Diciembre 2008


Los incursores de la noche, sean cazadores, de gatos, pumas o comandos, saben de un axioma: para ver en la oscuridad no hay que mirar de frente. El punto ciego oculta el objetivo.


nens - Christmas time

Me gustó especialmente esta idea con la que el escritor argentino Raúl Argemí arranca su nueva novela La última caravana. Argemí propone “mirar com displicencia, como si importara otra cosa, para que el objeto sea revelado por visión periférica”. Y es que, a menudo olvidamos la visión periférica. O no le damos suficiente importancia, y eso nos pierde -o nos hace perder oportunidades.

Hay un par de experimentos visuales que lo demuestran. Si tienen medio minuto, echen un vistazo al la página web del transporte metropolitano de Londres y sigan el juego. No vemos todo lo que pasa frente a nuestros ojos o, como mínimo, no somos conscientes de ello.

Quizás unas de las cegueras más curiosas es la ceguera de amor, aquella que se produce por la dilatación pupilar causada por la proximidad del ser amado, que hace que la visión periférica sea borrosa, un mecanismo fisiológico que explica en parte porqué los enamorados parece que sólo tengan ojos el uno para el otro, pero no para terceras personas o para lo que sucede a su alrededor.

El sentido de la vista, los ojos y el sistema de procesamiento cerebral de la información que nos llega a través de ellos, puede llevarnos a engaños o a “cegueras” por pura limitación fisiológica o física. Sin embargo, hay otros “puntos ciegos” mentales.

En lo que percibimos y cómo lo percibimos influyen aspectos culturales o la experiencia previa. Hace unos años leí la anécdota de un microbiólogo que intentaba explicar la estructura celular de unos microorganismos en un país de la antigua URSS; el auditorio no hizo el menor caso a las palabras del conferenciante hasta que se le ocurrió decir que los elementos de la pared celular actuaban de manera “colectiva”, una palabra que, al parecer, fue la llave para abrir las ventanas de la atención.

Incluso las ideas religiosas de cada uno podrían modificar la manera cómo prestamos atención a los acontecimientos de nuestro alrededor, cómo “vemos” lo que sucede. Por lo menos, así lo sugieren los resultados de un estudio hecho en Holanda y publicado en el número de noviembre de la revista PLoS One.

En un sentido parecido, otro estudio reciente ha incidido en cómo la valoración que hacemos del riesgo de una enfermedad se modifica en función de la información que publican los medios de comunicación -esa información que circula en forma de píldoras concentradas en las conversaciones de pasillo y que suele limitarse a reproducir la información contenida en un titular de periódico y, a lo sumo, la información de los textos destacados en la crónica-. Por ejemplo, la población estudiada consideraba mucho más peligrosa y frecuente la gripe aviar (con contadísimos casos de afectación humana, pero muy presente en los medios) que la fiebre amarilla (una enfermedad muy grave y con un alto riesgo de ser contraída en las zonas endémicas si las personas no se vacunan).

Curiosamente, alguno de estos engaños del cerebro, tienen utilidad terapéutica. Si se manipula la imagen de uno mismo, se logra mitigar el dolor: un estudio realizado en la Universidad de Oxford con 10 personas que presentaban dolor crónico en el brazo, lograron mitigar su dolor cuando se miraban el brazo con unos binoculares invertidos (que lo hacían más pequeño) y, en cambio, el dolor aumentaba mucho cuando se utilizaban los binoculares del derecho (aumentando, por tanto, el tamaño de la mano).

Conocer la existencia del punto ciego en nuestras miradas (y en la existencia), así como potenciar la visión periférica, obliga a prestar más atención en lo que vemos (o en lo que vivimos), y eso facilita la creatividad y abre puertas a mirar el entorno de un modo distinto al establecido.

