Optimizar la Vida


Indudablemente aquí hay algunas cosas que no vio, pero las sabe de hombres dignos de ser creidos y citados. Por eso presentaremos las cosas vistas como vistas y las cosas oídas como oídas.

La nevada 2010

Así empieza Marco Polo su Libro de las Maravillas, donde los ojos del viajero -precisamente por encontrarse en un lugar distinto-, hacen ver la rutina y lo cotidiano como excepcional, distinto o curioso.

El reto de verdad es saber ver lo que nos es familiar con una mirada nueva, fresca. El reto de verdad es volver a mirar lo que vemos cada día y descubrir detalles curiosos. A veces, lo excepcional, como esa nevada inesperada en Barcelona a comienzos de marzo, regaló oportunidades a quien, ante la imposibilidad de luchar contra los elementos, acepta el reto y juega con ellos.
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El otro día lloré; me sentía estúpida.
¿Sabes qué?… ¡A la mierda el otro día!
Por algo Dios o quién sea hace días nuevos. Todavía tengo hambre (…)

Posta de sol

La escritora californiana Sapphire publicó Push en 1996; la novela ha recibido numerosos reconocimientos, pero sin duda se ha visto catapultada por la versión cinematográfica titulada Precious dirigida por Lee Daniels.

Para esta madre adolescente de Harlem que convive con un entorno familiar violento, degradante y opresivo, el nuevo día trae consigo la posibilidad de escoger, la posibilidad de salir adelante, la posibilidad de cambiar…

El castillo de arena se derrumbó porque vino una ola inesperada y más fuerte que las demás. Hay la opción de rendirse o de intentarlo de nuevo. Si uno escoge esta última, además, tiene la opción de levantarlo exactamente igual, o bien protegerlo con un muro de piedras o reconstruirlo un poco más lejos del agua. La capacidad de integrar una vivencia dura para avanzar. Si no es así, si no hay reflexión e integración -o sea, aprenadizaje-, el nuevo día será igual que el anterior, igual que el siguiente.

Quienes viajan a la Antártida, lo llaman greenout. Es el shock que padecen los expedicionaros cuando regresan a su casa y empiezan a ver hierba y árboles después de unos días en los que sólo se ve el blanco del suelo y el azul intenso del cielo austral.

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Estos días está aconteciendo algo especial. Un grupo de expedicionarios que embarcó hacia el Polo Sur a finales de diciembre de 2008, está a punto de lograr su meta. Son Jesús, Xavier, Eric y unos cuantos compañeros más que les brindan apoyo logístico.

Volaron desde España a Punta Arenas y, de allí, al continente helado, donde les esperaban 250 km en temperaturas extremas y condiciones climáticas difíciles. Uno de sus objetivos es recoger muestras para diversos proyectos científicos. Pero el principal objetivo es llegar -o intentarlo-, y para ello parten con desventaja: a parte de no contar con ayuda externa, esta es la primera expeición al Polo Sur llevada a cabo por personas con algún tipo de discapacidad.

Xavier perdió una pierna, Eric sólo conserva un 5% de la visión y a Jesús le falta una mano.

Su norte, pues, abarca mucho más que simplemente llegar al Polo Sur. Y quizás una de las cosas que nos demostrarán a todos es que, si los tres constituyen un verdadero equipo, muchas cosas que, a pimer vistazo parecen estar en las brumas lejanas del reino de la utopía, acaban luciendo con el brillo del mundo real.

Lástima que, demasiado a menudo, padecemos una especie de greenout: no recordamos -o no sabemos- que todos somos discapacitados en algo, y que sólo el “equipo” puede ayudarnos a avanzar por el camino del norte -esté donde esté, sea cual sea-. Hace falta el ejemplo de personas como los expedicionarios del Polo Sur Sin Límites para demostrárnoslo.

