Julio 2007


Buscando otra cosa, encuentro un artículo que Patricia Gosálvez publicó en El país el 3 de febrero de este año; hacía referencia a Jöel Henry. Publicó una guía Lonely Planet sobre turismo experimental.

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El turismo experimental consiste en propuestas como “buscar la primera y la última calle del callejero de la ciudad que se visita, trzar una línea e ir siguiéndola”.

Recuerdo que unos años atrás, leí una entrevista al escritor, periodista y, sobre todo, buen caminante Josep Maria Espinàs; en ella explicaba que pretendía escribir una crónica sobre un viaje a pie por unos grandes almacenes -siguiendo la línea de otros entrañables viajes a pie por varias comarcas de Cataluña.

El turismo es un sector que requiere imaginación. Cuando estuve en un congreso en Río de Janeiro en 2004, coincidió con una revuelta en la favela Rocinha, que paralizó media ciudad. En aquél momento le comenté a Thaïs: “Alguien tendría que organizar tours por las favelas; seguro que tendrían éxito y podrían suponer una salida económica para algunas de las personas que viven allí”… Cuando regresamos allí en marzo de 2006, vi el anuncio de una empresa que ya había puesto en marcha este tipo de visitas.

Estos días he acompañado a Thaïs, a Beatriz y a Ricardo por algunos puntos turísticos de Barcelona. Tras haber releído la iniciativa sobre turismo experimental de Joël Henry, pensé en algunas alternativas para turistear en la ciudad donde uno vive. Por ejemplo, hacer una colección de retratos de los guías y cómo se hacen seguir por sus turistas cual pastorcillo. O Anotar las explicaciones ocasionales que dan los vigilantes de sala de los museos, sobre alguna de las obras expuestas en su sala.

Sin embargo, por este año creo que me quedo con una propuesta para establecer un ranking de precios del botellín de agua. Por ahora, se lleva la palma un bar que está en el interior del gaudiniano Parc Güell de Barcelona: 1,80 euros por 330 ml de agua sin gas comparado en la barra. ¿Alguien lo supera?

Enlaces de interés:
Turismo experimental – wikipedia
Joël Henry

Al comienzo de la excelente narración La bicicleta de Sumji de Amos Oz, hay el siguiente párrafo:
En el barrio de Jerusalén conocido por el nombre de Shaare Jesed vivió en un tiempo un cajero que, en el transcurso de un solo mes, cambió de hogar, de mujer y de aspecto, cambió de nombre propio, de apellido (…) Un buen día cambió incluso de trabajo, se convirtió en batería en un club nocturno y dejó su empleo en el banco.


Virtual Life

Sumji es un niño de once años que está enamorado de Esti, una compañera de clase que no le dirige la palabra. Un buen día a Sumji le regalan un verdadero “tesoro” que no tiene ni su amigo, hijo de una de las familias más ricas del barrio: una bicicleta. En esta historia iniciática, Sumji aprenderá que, muchas veces, es necesario perderlo todo para darse cuenta de lo que uno realmente desea.

Esta es una historia sobre el cambio y, por tanto, sobre cómo aprender a valorar lo efímero. “Todo cambia”, empieza. Sin embargo, resulta difícil aceptar el cambio, sobre todo cuando nos encontramos más o menos confortables o más o menos seguros en una situación determinada.

El párrafo que he reproducido más arriba me ha hecho pensar que, en esta época de vacaciones de verano en el hemisferio Norte, muchos pretenden hacer un poco como el banquero Shaare Jesed. Sin embargo, el “cambio” que se pretende en vacaciones, es un cambio controlado -o, por lo menos, eso creemos-: nos apeamos de las carreras, olvidamos el uniforme, modificamos una rutina por otra… sin embargo, ya compramos de antemano el billete de regreso al mundo, y eso es lo que nos confiere esa sencación de tener las riendas en la mano.

¿Se atreve a probar un cambio no planificado?

