He emprendido y ejecutado un viaje de cuarenta y dos días alrededor de mi habitación. Las interesantes observaciones que he hecho, y el placer continuo que he experimentado a lo largo del camino, me impulsaban a hacerlo público; la certeza de ser útil me ha decidido a ello.

Andaba a la busca de material para reflexionar sobre los viajes en la era de los viajes -o sea, sobre cómo evitar que un crucero al paraíso se convierta en una expedición al infierno- y me encontré con este Viaje alrededor de mi habitación del noble saboyano Xavier de Maistre.
Arrestado durante 42 días por haberse batido en duelo en Turín, su condición aristocrática le permitió cumplir el arresto en su alcoba. El Viaje… es, sencillamente, el diario de la introspección durante el confinamiento, un ejercicio de gimnasia intelectual y de creatividad con gran poder de alivio.
No es ninguna obra maestra de la literatura con frases ostentosas, profundas o de belleza sublime. En cambio, si que muestra una herramienta terapéutica notable frente al aburrimiento, frente a la rutina o frente a situaciones molestas: un viaje por los rincones del recuerdo, los más sombríos, los que tienen más polvo, los que están al borde del olvido o los que ya son no-recuerdo.
Mi corazón experimenta una satisfacción inefable cuando pienso en el número infinito de malhadados a los que ofrezco un recurso asegurado contra el aburrimiento y un alivio a los males que soportan. El placer que uno siente viajando por su habitación está libre de la envidia inquieta de los hombres; es independiente de la fortuna.
Enlaces de interés:
Viaje alrededor de mi habitación – pdf 1er capítulo
Entonces, querido Lucilio, procura hacer lo que me escribes: aprovecha todas las horas; dependerás menos del mañana, si te lanzas al presente. Mientras aplazamos algo, la vida se va. Todo, Lucilio, nos es ajeno; sólo el tiempo es nuestro.

En los últimos años, la librería Cultura de la suntuosa avenida Paulista de São Paulo ha pasado de refugio de horas muertas en la megápolis a una cita casi obligada cada vez que viajo a esta ciudad. En la librería Cultura he conocido y he profundizado en las obras de Rubem Fonseca, Patrícia Melo, Machado de Assís, Jorge Amado, Jose Saramago en su lengua original, además de procurarme algunas buenas traducciones de Auster o de Philip Roth publicadas sobre todo en la Compañía das Letras. !Cuántos instantes rescatados del saco del olvido, del saco del tedio!
Esta librería ocupaba varios locales en las galerías del llamado Conjunto Nacional. Era posible encontrar cualquier libro publicado en el país aunque, para ello, tenías que recorrer metros y metros de estanterías en estrechos pasillos. Demasiados libros, muchos clientes y ojeadores, y poco espacio.
El lunes al mediodía tuve una grata sorpresa al entrar en la nueva Cultura. Si antes de la reforma ya era una librería emblemática, ahora es una referencia obligada, como la Sophos de Guatemala, El Ateneo de Buenos Aires o, en dimensiones mucho más reducidas, la 22 de Girona, Robafaves de Mataró o La Central de Barcelona.
Quizás lo más impresionante es el espacio y la disposición de las estanterías. Diría que uno entra en la Cultura como quien se pasea por un bello jardín cualquier tarde de primavera, viendo los colores y las formas de las flores, oliendo la sucesión de fragancias y sentándose en un banco siendo dueño del tiempo, como recomendaba Séneca en la primera carta a Lucilio.
A la una del mediodía hay quien aprovecha un rato de la hora del almuerzo para sentarse en cualquier rincón de la nueva librería Cultura para leer tres páginas del primer libro que se le antoja. ¡Qué delicia!
Sólo puedo decir que sin saber que los había buscado me encontré delante de aquellos seis personajes, tan vivos como para tocarlos, como para oírlos respirar, que ahora se pueden ver en escena.