Enlaces de interés:
La religión y la percepción visual
Los medios de comunicación y la percepción de enfermedades
El dolor y la imagen distorsionada del cuerpo

Entre el bocadillo de jamón del desayuno y el almuerzo que nos prepara Nacho de El Gallinero de Sandra, Pablo Duque me acompaña a caminar largo y tendido por Sevilla, desde el centro hasta el puente de Triana, pasando por el barrio de Santa Cruz o la plaza de banderas y la calle del agua, en la judería.

carros sevillanos

En el bosque de palabras pronunciadas en una mañana despejada, con el sol de invierno que pinta el Guadalquivir de un azul como de terciopelo, distingo El cerebro ejecutivo de Goldberg o ¿Es real la realidad? de Watzlawick, que tengo ganas de leer. Y un poco de literatura -El Coloso de Marusi de Miller que cito más tarde en la conferencia-. Y música y recitales de poesía concurridos -algo bastante insólito-, o actividades de promoción cultural y bares. También una historia increíble de un automóvil prestado a quien prestó su automóvil a un tercero que no quiere devolverlo.

Y todo esto, entre estudios sobre cómo mejorar la calidad de vida de las personas con demencia, un completo Plan de Atención al Deterioro Cognitivo, un test para predecir alteraciones del lóbulo frontal, pacientes que llegan a la consulta y un bedel que cantaba en un tablao a las nueve de la noche y se enojaba si alguien se quedaba trabajando hasta tarde.

En su página, Pablo Duque explica algo de todo esto y, además, incluye muestras de su música y su poesía. Un baúl de creatividad, de vivir transversalmente, de hacer sinapsis.

De regreso, voy corrigiendo una traducción del delicioso libro de aforismos de Erich Fromm que se titula La atracción de la vida. Dice cosas como:

Educar para la creatividad es sinónimo de educar para la vida
(…)
Si pierdo lo que tengo, ¿quién soy, si sólo soy lo que tengo?

Cuando logras que, durante unas horas, el tiempo no exista, descubres la riqueza del trabajo de orfebre que es el presente. Un buen ejercicio para practicarlo a menudo.

Enlaces de interés:
Pablo Dueuqe – página personal

En 1968, Andy Warhol dijo: In the future, everyone will be world-famous for 15 minutes, los parafraseados quince minutos de fama a los que todo el mundo tiene derecho en el siglo de la comunicación.


Brain in Tossa

Acompañamos a Tatiana a Tossa de Mar. Una de las historias que se repiten en ese pueblecito de la Costa Brava se remonta a 1950, cuando un equipo de Holywood se instaló en una de las calas para rodar la película Pandora y el holandés errante, en la que intervenían Ava Gardner -en la época esposa de Frank Sinatra- y el artista y torero Mario Cabré.

De Ella, hay una estatua de tamaño natural en el recinto del castillo, mirando al Mediterráneo. Cuando llegamos con Tatiana y Thaïs, también había un fotógrafo con cerebro que inmortalizaba a su compañera junto a la actriz de bronce.

Todavía hay quien debe tener unas cuantas historias personales sobre este vaivén de famosos para contar, más o menos deshilachadas por el paso del tiempo, más o menos exageradas o retocadas por el photoshop que sufre todo recuerdo evocado.

Justo esa noche leo el libro León de ojos verdes de Manuel Vicent, que me obsequió Mariano Madurga una noche que estuvimos cenando cerca del Born. Con la prosa habitual que describe unos seres humanos entrañables, Vicent explica la historia del miliciano Juanito Ruano, que vivió tres días de gloria junto a la escritora Dorothy Parker, otra dama que concentraba las atenciones varios notables de las letras.

Este analfabeto salido del agro valenciano había hecho gritar de deseo a una escritora neoyorkina que estaba en boca de todos los intelectuales y en la que confluían John Dos Passos, Hemingway, Scott Fitzgerald, Faulkner, Dashiell Hammett, Truman Capote y medio Hollywood (…)

Probablemente es cierto que todo el mundo tiene sus quince minutos de fama. Probablemente también es cierto que todo el mundo pasa dos minutos de su vida con un famoso, hecho que les permite alardear ante sus semejantes durante años. Algunos, como el miliciano Juanito Ruano, no sólo tuvieron dos minutos, sinó tres noches.