Dom 11 Abr 2010
¿Cuando se conoce una ciudad? O, quizás, ¿cuándo llegamos a conocer algo -o a una persona, o a nosotros mismos-?
Viajé hasta Oviedo invitado por Tribuna Ciudadana para dar una conferencia sobre El valor de la risa en la vida cotidiana. Mi anfitrión fue Alfonso Barredo, y tuve la suerte de que se comportase como tal: aprovechando el sol de primavera a media mañana del viernes, estuvimos paseando por el casco antiguo de la ciudad durante un par de horas y sin rumbo definido, en la que nos deteníamos aquí y allá, tanto para admirar algún detalle de los edificios restaurados, como para hacer mayor énfasis en algún aspecto de la conversación u, ocasionalmente, para responder alguna de las llamadas de radios locales que querían saber de qué iba a hablar esa noche.
Revisitar una ciudad suele ser un placer, porque el ejercicio de recordar (o desempolvar caminos neuronales por los que hacía tiempo que nadie circulaba) con el placer de descubrir lugares nuevos (o que, por lo menos, no recordabas en absoluto). Así fue como Alfonso me llevó al edifico histórico de la universidad; había estado en otras ocasiones en el claustro, presidido por la estatua de su fundador, Fernando Valdés Salas, Inquisidor General (a menudo la vida tiene este tipo de incongruencias).
Alfonso me dijo: “Espera, te voy a enseñar un rincón maravilloso que pocos ovetenses conocen”. Y así fue como me condujo a una puertecita que queda en una de las esquinas del claustro por la que llegamos a un pasillo con arcos que dan a un jardincito interior, silencioso y protegido del sol por la sombra jaspeada que proporcionan las hojas de unos árboles de tronco robusto. La ciudad silenciada por la solidez del propio edificio, en aquél rincón escondido, sólo se escuchaban algunos pájaros confiados por la tranquilidad del lugar y el sonido refrescante de una fuentecita junto a un busto de la reina Isabel II. Caminamos unos pasos por un sendero de gravilla entre parterres cubiertos por un césped verde y refrescante hasta alcanzar una placa donde hay grabado un fragmento del poema Empleo de la nostalgia de Ángel González:
Amo el campus
universitario,
sin cabras,
con muchachas
que pax
pacem
en latin,
que meriendan
pax, pasa, pan
con chocolate
en griego,
que saben lenguas vivas
y se dejan besar
en el crepúsculo
(también en las rodillas)
y usan
la coca-cola como anticonceptivo.
Ah las flores marchitas de los libros
de texto
finalizado el curso
deshojadas
cuando la primavera
se instala
en el culto jardín del rectorado
por manos todavía adolescentes
y roza con sus rosas
manchadas de bolígrafo y de tiza
el rostro ciego del poeta
transustanciados en un olor agrio…
Enlaces de interés:
Fernando Valdés Salas – Inquisidor que fundó la Universidad de Oviedo