Enlaces de interés:
Polo Sur Sin Límites
PSSL: el blog (de Montse Gracía)
Núria Escur: No era imposible (La Vanguardia)

En tales circunstancias, su trineo, con altos patines y un estúpido dispositivo para manejar la dirección, resultaba torpe y propenso a engancharse; en cambio, mi viejo y bajo trasto casi habría podido deslizarse por la hierba sin nieve alguna. La tarde había resultado humillante para él; cuando Percy se sentía humillado, se mostraba vengativo.

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Poco después de leer El quinto en discordia del escritor canadiense Robertson Davies, que comienza con este fragmento, tuve la oportunidad de pasar unas cuantas horas en Itamambuca, una de las playas del litoral norte del estado de São Paulo que sirve de sinuosa frontera entre la violencia del océano que rompe su inercia en forma de enormes olas ribeteadas de espuma y la riqueza barroca de la selva que, a menudo, se confunde con el agua salada es espesos manglares.

Itamambuca es una zona de surfistas y, entre paseo y paseo, pude observar en qué consiste este deporte que cuenta con tantos adeptos. En esencia (y con perdón de los entendidos, por la simplificación y posibles inexactitudes), se trata de esperar sobre la tabla hasta que llega una ola buena y, entonces, remar para lograr velocidad, hacer un moviemento rápido para ponerse en pie sin perder el equilibrio e ir navegando sobre la cresta de ola, evitando ser revolcado por el propio rizo impetuoso del agua y, si es posible, intentar cruzar a toda velocidad el tubo, el efímero pasillo que forma el agua al formar la ola.

En una pizzeria del lugar, pasaban un vídeo sobre las big waves de Hawaii, impresionantes paredes de quince o veinte metros de altura.

Sin embargo, lo que me llamó la atención del surf es su paralelismo con la existencia. El surfista entra en el agua aguardando su oportunidad: espera con paciencia; observa el movimiento de las olas, hacia qué lado rompen, su cadencia; cuando llega “la ola”, se prepara, rema con fuerza y, en el momento preciso -ni demasiado pronto ni excesivamente tarde- inicia su maniobra para equilibrarse sobre la tabla e ir surfeando. Ahora bien: por más experto que uno sea, nunca sabe si llegá a completar la ola, si el rizo acabará engulléndole o si la fuerza le desequilibrará. El surf, como la vida, es incertidumbre, sólo que el buen surfista acepta la incertidumbre y juega con su actitud para intentar hacer la ola del día. Quizás aceptando aprendiendo a nadar mejor en el mar de la incertidumbre y soltándonos más del tronco de la supuesta seguridad, viviríamos de otro modo la intensidad, los puñetazos e, incluso, los éxitos efímeros.

Enlaces de interés:
R. Davies – El quinto en discordia
Ubatuba – Brasil
Mata Atlântica – Reserva de la biosfera

Al comienzo de la excelente narración La bicicleta de Sumji de Amos Oz, hay el siguiente párrafo:
En el barrio de Jerusalén conocido por el nombre de Shaare Jesed vivió en un tiempo un cajero que, en el transcurso de un solo mes, cambió de hogar, de mujer y de aspecto, cambió de nombre propio, de apellido (…) Un buen día cambió incluso de trabajo, se convirtió en batería en un club nocturno y dejó su empleo en el banco.


Virtual Life

Sumji es un niño de once años que está enamorado de Esti, una compañera de clase que no le dirige la palabra. Un buen día a Sumji le regalan un verdadero “tesoro” que no tiene ni su amigo, hijo de una de las familias más ricas del barrio: una bicicleta. En esta historia iniciática, Sumji aprenderá que, muchas veces, es necesario perderlo todo para darse cuenta de lo que uno realmente desea.

Esta es una historia sobre el cambio y, por tanto, sobre cómo aprender a valorar lo efímero. “Todo cambia”, empieza. Sin embargo, resulta difícil aceptar el cambio, sobre todo cuando nos encontramos más o menos confortables o más o menos seguros en una situación determinada.

