Agosto 2008


Volví a ver la versión original de La huella, aquél inteligete duelo de adivinanzas y engaños entre Michael Caine y Lawrence Olivier, en el que un escritor de novelas de suspense propone al peluquero-amante de su ex-esposa que simule un robo de joyas del escritor para que pueda pagar la pensión a la mujer.

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Quizás por este misterio por el que parece que las cosas relacionadas nos sucedan -o las encontremos- agrupadas en el tiempo (y que puede explicarse por el funcionamiento de la percepción selectiva y la atención que presta el cerebro), he recordado esta película un par de veces estos últimos días.

El sábado pasé frente al Hard Rock Café de Barcelona; está en el centro de la ciudad y es un local que siempre tiene gente esperando en sus puertas, ayoritariamente turistas. Parece que, para algunas personas, uno de los objetivos que tienen al llegar a una ciudad es buscar el local de esa franquicia para comprarse una camiseta que permita explicar al mundo que estuvieron allí.

A propósito de las camisetas, una mañana bajé a desayunar en el restaurante del hotel donde me alojaba en Bangkok y en la mesa que estaba frente a mí se sentó un hombre alto y delgado, con pelo canoso, un norteamericano con aspecto de ex-marine que estuvo en Vietnam que llevaba una camiseta de ese restaurante, la versión clásica en algodón negro con el círculo y las letras amarillas. Lo que me pareció interesante era la burla irócina de la inscripción: Hard Rock Café – Hell (Infierno).

Cada vez que paso frente a uno de esos locales me pregunto si existen tantas guitarras de rockeros famosos para llenar todos los establecimientos de la misma marca esparcidos por el mundo o si sólo es un juego de espejos producto de la globalización, como ese museo donde todo son reproducciones que hay en algún punto del remoto Medio Oeste de los Estados Unidos.

He recordado de nuevo La huella al leer una nota sobre la clausura de los Juegos Olímpicos de Beijing; al parecer, las autoridades correspondientes “modificaron” el clima para evitar que una lluvia inoportuna desluciera la ceremonia de clausura, igual como, en la inauguración, se puso a una niña de rostro bonito a la voz de la cantante cuyo aspecto parecía inapropiado -también según las autoridades correspondientes.

Espejos que adelgazan o engordan, espejos que te hacen ver gigante o chaparro. Ilusiones que tratan de engañar la mente. Y al final, uno, desde su cueva se pregunta si éso que ve es el mundo real o sólo son sombras reflejadas de lo que sucede fuera.

Enlaces de interés:
Retocando el clima en Pekín (La Vanguardia)

¿Me pregunta quiénes son esos enemigos? No sea ingenuo, hombre de Dios. Son los de siempre. Son todas esas moscas que, desde hace años, viven sobre el cadáver de nuestra infelicidad, sobre la tristeza de nuestras soledades. Son los que, como decía el poeta, se complacen filtrando veneno en la sangre de los hombres.

Camí de ronda

Releo una joya de Javier Tomeo, aquella misiva del Marqués que el criado Bautista debe hacer llegar a su enemigo, el Conde de X en El castillo de la carta cifrada. Como tantas veces, la supuesta meta es sólo la excusa para el viaje, que es lo que realmente importa, lo que enseña, lo que cambia a la persona.

En cierta ocasión estuve en Kutching (Borneo) y me recomendaron con bastante énfasis que fuera a una reserva que se encuentra a unos veinte kilómetros de la capital para ver alguno de los pocos orangutanes que todavía sobreviven en libertad. Según aseguraban los locales, a media tarde, cuando el sol se dirige al ocaso, un grupo de orangutanes tiene la costumbre de reunirse a un punto de la selva para comer fruta.

Después de comer, caminé por la zona portuaria hasta la terminal de autobuses y media hora más tarde llegue a la entrada de la reserva. Allí me crucé con un par de médicos chilenos que estaban dando la vuelta al mundo; anduvimos por la jungla hasta el punto indicado mientras me explicaban su periplo y unas cuantas anécdotas. Aguardamos envueltos en el bullicio de insectos y de pájaros durante casi una hora, mascando la humedad y agazapados tras el tronco de unos árboles gigantescos. Escudriñamos durante más de una hora los distintos tonos de verde para detectar algún movimiento; aguzamos el oído tratando de detectar el ruido de las lianas usadas por los primates. No apareció ningún orangután.

Me despedí de los chilenos y deshice el camino. Me crucé con un guarda forestal que me explicó unas cuantas cosas sobre las costumbres de esos animales que -según asegura la leyenda- antaño podían desplazarse de un extremo al otro de la isla sin pisar el suelo, sólo saltando de rama en rama.

