Cuando la oferta de emociones era infinitamente más limitada, íbamos al circo. En Barcelona, se aprovechaba la tarde del día de san Esteban, después del segundo ágape familiar consecutivo, aunque las distintas compañías se quedaban varias semanas en la ciudad.
La última vez que entré en un circo fue hace seis años. Con Jordi Nadal y nuestros respectivos hijos, asistimos a la sesión matinal del circo Raluy, que tradicionalmente planta sus carpas y sus bellos carromatos en el Port Vell de Barcelona, frente al acuario (con la pasarela sumergida en la piscina de los supuestamente voraces tiburones) y el cine IMAX (con vértigos visuales envolventes y en tres dimensiones). O sea, emociones en mayúscula, para saciar el hambre que parece tener la sociedad veloz y epidérmica del XXI, la que rinde culto a lo desechable.
El circo y su entorno -a menudo con la pátina romántica que damos a estos mundillos medio bohemios, medio desconocidos, que poco tiene que ver con la realidad- ha sido trama de películas, escenario de novelas y tema de famosas pinturas. El museo Picasso de Barcelona exhibe un recorrido por algunas de las conocidas referencias circenses de Picasso hasta el próximo mes de febrero.
En mi montón (ya preocupantemente alto) de pendientes tengo Mr Vertigo de Paul Auster, una historia de un niño huérfano a quién el maestro Yehudi le enseña a levitar y comienzan a pasearse por circos de los Estados Unidos. Una frase atrapada al vuelo:
En el fondo, no creo que haga falta ningún talento especial para que una persona se eleve del suelo y permanezca suspendida en el aire. Todos lo llevamos dentro -hombres, mujeres y niños-, y con suficiente esfuerzo y concentración, todo ser humano es capaz de duplicar las hazañas que yo realicé cuando era Walter el Niño Prodigio. Tienes que aprender a dejar de ser tú mismo. Ahí es donde empieza, y todo lo demás viene de ahí. Debes dejarte evaporar. Dejar que tus músculos se relajen, respirar hasta que sientes que tu alma sale de ti, y luego cerrar los ojos. Así es como se hace.
La cuestión de fondo es, como tantas veces, saber dónde se sitúa la frontera (y quién la pone). Qué es circo y qué no lo es. Como aquél doctor Simão Bacamarte salido de la excelente pluma de Machado de Assís que, en El alienista decide fundar una casa de locos, donde empieza a encerrar a gente cuerda.
El malabarista bailarín, número circense-musical en el barri Gòtic de Barcelona.
Fin de año (por lo menos en Occidente); invierno frío en el Norte y verano tórrido en el Sur. En estas fechas, el cambio -la dinámica de la vida- se vuelve oficial y todo el mundo lo acepta. Se celebra.
Normalmente, el cambio nos produce temor (y, sino, que se lo pregunten a Pilar Jericó, autora de Nomiedo).
Recuerdo la polémica ciudadana cuando se estaba construyendo el emblemático edificio del Grupo AGBAR (Aguas de Barcelona). Los nostálgicos argumentaban que el paisaje urbano no volvería a ser el mismo, que “el pirulí” se vería al final de algunas calles del Eixample y rompería el encanto modernista. Algunos se referían con horror a la forma fálica o bélica del edificio de Jean Nouvel. Pasados unos meses desde su inauguración, dentro de pocos días este será el decorado de la retransmisión televisiva para dar la bienvenida al año 2007.
Perder el pasado, también produce intranquilidad. Ayer hojeaba en una librería La Barcelona desapareguda (La Barcelona desaparecida, Angle Editorial) de Josep M. Huertas Clavería, uno de los numerosos títulos de libros de regalo que tienen el objetivo de conservar la memoria visual de lo que fue la ciudad. En este mismo sentido, los amantes de la ciudad no deberían perderse las entrañables crónicas de Ignacio Vidal-Folch tituladas genéricamente Barcelona – Museo secreto, ni el clásico Barcelona secreta de Josep Maria Carandell.
En realidad, la conducta colectiva de incertidumbre ante el futuro y miedo a perder el pasado, no es más que un reflejo del respeto que tenemos individualmente frente al cambio. Quizás tendríamos que tomarnos la vida como esa noche de san Silvestre: vivir intensamente -y en perfecto presente- el hecho de dejar atrás los últimos doce meses y recibir con ilusión los próximos doce. En el fondo, la existencia sería algo menos angustiante si todos surcáramos las aguas de la vida como lo que esa vida es por definición: cambio incesante, dinámica pura; y es que, no-cambio significa muerte.
Antes de que prosiga, señor Algor, tengo el deber de informarlo de que el Centro ha decidido dejar de adquirir los productos de su empresa (…) En el almacén tenemos, ya sin posibilidad de colocarlos, ni siquiera a precio de saldo, una gran cantidad de artículos de su taller de cerámica, artículos de todo tipo que ocupan un espacio que necesito, de modo que me veo obligado a decirle que tendrá que retirarlo todo en un plazo máximo de dos semanas (…)
Es así como el entrañable alfarero Cipriano Algor de La Caverna de José Saramago experimenta la dinámica del mercado, esa máquina con fría alma de hierro.
Esta tarde, mientras tomaba un café en un amplio (y concurridísimo) centro comercial y esperaba que Maria y Martí compraran algún detalle para su “amigo invisible”, recordaba esta novela y las palabras que escuché a su autor cuando visitó el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona para presentarla.