El párrafo que he reproducido más arriba me ha hecho pensar que, en esta época de vacaciones de verano en el hemisferio Norte, muchos pretenden hacer un poco como el banquero Shaare Jesed. Sin embargo, el “cambio” que se pretende en vacaciones, es un cambio controlado -o, por lo menos, eso creemos-: nos apeamos de las carreras, olvidamos el uniforme, modificamos una rutina por otra… sin embargo, ya compramos de antemano el billete de regreso al mundo, y eso es lo que nos confiere esa sencación de tener las riendas en la mano.

¿Se atreve a probar un cambio no planificado?

Enlaces de interés:
Amos Oz

Martín nos manda unas cuantas fotografías que atestiguan una insólita y celebrada nevada en La Plata. La última vez que se documentó este fenómeno fue hace 89 años, en 1918. En el otro hemisferio, tal como aseguraban los libros escolares y enciclopedias cuando estudiaba geografía, pleno verano.

Flor de bananeira

La sandía es una imagen que conservo de la época en la que no se hacía tanto uso de las cámaras frigoríficas y el desarrollo del transporte no permitía tanta uniformización de alimentos, modas, lecturas y costumbres.

La sandía -como el melón, el coco u otras frutas- tiene la particularidad de que no sabes cómo saldrá hasta que no la abres y percibes el olor, el color y, naturalmente, el sabor. Esta mañana escuchaba una entrevista con un agricultor especializado en sandías; explicaba que, mientras se encuentra en la planta y con cierta experiencia, es posible “acertar” cuándo una sandía es dulce y está en su punto de maduración. Hay algunos elementos, como la propia planta o el estado de algunas hojas que crecen cerca del fruto, que permiten aventurar un diagnóstico. Sin embargo, aseguraba que si le ponían frente a un montón de sandías en un puesto de mercado, era incapaz de adivinar cuáles podían ser las mejores.

Ni dando las habituales palmaditas que dan los compradores “expertos”, que no sirven de nada, aclaró para la audiencia.

Y bueno, sabemos que si una sandía no nos sale tan sabrosa como imaginábamos, otro día tendremos más suerte.

Es la incertidumbre de la sandía. Quizás si aceptáramos esa misma incertidumbre para muchos aspectos de la vida diaria que son ciertamente inciertos, llevaríamos mejor las cosas.

Y viviríamos con más intensidad cada momento. Como le dijo Mariano a Martín: Aprovechad esta nevada, porque para la próxima, en 2096, ya seréis un poco ancianos para disfrutarla.

Enlaces de interés:
Nieve en La Plata
Wikipedia: sandía – con nombres locales en varios países

En Panamá conocí a una persona a quién no se le puede hacer aquella pregunta tópica: “¿Y tú qué estás leyendo?” (para sustituir el comentario todavía más manido sobre algún aspecto de la climatología).

Piel de cocodrilo

Y no es precisamente que esta persona no lea; todo lo contrario: tiene la capacidad para tragarse una novela de un tirón en un par de horas y, además de enterarse del argumento, hace atinadísimos comentarios críticos sobre los personajes o la técnica narrativa. Me comentaba: “A veces, me sabe mal ser tan rápida porque me pierdo el placer de saborear la lectura“.

Recuerdo esta frase al poner cierto orden electrónico a las fotografías que tomé en Panamá y encontrarme con la que he colocado más arriba. El viernes teníamos programada la visita a dos hospitales de Coclé, a un par de horas de la capital. Cuando terminamos, nos detuvimos a comer chicharrones y maíz en la fonda La Fula, en la misma carretera de Aguadulce, con la idea de no entretenernos demasiado y llegar a la ciudad antes de la tranca del tráfico de las cinco de la tarde.

Aguadulce tiene caña de azúcar y tiene salinas. Y playas en el lado del Pacífico y algún puerto recreativo, me explicaron. Pregunté si había manglares, y esa pregunta acabó dando al día el giro inesperado que toman las cosas cuando no te emperras en asir las riendas de la vida con demasiada fuerza por temor a lo incógnito.

