Mayo 2007


En Panamá conocí a una persona a quién no se le puede hacer aquella pregunta tópica: “¿Y tú qué estás leyendo?” (para sustituir el comentario todavía más manido sobre algún aspecto de la climatología).

Piel de cocodrilo

Y no es precisamente que esta persona no lea; todo lo contrario: tiene la capacidad para tragarse una novela de un tirón en un par de horas y, además de enterarse del argumento, hace atinadísimos comentarios críticos sobre los personajes o la técnica narrativa. Me comentaba: “A veces, me sabe mal ser tan rápida porque me pierdo el placer de saborear la lectura“.

Recuerdo esta frase al poner cierto orden electrónico a las fotografías que tomé en Panamá y encontrarme con la que he colocado más arriba. El viernes teníamos programada la visita a dos hospitales de Coclé, a un par de horas de la capital. Cuando terminamos, nos detuvimos a comer chicharrones y maíz en la fonda La Fula, en la misma carretera de Aguadulce, con la idea de no entretenernos demasiado y llegar a la ciudad antes de la tranca del tráfico de las cinco de la tarde.

Aguadulce tiene caña de azúcar y tiene salinas. Y playas en el lado del Pacífico y algún puerto recreativo, me explicaron. Pregunté si había manglares, y esa pregunta acabó dando al día el giro inesperado que toman las cosas cuando no te emperras en asir las riendas de la vida con demasiada fuerza por temor a lo incógnito.

El chófer que conducía la furgoneta en la que íbamos tiene un cuñado que vive en Antón, junto a la laguna, y nos propuso acercarnos hasta allí. Una de sus ocupaciones es cazar cocodrilos con un anzuelo para comérselos y, como prueba de ello, nos mostró cuatro o cinco pieles que tenía amontonadas junto al garaje de latón y tablas de madera. Terminamos la tarde bebiendo agua de pipa (coco verde) que nos alcanzó del árbol y viendo pasar el tiempo conversando en unas hamacas que tenía colgadas en el porche de su casa, mientras en la ciudad de Panamá caía un aguacero… tropical y unos cuantos se desesperaban al volante de sus automóviles.

Como dice Michel Lacroix en su ensayo El culto de la emoción, a menudo el ansia por vivir emociones “fuertes” y “constantes”, reduce la capacidad para admirar el entorno y saborearlo. Ya lo comentamos otras veces: vale la pena buscar la esponjosidad del tiempo, el efecto levadura.

Enlaces de interés:
Penonomé – un cacique torturado por culpa del oro
Aguadulce
Michel Lacroix – Le culte de l’émotion

Casualidades. La IV Feria del Libro de Panamá coincide con una visita que tengo que hacer a la Universidad de este país y Priscilla Delgado, presidenta de la Cámara Panameña del Libro, me invitó a presentar Optimizar la Vida en este espacio.

Avenida Central

El sábado por la mañana, Víctor Serrano decide mostrarme que Panamá es bastante más que el tópico canal -y se lo agradezco mucho, porque eso me permitió descubrir la belleza del casco antiguo de la ciudad-. Al parecer, después de que el pirata Morgan saquease Panamá Viejo a mediados del siglo XVII, los supervivientes construyeron una zona fortificada al otro lado de la bahía, que llegó a su máximo esplendor a comienzos del siglo XX.

Posteriormente, el casco antiguo cedió protagonismo a los rascacielos donde se cuecen los negocios modernos y se convirtió en arrabal hasta que alguien decidió invertir en la restauración de los frágiles edificios que parecen desmoronarse como la ceniza. Como en tantas capitales, el turismo y el ocio nocturno (ambos con sus dólares) empujan a los inversores para recuperar los edificios más emblemáticos y aprovechar la planta baja para poner restaurantes, bares y tiendas.

Al casco antiguo se llega por la Avenida Central. Es una calle peatonal con grandes comercios a lado y lado que proveen todo tipo de productos a quienes todavía se resisten a ir a los malls. Si uno no va a comprar, puede dedicarse a levantar la mirada por encima de los enormes carteles publicitarios que revisten la parte inferior de los edificios, hasta el primero o el segundo piso. Tras la crosta de planchas de zinc pintarrajeadas, tablas de madera, carteles de neón tuertos (y torcidos) y lonas más o menos raídas, se esconden interesantes edificios, neoclásicos, modernistas y art-déco.

Curioso. Cruza la Avenida Central una callejuela muy estrecha conocida como la “Sal-si-puedes”. Se trata de un angosto y sombrío pasillo en el que pequeños tenderetes de-todo-un-poco se sopreponen literalmente unos a los otros. “Ahí encuentras cualquier cosa”, me comenta Víctor.

Cronometrado. Camino a paso lento pero constante, conversando con Víctor. De pronto, me pregunta por la obra literaria de Lucía Etxebarría, escritora invitada a la feria. Le suelto algunos títulos hasta que me quedo encallado en “los cuerpos celestes”. Dudo entre Laura, Andrea y Eva; sin embargo, ninguno de esos nombres me cuadra. Sal de esa, si puedes. Y detengo el paso como si andar me impidiera recordar.