Luz, climatización, oferta amplia y seguridad: el lugar ideal para pasar todo el domingo, toda la familia; así lo explicó José Saramago. Tres días después, aquél 2001, Edgar Narváez me acompañó a Metrocentro en el corazón de Managua, una moderna construcción, enorme y sólida, entre las frágiles casas y las chabolas que se alzaron sobre los escombros que dejó tras de sí el terremoto de 1972. Edgar me explicó: “Los domingos está lleno de gente que viene acá con su familia; es seguro, fijáte que hay guardas con carabinas en cada piso. Y hay tiendas para mirar, se puede almorzar, y echan buenas películas”.
Thaïs me explica que, en Brasil, los adolescentes se citan viernes y sábados en los centros comerciales: “Los padres se quedan tranquilos porque sus hijos están en un lugar cerrado y con vigilancia”. A las once de la noche, cuando cierran los cines después de la última sesión, se forma una verdadera procesión de coches que van a recogerlos.
La última maravilla relacionada con los centros comerciales, la vi hace pocas semanas en Maracaibo. Naturalmente, la ciudad estaba comercialmente preparada para la Navidad; también su mayor centro comercial. Allí fuimos para comer patacones un domingo por la tarde, y José nos explicó que uno de los mayores atractivos de aquél lugar es una enorme pista de patinaje sobre hielo. Efectivamente, la pista es un amplio rectángulo que ocupa la parte central del edificio, y que es visible desde las distintas plantas. En realidad, lo más soprendente de la historia es que Maracaibo es uno de los lugares más cálidos del país (con una temperatura promedio de 34 grados, y una sensación térmica mucho más elevada a causa de la notable humedad ambiental).
Pero bueno, así es la veleta del deseo humano: cuando hace calor buscamos el frío; cuando no podemos comer dulce, se nos antoja; y colocar un cartel que diga “no toque eso”, es la mejor garantía para que lo manoseemos.
Cuando angustiado y lloroso
apagues los rótulos de los anuncios luminosos,
enamórate, entonces, bajo el cielo de las tabernas
de las rosellas solitarias de pétalos rojos,
pintadas por manos diestras en las teteras.
Estos versos sobre la simplicidad (escritos 80 años antes de las modernas corrientes del back to basics y del elogio de la lentitud) me vienen a la memoria cuando leo un nuevo documento sobre la riqueza en el mundo.
Se trata del estudio The world distribution of household wealth, elaborado por el World Institute for Development Economics Research de la United Nations University y hecho público el pasado 5 de diciembre.
Merece la pena echar un vistazo como mínimo a la detallada nota de prensa, para enterarse, por ejemplo, que poseer un acitvo de 61.000 dólares le coloca a uno entre el 10% de la población más rica del mundo (o sea, que el 90% de los habitantes de la tierra tienen menos de 60.999 dólares).
“El 2% de humanos más poderosos poseen el 50% de la riqueza mundial”, dice el titular de la nota. Para entendernos: el 98% del mundo sólo puede disponer de la mitad de la riqueza que queda. Es como si un gigante hubiera partido el planeta en dos como una naranja, y 5.940 millones nos tuviéramos que apretujar en una mitad y los 60 millones restantes vivieran holgadamente con los recursos de la otra mitad.
Estos datos tendrían que ruborizar y revolucionar (o re-evolucionar, como se prefiera). Claro que, seguramente, sólo producirán indiferencia.
El sábado, tomaba un café con el periodista Josep Morell y hablábamos de los programas de televisión. Josep argumentaba sobre la evolución de los intereses del público; “hace treinta años”, comentaba, “la gente miraba concursos donde ganaban participantes que tenían conocimientos o participantes que se esforzaban para lograr llegar a la final y, hoy, la audiencia es para los programas donde un grupo de personas anodinas muestran su vida anodina”.
Recordé de nuevo aquello del panem et circenses de Juvenal aplicado al siglo XXI: alimentos y diversión fácil para no pensar en revoluciones. Teatro y palomitas, como ese Che-estatua de La Rambla de Barcelona que no lograba atraer ni un alma el domingo por la mañana.
Utilice sus ojos como si mañana se tuviera que quedar ciego. Escuche la música de la voz, el canto de un pájaro y la grandeza de los sonidos de una orquesta como si mañana se tuviera que quedar sordo. Toque cada objeto como si fuera a perder el tacto. Huela el perfume de las flores y saboree con deleite cada bocado, como si no pudiera volver a oler ni a degustar nunca más. Aproveche al máximo cada uno de sus sentidos; disfrute de todos los aspectos del placer y la belleza que le revela el mundo (Helen Keller)
Helen Keller se quedó ciega y sorda antes de cumplir dos años. Dedicó más de 86 años de su vida a luchar contra la discriminación de las personas con discapacidades sensoriales, y viajó por todo el mundo para transmitir su mensaje. Se ha convertido en un símbolo del coraje y de la visión positiva de la vida, hasta el punto que muchas de sus afirmaciones sobre el bienestar, lo que se llama felicidad y la percepción del mundo y de la sociedad, tienen una vigencia sorprendente.
Tengo la suerte de estar traduciendo una colección de sus aforismos para Alienta Editorial, y esta tarde he recordado la frase inicial mientras paseaba sobre la arena humedecida por un Mediterráneo agitado y por la intensa lluvia que ha caído durante horas, en ese primer día de un otoño metereológico que llega con retraso.
Cada día, el sol se pone tras el horizonte, pero no existen dos atardeceres iguales. Ahí radica su atractivo. Las nubes, las partículas que se encuentran en suspensión en la atmosfera, el viento y el punto donde uno se encuentre, confieren esta combinación infinita de matices. Un espectáculo sensorial, que no dura más de media hora. De nosotros depende que lo dejemos escapar.