El chófer que conducía la furgoneta en la que íbamos tiene un cuñado que vive en Antón, junto a la laguna, y nos propuso acercarnos hasta allí. Una de sus ocupaciones es cazar cocodrilos con un anzuelo para comérselos y, como prueba de ello, nos mostró cuatro o cinco pieles que tenía amontonadas junto al garaje de latón y tablas de madera. Terminamos la tarde bebiendo agua de pipa (coco verde) que nos alcanzó del árbol y viendo pasar el tiempo conversando en unas hamacas que tenía colgadas en el porche de su casa, mientras en la ciudad de Panamá caía un aguacero… tropical y unos cuantos se desesperaban al volante de sus automóviles.

Como dice Michel Lacroix en su ensayo El culto de la emoción, a menudo el ansia por vivir emociones “fuertes” y “constantes”, reduce la capacidad para admirar el entorno y saborearlo. Ya lo comentamos otras veces: vale la pena buscar la esponjosidad del tiempo, el efecto levadura.

Enlaces de interés:
Penonomé – un cacique torturado por culpa del oro
Aguadulce
Michel Lacroix – Le culte de l’émotion

En uno de los humanísimos cuentos de Quim Monzó titulado Con el corazón en la mano, una pareja que se compromete en la noche de Fin de Año, y establecen el siguiente diálogo:
“ – Seremos totalmente sinceros uno con el otro. Nunca nos mentiremos, bajo ningún concepto ni con ninguna excusa.
– Una sola mentira seria la muerte de nuestro amor.”

carnivoros

Me acordé de este breve cuento de dos páginas de El porque de las cosas mientras veía la última película de David y Tristán Ulloa Pudor, basada en el libro homónimo del peruano Santiago Rocangliolo. Se trata de poner a la vista de todos la compleja telaraña de sentimientos no manifestados y pensamientos secretos de los distintos miembros de una familia cualquiera, un matrimonio con una hija adolescente y un hijo adoptado que convive con el padre de ella, al que se le murió recientemente su esposa. Una serie de situaciones límite se alimentan de esa incomunicación que es fruto de la voluntad de no querer herir a quienes nos rodean pero cuyo resultado es una madeja cada vez más enredada.

Nuestro cerebro procesa la ingente cantidad de datos que le llegan constantemente del entorno; eso significa que, a las posibles inexactitudes de la percepción, sistemáticamente le añadimos una interpretación modulada por experiencias anteriores, por nuestro deseo sobre cómo quisiéramos que fueran los acontecimientos o la voluntad –consciente o no– de minimizar lo que tememos o lo que nos produce dolor. El resultado de este proceso es nuestra “realidad”, nuestra “verdad”, que no siempre coincide con la de quienes tenemos cerca.

Justo esa semana había leído la deliciosa columna semanal del agudo verbívoro Màrius Serra en La Vanguardia, donde explica un divertido caso de mal uso de la información –en este caso de Internet–, que llevó al traductor de un libro del colectivo catalán “Hermanos Miranda” a colocar en la solapa que el libro original estaba escrito por… la primera entrada que encontró en Google al buscar este nombre: los hermanos hondureños Marcelino y Leonardo Miranda, dirigentes indígenas condenados a penas de cárcel…

Enlaces de interés:
Quim Monzó y sus cuentos
Entrevista a los Ulloa -Pudor
Màrius Serra – La Vanguardia 19-04-2007

En la película La vida de los otros, el capitán Gerd Wiesler, competente oficial de la Stasi, enseña a sus alumnos que, para lograr que el prisionero confiese, “hay que tener paciencia, 40 horas de paciencia”.

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En la inquietante novela de ciencia-ficción (¿o quizás deberíamos decir de ciencia-anticipación?) “Mil novecientos ochenta y cuatro”, George Orwell escribía:

Claro, no había manera de saber cuando vigilaban a alguien. No era más que una conjetura saber cuántas veces y cómo la Policía del Pensamiento captaba la comunicación de cada uno.