¡En buena hora! Beatriz y los cuerpos celestes me sale en el mismo momento que veo cómo se desploma en caída libre un gran cartel de cristal que estaba colgado debajo de una enorme pantera rosa; se hace añicos menos de diez metros más allá de la línea sobre la que caminábamos. Los cuerpos celestes cayeron sobre la acera y en ese momento tengo la sensación de que Lucía Etxebarría me salvó -como mínimo- de un buen porrazo y unos cuantos cortes.

Cuántas veces el ser humano se obsesiona por la seguridad y se angustia con la incertidumbre, sin ser consciente de que el futuro inmediato es tan ingobernable como un huracán o un río de lava. No hay horóscopo que valga.

En su poema Luz (de la antología “Actos de Amor y de Placer”), Lucía escribió:

Quién sabe si fue azar o fue destino
(dos palabras opuestas pero iguales)
quién conjuró el minuto
quién conjuró el momento
en que un rayo de luz llegado de vete a saber dónde
(muchos dirían que de mi delirio)
(…)

Enlaces de interés:
Ciudad de Panamá
Lucía Etxebarría

Uno de los ritmos silábicos que ha atraído la atención de poetas y lectores desde antaño es el 5-7-5 japonés llamado haiku. Mario Benedetti publicó una excelente serie. Uno de ellos dice:

las hojas secas
son como el testamento
de los castaños

Ruta del colesterol

Recuerdo el libro de Benedetti (Rincón de haikus, Madrid: Visor, 1999; México: Alfaguara, 1999) por asociación de ideas mientras Luis Brizuela hace las veces de cicerone en A Coruña, antes de participar en el VI Paseo de la Salud organizado por el Colegio Oficial de Farmacéuticos de esa provincia. Luis me lleva por el renovado paseo marítimo, desde mi hotel, cerca de los jadines de Méndez Núñez hasta más allá de la playa de Riazor.

A las cinco de la tarde de un viernes de primavera, con el cielo ceniciento y el mar tranquilo, esperando una lluvia que parece inevitable, numerosas personas corren, caminan de prissa, hacen footing o simplemente pasean. “Le llaman la ruta del colesterol”, me comenta Luis.

Cerca de la meta del concurrido camino de Santiago, en un cruce de culturas celtas e íberas, faro potente de una vía marítima difícil, pero frecuentada, balcón último de esa “terra ignota” que antaño debieron ser los océanos -igual como lo es la vida para cualquiera, a partir de este instante.

Como diría Benedetti:

en la lontananza
se ven lenguas de fuego /
aquí hay rocío

Enlaces de interés:
Mario Benedetti – Haikús

Hace más de diez años, Jordi Nadal me descubrió la contundencia de las palabras de Elias Canetti. En su imprescindible La provincia del hombre escribió: Uno no sabe nada desde hace un momento; lo que uno cree saber desde hace un momento, ya hace tiempo que lo sabe. Sólo cuenta el conocimiento que ha reposado secretamente dentro de uno.

Juréia-06 (249)

Recuerdo estas palabras al leer uno de los artículos que aparecieron en un reciente número del semanario Newsweek titulado “El ejercicio es un estado de la mente” con una sugerente pregunta en el subtítulo: “El sudor, ¿es el nuevo antidepresivo?”

Su autor, el médico de la Harvard Medical School M Craig Miller resume los resultados de varios estudios recientes que apuntan los efectos que parece tener el ejercicio sobre la inducción del crecimiento neuronal, incluso en adultos y personas mayores en quienes estos procesos se van reduciendo de modo gradual en personas sedentarias.

Algunos de estos estudios sugieren que realizar ejercicio moderado (por ejemplo, andar de prisa durante media hora al día) puede tener efectos beneficiosos en estados depresivos; en algunos pacientes, el efecto es parecido al logrado con el tratamiento con antidepresivos o psicoterapia… siempre que la persona esté motivada para realizar ejercicio, algo que parece que tiene un importante componente genético.

En cualquier caso, el ejercicio aporta más oxígeno al cerebro y al estimular el desarrollo neuronal, podría ser útil para retrasar la evolución de la demencia en pacientes con enfermedad de Alzheimer y, quizás también para mejorar los procesos intelectuales. Al comparar los resultados obtenidos por estudiantes en exámenes de matemáticas con la forma física, algunos estudios han encontrado una correlación entre ambos factores.

Quizás la idea de complementar el estudio con el deporte, no esté tan desencaminada. Y, de manera similar a la frase de Canetti -y como sucede con tantas cosas- esto que ahora la ciencia demuestra con complejas técnicas radiológicas y bioquímicas, en realidad ya lo habían intuido los griegos cuando inventaron los juegos olímpicos.

El ejercicio físico (y para ello no hacen falta carísimos aparatos ni costosos gimnasios) se perfila como otro de esos placebos de la vida, que además produce bienestar.

Enlaces de interés:
Elías Canetti – Nota en El País
Newswekk (9-04-2007) – Exercise and the brain