El 4 de mayo se celebra el día de la risa. Pocas semanas antes recibo una invitación insólita por parte de Ramon Mora, en nombre de la Organización Mundial de la Risa: participar en el I Simposio Internacional de las Ciencias de la Risa para explicar el posible papel de la oxitocina.
Justo mientras estoy pensando cómo introduciré en el hilo narrativo algunos aspectos como la confianza, las relaciones interpersonales y la creatividad, me sorprende la imagen de Xavier Salvadó publicada en el periódico La Vanguardia el pasado 1 de mayo.
Quizás fue este impulso que describe Luigi Pirandello en su exquisito Prefacio para Seis personajes en busca de autor: enseguida tuve la sensación de que detrás de la imagen había la historia de una persona. Sólo era cuestión de tirar un poco del hilo.
La plaza Lesseps de Barcelona está en obras desde siempre pero, según parece, hace poco que el ayuntamiento ha colocado algunos carteles indicativos nuevos. El autor de la imagen publicada se fija en uno de ellos. Informa que se trata de la Plaça de Lesseps, señala la cercana Av. del Príncipe de Austurias y la también vecina policlínica Barcelona. Lo curioso del cartel es que también indica -en la misma dirección- Port Saïd. No Port, que significa “puerto” en catalán, sinó Port Saïd, la ciudad pesquera egipcia.
Después de reírnos un rato con mi hija María, lo primero que me vino a la cabeza es la novela La casa bajo la arena de Joaquim Carbó que leí hace casi cuatrenta años, con su heroe, Pere Vidal / Peter Whitel embarcando en busca de aventuras africanas hacia un remoto puerto de Egipto. Quizás fue entonces cuando vi por primera vez ese nombre y, automáticamente, entró a formar parte de los lugares míticos que todos tenemos en la infancia.
A continuación, de nuevo en el presente, trato de imaginarme el eslabón defectuoso de la cadena que va desde la decisión municipal de poner una placa informativa en un lugar de la ciudad, hasta la colocación física de dicha placa. Alguien no leyó o alguien escribió mal. Quizás, alguna orden se mezcló… suponiendo que la empresa que fabrique las placas sirva simultáneamente a la ciudad de Barcelona y a Egipto.
Claro que, si la placa estuviera en Egipto, ni tendría esta grafía, ni Port Saïd se llamaría así. Diría بورسعيد (Būr Saʻīd). O sea, que no puede tratarse de la misma empresa, a pesar de la globalización.
Me sigue interesando la persona que hay detrás de todo ello. ¿Un funcionario municipal anónimo, una de aquellas personas invisibles en la vida cotidiana, con ganas de figurar? Quizás un funcionario aparentemente gris, pero trendamente guasón, de aquellos que piensan: “A ver cuánto tardan en darse cuenta”. No se si queda humor para el humor.
Echo mano de Google. Puerto Saíd se encuentra en Egipto, a la salida del Canal de Suez. ¡Bien! Esta nueva pieza de información da mucho más juego. Una neurona despierta a otra: Canal de Suez se asocia al ingeniero Fernidand de Lesseps, precisamente el anfitrión de la plaza del mismo nombre, donde está ubicada la señal que motivó la foto del lector. Entonces, indicar hacia dónde queda Port Saïd, se puede tratar de un homenaje a esa obra de ingeniería, del mismo modo que la estatua de Colón señala América.
Dudoso, de nuevo. Un homenaje no figuraría en una placa informativa de fondo blanco y letras azules. Los homenajes se hacen mediante monolitos o esculturas encargadas a algún artista plástico que sea visto con buenos ojos por el consistorio del momento. ¿Estarán todos ocupados haciendo esculturas para las múltiples rotondas que hay en el país?
Hasta aquí llegué esta madrugada, antes de la conferencia; el tiempo me obligó a detener mi investigación. Sin embargo, el personaje sigue escondido en algún lugar de la ciudad, esperando a su narrador. Quizás algún día lo encuentren Quim Monzó, Sergi Pàmies o Màrius Serra y nos deleitarán con su buena literatura.
Enlaces de interés:
Organización Mundial de la Risa
Port Said (wikipedia)
Joaquim Carbó – La casa bajo la arena