En la película La vida de los otros, el capitán Gerd Wiesler, competente oficial de la Stasi, enseña a sus alumnos que, para lograr que el prisionero confiese, “hay que tener paciencia, 40 horas de paciencia”.

En la inquietante novela de ciencia-ficción (¿o quizás deberíamos decir de ciencia-anticipación?) “Mil novecientos ochenta y cuatro”, George Orwell escribía:
Claro, no había manera de saber cuando vigilaban a alguien. No era más que una conjetura saber cuántas veces y cómo la Policía del Pensamiento captaba la comunicación de cada uno.
La vigilancia a que el ser humano somete a sus congéneres es una de las conductas que le diferencian de los animales. Hace unos años, el paleontólogo Stephen Jay Gould escribió un artículo en el que hablaba de los muros de oro que algunos pensadores y científicos habían levantado para intentar preservar y diferenciar al ser humano de los demás animales. Los ladrillos de estos muros eran conductas como la fabricación de herramientas, la capacidad de abstracción o la cultura.
Sin embargo, numerosos estudios publicados en los últimos años han demostrado que unas cuantas especies animales (sobre todo algunos primates) son capaces de fabricar instrumentos y servirse de ellos. Se ha observado que algunas especies de pájaros son capaces de planificar el futuro (otra de las capacidades supuestamente de exclusividad humana) y almacenan alimentos en lugares estratégicos para épocas de penuria. Se han descubierto patrones culturales en colonias de chimpancés.
Hace tiempo que se sabe que, por ejemplo, entre las hormigas o las abejas, hay reinas y obreras; ¿existen sindicatos? Bueno, probablemente no con este nombre; sin embargo, también se han demostrado conductas cooperativas en algunas especies animales, patrones de comportamiento que no benefician directamente al individuo, sino a la comunidad.
Incluso algo como el confort del hogar, tampoco es exclusivamente humano: algunos primates, antes de sentarse buscan grandes hojas donde sentarse, a modo de mullido almohadón para no tener que poner sus nalgas directamente sobre el húmedo suelo de la selva.
A la vista de estas investigaciones, quizás los dos últimos muros dorados que quedarían son el dinero y el sistema policial. Conductas como el pago a otros congéneres por el trabajo (el uso del “dinero”) -que iría estrechamente ligado al concepto de esclavitud-, o el juicio moral y, con ello, la existencia de policía que permite que un individuo investido de poder controle a otros individuos sin ese poder. De ser así, bien tristes es, lo que nos separa de los demás animales.
La vida de los otros es una excelente reflexión sobre el sistema policial. Para interesados, un artículo de José Comas relata la experiencia personal del propio intérprete de la película, el actor Ulrich Mühe, cuya esposa fue informadora de la Stasi.
Enlaces de interés:
Trailer – La vida de los otros
La vida de los otros – ficha técnica
Comentario de Jordi Nadal sobre la película
George Orwell – 1984
Trailer – 1984
El actor, su mujer y la Stasi