La vigilancia a que el ser humano somete a sus congéneres es una de las conductas que le diferencian de los animales. Hace unos años, el paleontólogo Stephen Jay Gould escribió un artículo en el que hablaba de los muros de oro que algunos pensadores y científicos habían levantado para intentar preservar y diferenciar al ser humano de los demás animales. Los ladrillos de estos muros eran conductas como la fabricación de herramientas, la capacidad de abstracción o la cultura.

Sin embargo, numerosos estudios publicados en los últimos años han demostrado que unas cuantas especies animales (sobre todo algunos primates) son capaces de fabricar instrumentos y servirse de ellos. Se ha observado que algunas especies de pájaros son capaces de planificar el futuro (otra de las capacidades supuestamente de exclusividad humana) y almacenan alimentos en lugares estratégicos para épocas de penuria. Se han descubierto patrones culturales en colonias de chimpancés.

Hace tiempo que se sabe que, por ejemplo, entre las hormigas o las abejas, hay reinas y obreras; ¿existen sindicatos? Bueno, probablemente no con este nombre; sin embargo, también se han demostrado conductas cooperativas en algunas especies animales, patrones de comportamiento que no benefician directamente al individuo, sino a la comunidad.

Incluso algo como el confort del hogar, tampoco es exclusivamente humano: algunos primates, antes de sentarse buscan grandes hojas donde sentarse, a modo de mullido almohadón para no tener que poner sus nalgas directamente sobre el húmedo suelo de la selva.

A la vista de estas investigaciones, quizás los dos últimos muros dorados que quedarían son el dinero y el sistema policial. Conductas como el pago a otros congéneres por el trabajo (el uso del “dinero”) -que iría estrechamente ligado al concepto de esclavitud-, o el juicio moral y, con ello, la existencia de policía que permite que un individuo investido de poder controle a otros individuos sin ese poder. De ser así, bien tristes es, lo que nos separa de los demás animales.

La vida de los otros es una excelente reflexión sobre el sistema policial. Para interesados, un artículo de José Comas relata la experiencia personal del propio intérprete de la película, el actor Ulrich Mühe, cuya esposa fue informadora de la Stasi.

Enlaces de interés:
Trailer – La vida de los otros
La vida de los otros – ficha técnica
Comentario de Jordi Nadal sobre la película
George Orwell – 1984
Trailer – 1984
El actor, su mujer y la Stasi

Algunos, nos interesamos más por los eclipses leyendo las aventuras de Tintín en El Templo del Sol que mirando el esquema clásico de los libros de ciencias naturales de la escuela.

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Aunque, tal como señala Víctor Ruíz en su bitácora, en el álbum hay algunas imprecisiones astronómicas y posiblemente antropológicas -como inverosímil reacción de miedo de los Incas ante un fenómeno astronómico que presumiblemente conocían bien-, Hergé logró transmitir varias ideas, como los ciclos de la naturaleza y el cambio inherente a todo lo que está vivo.

La referencia no es baladí. Este año se celebra el centenario del nacimiento de Hergé en Bruselas y la noche del 3 de marzo se produjo un eclipse total de luna visible desde varios lugares del mundo.

La imagen del eclipse -igual como la del nubarrón que oculta momentáneamente la visión de una luna llena hermosa, o la idea de que la noche es, sólo, el espacio entre dos días soleados-, es útil para reflexionar sobre los altibajos de la vida, para enfrentarlos con menos temor, con mayor resiliencia. Ser consciente de que todo tiene fecha de caducidad (tanto lo malo como lo bueno), de que la vida son ciclos que comienzan y acaban, es un buen ejercicio para mantener en forma las neuronas y enfrentar la vida de una manera positiva, sin perdernos en el laberinto del miedo o el laberinto de la incertidumbre.

Enlaces de interés:
Página oficial de Tintín y Hergé
Actos del centenario del nacimiento de Georges Remi -Hergé-
Ciudades perdidas
Página dedicada a los eclipses
No Miedo en la empresa y en la vida

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