Si logramos que más mujeres amamanten a sus hijos durante seis meses, se reduciría la necesidad de atención a niños con sobrepeso (…) lo que afectaría positivamente tanto a la incidencia de enfermedades derivadas de la obesidad como al cambio climático.
Rachel Myr, una comadrona noruega, complementaba en el British Medical Journal de hoy una noticia que apareció en la edición del 14 de junio, en la que se hacía referencia a cómo la lucha contra el cambio climático y el nuevo futuro con escasez de petroleo supondrá implantar cambios en el estilo de vida actual (caminar más, por ejemplo), que contribuyan a reducir la actual epidemia de obesidad.
En opinión de Myr, si se lograra amamantar durante seis meses y se fuera cuidadoso con el uso de preparados lácteos hasta los dos años de vida, también se evitaría el sobrepeso y, al mismo tiempo, se ahorraría toda la energía necesaria para producir los lácteos artificiales, entre otras ventajas.
Llego a casa y me encuentro con un comentario del antropólogo Eudald Carbonell, que augura un colapso de la revolución tecnológica en la que estamos inmersos, y prevé la desaparición de un 10% de la población del planeta. No es apocalíptico: lean Todavía no somos humano (Ed. Quinteto, 2003), un libro clarividente cuyas ideas principales surgen de la observaión de la historia de la humanidad desde su observatorio privilegiado del yacimiento de Atapuerca.
Esta misma tarde me ha llegado un mensaje de una lista de distribución con un artículo del New York Times del 28 de mayo titulado Los ricos tienen hambre; lo firma Amartya Sen, premio Nobel de economía en 1998. Comenta: El reto principal consiste en encontrar políticas eficaces para superar las consecuencias de una expansión económica mundial extremadamente asimétrica.
Creatividad, modificar el concepto de humanidad en el tercer milenio y volver a lo esencial. A veces tengo la sensación de que nos pasa como a aquellas bonitas chatarras de la década de los 50 y 60, aquellos enormes Chevrolet o Plymouth que todavía ruedan por algunas calles de Cuba o de Venezuela: mucha apariencia, pero poco funcionales, caros y, en el fondo, un motor que nos desplaza -exactamente del mismo modo que lo lograba uno de aquellos Seat 600 o Citroën de la época.
(…) tienes que buscar el ritmo. Todo tiene su ritmo, incluso recoger algodón.
En 1950, Sonny llega a Harmony -una pequeña ciudad de Alabama- con una guitarra eléctrica. Llegará a tocar en el Honeydripper, un bar con nombre de destilado dulzón que está a punto de cerrar, y encandilará a una población que empieza a aburrirse con el viejo jazz y el blues. Es un momento de alto interés para el nacimiento de lo que posteriormente será el rock & roll. Es el momento de fusión y de creación, igual como lo fue medio siglo antes Nueva Orleans con el jazz.
John Sayles, el director de la película, dibuja esta historia sobre el lienzo realista del racismo en en Sur de los Estados Unidos antes de Luther King, de modo que cuando Sonny llega a Harmony, el sheriff blanco lle arresta y le conduce hasta una plantación de algodón, donde pasa el día llenando enormes sacos con las fibras blancas. Cuando un compañero grandullón y experimentado ve a Sonny agachándose e irguiéndose atolondradamente, le enseña cómo hacerlo mejor: buscando el ritmo adecuado -una frase curiosa pronunciada en una ciudad llamada armonía-.
El choque de dos ritmos diferentes -o no saber encontrar el ritmo de una situación y hacrlo armónico con el nuestro-, genera muchas situaciones que se traducen en lo que denominamos stress.La lectura de Con rumbo propio de Andrés Martín (Plataforma Editorial, 2008), puede dar algunas pistas al respecto.
(…) y mientras esto sucede, suena mi móvil con un número privado.
- ¿Sí? -respondo.
- Buenas tardes. Me llamo Oriol y soy el ayudante del comisario Bélmez.
Cada mañana, sobre las 6:15, después de comentar los titulares del día, el periodista Jordi Basté hace un alto en el ritmo trepidante que, a aquella hora, amenaza cualquier magazine radiofónico, para leer cuatro líneas de un relato por entregas sobre la vida del llamado asesino de las Geox y un tal comisario Bélmez.
La tradición de la novela por entregas es antigua y fue, durante décadas, la manera de acercar las historias a los lectores que esperaban, a diario o cada semana, el nuevo capítulo que les permitía acompañar a los protagonistas de la historia, seguir escudriñando su vida.
En algunas emisoras, las radionovelas tuvieron un éxito espectacular durante la época previa a la trelevisión y, desde entonces, las telenovelas o culebrones logran unos índices de popularidad extraordinarios, con todo lo bueno y lo malo que eso tiene.
Hacia 1999 me di cuenta de que uno podía estar al día de cualquier culebrón sin sentarse ni un solo minuto frente al televisor. Bastaba leer las tres líneas de sinopsis que cualquier periódico reproduce en las páginas con la programación del día. En aquella época me movía bastante por la redacción del periódico El Punt en Mataró, y llegué a proponerle a Manel Cuyás la publicación de un inexistente culebrón televisivo que únicamente podría seguirse a mediante la lectura de las sinopsis diarias en el periódico. La idea no llegó a buen puerto debido a problemas de espacio en la sección, y acabó enterrada en algún cajón que, a menudo, es donde mejor están las ideas.
En cualquier caso, hace unos meses descubrí estas perlas del programa de Basté, y me alegré de que alguien hubiera tenido la idea de dar un espacio a microrelatos que, como los átomos al unirse, acaban formando una gran molécula, una narración con personajes que evolucionan en un mundo mitad real y mitad imaginario. Frente a la imparable avalancha de información y a la prisa que el mundo parece tener, se agradecen los remansos, aunque sólo sean novelas en gotas, cuatro líneas bien entonadas acompañadas de una pieza musical que tiene la virtud de dejar que los personajes cobren vida en la mente de cada uno.