardia titulado “Presidentes lectores”, en el que analiza los libros que leen el casi-ex-presidente Bush y el casi-presidente Obama. Observo que entre los cinco libros que tienen actualmente en la mesita de noche ambos, no figura ninguna novela, ningún espacio para la ficción. Sólo ensayo político, ensayo económico e historia. La única pista sobre que aporta el corresponsal de ese periódico en Nueva York es que, en 2006, Bush leyó El extranjero de Camus.

En ¿tener o ser?, Erich Fromm escribió el texto que está más arriba, en relación con la importancia que puede llegar a tener una buena historia contada con los adjetivos adecuados y con el tirmo apropiado. Meterse de lleno en una novela es como caer en la red de una telaraña o dejarse hipnotizar por los ojos de un reptil. Y es una experiencia individual que conlleva al crecimiento personal.

Preocupa que los gobernantes lean poca ficción. Probablemente esto deja poco espacio para la creatividad, pero también para la empatía, para saber cómo viven las personas -las de verdad, aquellas a quienes gobiernan.

El escritor inglés Alan Bennett trató el tema en su excelente Una lectora poco corriente, aquella novela en la que, un buien día, la reina de Inglaterra empieza a leer y la lectura le produce un efecto revolucionario, superior a cualquier acontecimiento en su larga vida en los fríos salones palaciegos.

¡Ojalá las campañas de fomento de la lectura que ponen en marcha muchos gobiernos, tengan también efecto sobre los ministros, los presidentes de gobierno, los jefes de cualquier cosa! Ojalá algún día, todos ellos sean capaces de desviar la atención de sus asuntos importantes, ni que sea cinco minutos, con aquella ansia maravillosa que empuja a terminar de leer las dos páginas que faltan del capítulo de una buena novela cualquiera.