Enlaces de interés:
Amos Oz

Martín nos manda unas cuantas fotografías que atestiguan una insólita y celebrada nevada en La Plata. La última vez que se documentó este fenómeno fue hace 89 años, en 1918. En el otro hemisferio, tal como aseguraban los libros escolares y enciclopedias cuando estudiaba geografía, pleno verano.

Flor de bananeira

La sandía es una imagen que conservo de la época en la que no se hacía tanto uso de las cámaras frigoríficas y el desarrollo del transporte no permitía tanta uniformización de alimentos, modas, lecturas y costumbres.

La sandía -como el melón, el coco u otras frutas- tiene la particularidad de que no sabes cómo saldrá hasta que no la abres y percibes el olor, el color y, naturalmente, el sabor. Esta mañana escuchaba una entrevista con un agricultor especializado en sandías; explicaba que, mientras se encuentra en la planta y con cierta experiencia, es posible “acertar” cuándo una sandía es dulce y está en su punto de maduración. Hay algunos elementos, como la propia planta o el estado de algunas hojas que crecen cerca del fruto, que permiten aventurar un diagnóstico. Sin embargo, aseguraba que si le ponían frente a un montón de sandías en un puesto de mercado, era incapaz de adivinar cuáles podían ser las mejores.

Ni dando las habituales palmaditas que dan los compradores “expertos”, que no sirven de nada, aclaró para la audiencia.

Y bueno, sabemos que si una sandía no nos sale tan sabrosa como imaginábamos, otro día tendremos más suerte.

Es la incertidumbre de la sandía. Quizás si aceptáramos esa misma incertidumbre para muchos aspectos de la vida diaria que son ciertamente inciertos, llevaríamos mejor las cosas.

Y viviríamos con más intensidad cada momento. Como le dijo Mariano a Martín: Aprovechad esta nevada, porque para la próxima, en 2096, ya seréis un poco ancianos para disfrutarla.

Enlaces de interés:
Nieve en La Plata
Wikipedia: sandía – con nombres locales en varios países

Eudald Carbonell, uno de los investigadores de los yacimientos de Atapuerca, publicó hace unos años un libro titulado Aún no somos humanos. Su hipótesis era que al Homo sapiens todavía le queda un camino para recorrer hasta alcanzar la humanización completa.

espejo de la sociedad

Según Carbonell, a pesar de la revolución de la técnica, la especie humana no llegará a estar humanizada hasta el momento en que un pensamiento social crítico permita una vida mejor para todos y la solidaridad sea una marca de nuestra especie.

Recordé este libro el domingo pasado leyendo una noticia en el periódico La Vanguardia y una entrevista en el Magazine del mismo periódico. Antonio Cerrillo tituló su noticia “Tratamiento de deshumanización”, y explica el estudio que se está haciendo sobre cómo se logra deshumanizar a los chimpacés que han sido criados en circos y otros espectáculos. La investigación, realizada por un equipo de la Universitat Rovira i Virgili de Tarragona, analiza el proceso por el que estos primates abandonan el hábito de bailar sevillanas o de fumar.

Las conductas humanas están tan impregnadas en estos animales que no las olvidan nunca“, comenta una de las investigadoras.

La entrevista a Syney Possuelo en el Magazine se titula “Si se mide por la capacidad de sonreír, los indígenas son más felices que nosotros”. Fue director de la Fundação Nacional do Índio (FUNAI) en Brasil, y explica su experiencia tratando de preservar los espacios de los indígenas del Amazonas de la invasión de esa técnica a la que se refiere Carbonell: la del coche, la del teléfono móvil y la de esa guerra mundial medio escondida que estamos viviendo y con la que comenzó el siglo XXI.

Los contrastes siguen siendo una buena manera de percibir algo, de hacernos saltar el relé neuronal para que nos pongamos a pensar. Sólo hace falta, entonces, afilar el espíritu crítico, que es el motor para intentar mejorar las cosas.

Enlaces de interés:
Entrevista a Eudald Carbonell
Entrevista a Sydney Possuelo
Funai