Cuando alcancé de nuevo la carretera, llegué al punto donde, supuestamente debía detenerse el autobús que me llevaría de vuelta a Kutching. Veinte minutos más tarde, un muchacho con una motocicleta se detuvo junto a mi. “¿Esperas a alguien?”, me preguntó. El autobús no pasaría por allí hasta las nueve de la noche; de modo que se ofreció para llevarme hasta una terminal de autobuses que había unos kilómetros más allá, mientras me explicaba quien era, qué hacía y cómo vivía. Llegué a Kutching a las siete de la tarde del sábado, un momento extraordinario en el que empiezan a abrir los puestos del mercado del domingo… que en realidad abre desde el sábado por la noche: las callejuelas son un hormiguero de personas y de mercancías frescas; los puestos, colores y olores bajo bombillas amarillentas. Compré unas docenas de mangostinos y cedí a la tentación de llevarme un hermoso durian (en el ascensor del hotel, un cartel informaba que estaba prohibido llevar a las habitaciones el sabroso –y pestilente– fruto espinoso).

Aquella tarde no vi ningún orangután, pero durante el viaje conocí a unas cuantas personas que me hablaron, no sólo sobre los orangutanes, sino sobre cómo es la vida en Borneo. La caminata valió la pena y la supuesta meta fue, en realidad, la excusa que me permitió aprender unas cuantas cosas y conocer a unas cuantas personas.

Recordaba este viaje por Sarawak hace unos días, mientras andábamos por el camino de ronda de l’Ametlla. Un mapa del hotel indicaba que en una de las calas había una antigua torre de defensa, un pequeño castillo. Desde la playa donde estuvimos bañándonos, se divisaba a lo lejos una construcción de piedra, como una muralla, sobre uno de los acantilados. Decidimos seguir el sendero que bordea varias calas para llegar hasta allí, convencidos de que ese era el castillo.

Después de caminar una hora bajo el sol, admirando el paisaje, viendo las manchas turquesa de las aguas poco profundas salpicando el fondo de rocas, conversando y riendo, el supuesto castillo resultó ser el muro protector de una enorme finca escondida entre los pinos.

Así fue como El castillo di Giorgio pasó a ser el símbolo de esas metas inexistentes que sólo puedes valorar si has sido capaz de vivir el camino que te conduce hasta ellas. La frustración suele producirse cuando avanzas pensando el meta y deambulas mecánicamente con las ojeras de cuero que te impiden ver el camino y su entorno.

Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente.

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Antes de ir hasta Ikea para adquirir algunos muebles que necesito, decido releer las Historias de cronopios y de famas de Julio Cortázar. Instrucciones para subir una escalera resulta siempre estimulante.

No se si Cortázar, hoy, escribiría unas Instrucciones para acercarse a Ikea y montar un mueble. En realidad, cuando has pasado un par de veces la prueba de salir exitoso de un montaje-ikea, la cuestión pasa a tener la misma complicación que subir una escalera; es algo casi automático. Aunque se puede complicar para añardir diversión.

Cuando llego a casa con la mercancía (dos sillas, un par de camas, una mesa, una mesita y unos estantes), decido colocar todas las cajas, uno después de la otra, siguiendo las paredes del comedor, de modo que el centro queda vacío. Rompo el precinto de las cajas y las abro por orden.

En el espacio central lleno de nada voy colocando, al azar, las piezas de las siete cajas; luego, en una bolsa de papel del supermercado pongo el contenido de las siete bolsas de tuercas y tornillos, así como las llaves para colocarlos en los agujeros correspondientes. Luego, voy a la playa durante una hora para asegurarme de que he olvidado el contenido original de cada una de las siete cajas.

Al regresar decido empezar a montar los siete muebles, sin mirar las instrucciones, con el objetivo de que no sobre ninguna pieza, meta que alcancé dos días, cinco horas y siete segundos más tarde. La idea de fondo es alargar al máximo el entretenimiento, montar, desmontar y volver a montar al revés, hacer cundir tanto como sea posible los quinientos euros que invertí en mis vacaciones de agosto.

Mañana iré a buscar una mesa de escritorio, un somier -los somiers son piezas muy agradecidas en este tipo de ejercicios- y una lámpara de papel de estilo japonés para colocar en el suelo. Así espero llegar hasta que se termine mi período de asueto.

La táctica no es original; un corredor de seguros con quien coincidí en una de las largas colas del establecimiento me explicó que era el entretenimiento favorito de un pariente suyo. Todo sea por la creatividad aplicada al día a día.

Busqué en Google: “ikeamania” es una palabra que aparece en 645 páginas web. Una de curiosa es la del Traveling Apothecary, un personaje que conoce la manera de curar la ikeamanía. Otra, las fotografías con la palabra clave “ikea” colgadas en Flickr: 150.000 imágenes.

Enlaces de interés:
Para curar la Ikea-manía