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¿Cuando se conoce una ciudad? O, quizás, ¿cuándo llegamos a conocer algo -o a una persona, o a nosotros mismos-?

patio

Viajé hasta Oviedo invitado por Tribuna Ciudadana para dar una conferencia sobre El valor de la risa en la vida cotidiana. Mi anfitrión fue Alfonso Barredo, y tuve la suerte de que se comportase como tal: aprovechando el sol de primavera a media mañana del viernes, estuvimos paseando por el casco antiguo de la ciudad durante un par de horas y sin rumbo definido, en la que nos deteníamos aquí y allá, tanto para admirar algún detalle de los edificios restaurados, como para hacer mayor énfasis en algún aspecto de la conversación u, ocasionalmente, para responder alguna de las llamadas de radios locales que querían saber de qué iba a hablar esa noche.

Revisitar una ciudad suele ser un placer, porque el ejercicio de recordar (o desempolvar caminos neuronales por los que hacía tiempo que nadie circulaba) con el placer de descubrir lugares nuevos (o que, por lo menos, no recordabas en absoluto). Así fue como Alfonso me llevó al edifico histórico de la universidad; había estado en otras ocasiones en el claustro, presidido por la estatua de su fundador, Fernando Valdés Salas, Inquisidor General (a menudo la vida tiene este tipo de incongruencias).

Alfonso me dijo: “Espera, te voy a enseñar un rincón maravilloso que pocos ovetenses conocen”. Y así fue como me condujo a una puertecita que queda en una de las esquinas del claustro por la que llegamos a un pasillo con arcos que dan a un jardincito interior, silencioso y protegido del sol por la sombra jaspeada que proporcionan las hojas de unos árboles de tronco robusto. La ciudad silenciada por la solidez del propio edificio, en aquél rincón escondido, sólo se escuchaban algunos pájaros confiados por la tranquilidad del lugar y el sonido refrescante de una fuentecita junto a un busto de la reina Isabel II. Caminamos unos pasos por un sendero de gravilla entre parterres cubiertos por un césped verde y refrescante hasta alcanzar una placa donde hay grabado un fragmento del poema Empleo de la nostalgia de Ángel González:

Amo el campus

universitario,

sin cabras,

con muchachas

que pax

pacem

en latin,

que meriendan

pax, pasa, pan

con chocolate

en griego,

que saben lenguas vivas

y se dejan besar

en el crepúsculo

(también en las rodillas)

y usan

la coca-cola como anticonceptivo.

Ah las flores marchitas de los libros

de texto

finalizado el curso

deshojadas

cuando la primavera

se instala

en el culto jardín del rectorado

por manos todavía adolescentes

y roza con sus rosas

manchadas de bolígrafo y de tiza

el rostro ciego del poeta

transustanciados en un olor agrio…

Enlaces de interés:

Fernando Valdés Salas – Inquisidor que fundó la Universidad de Oviedo

Wikipedia: Ángel González

Juan no podía apartar la vista de las llamas. Salían de la tierra como debían de haber salido en ese mismo lugar muchos siglos atrás, causando el asombro y el terror de quienes lo veían.

Yanar Dag

A una veintena de kilometros de Bakú se encuentra Yanar Dag (la montaña de fuego), una colina de barro que, si te acercas a ella al anochecer, fácilmente caes en el embrujo de las llamas que salen de la tierra, pacíficas y aparentemente domadas. Khuraman y Nayim me acercan a ese lugar mítico de Azerbayán el viernes por la tarde, pocas horas antes de partir.

Desde el punto de vista geológico, el fenómeno tiene poco de sorprendente: el gas acumulado en la parte superior de las inmensas bolsas de petróleo que oculta la península de Abseron, se filtra por las zonas agrietadas y más débiles de las capas geológicas y, en contacto con la atmósfera, arde de forma natural.

Dicen que hay descripciones del lugar fechadas a comienzos de la era cristiana, y Al-Masuri y Marco Polo dejaron constancia de su existencia en sus libros de viajes. Por eso, quizás lo más sorprendente es imaginar los albores de la humanidad, cuando algunos nómadas llegaron a estas montañas del Cáucaso -quién sabe si atraídos por el resplandor de las llamas en una noche cerrada-, y contemplaron ante sí algo que quizás era difícil de encontrar o de tener: luz en la época de tinieblas, calor en la era del frío, fuente de cocción que ayudó a dar sabor a los alimentos… como en la vieja película de Jean-Jacques Annaud, En busca del fuego.

En la novela Seda negra de Rafael Dezcallar, uno de los personajes explica al protagonista que durante la II Guerra Mundial trataron de apagar si éxito este fuego eterno para evitar que pudiese servir de guía a los bombarderos durante la noche. Azerbayán, tierra de fuego según la etimología, de contiendas entre etnias, tiene el Mugham como música característica. Sin embargo, algunos autores cultivaron la llamada “música clásica”, como este Azerbaijan Capriccio de Fikret Amirov, que en la versión siguiente dirige el joven Fuad Ibrahimov. Vale la pena escuchar la animosidad y el brío de algunos pasajes, buen espejo de su historia y de su gente.

Ya se habrá dado cuenta de que casi siempre hace viento en Bakú. Etá situada sobre una península llana y estrecha, y el viento del mar la atraviesa sin dificultades. Maiakovski la llama en un poema “ciudad del viento, ciudad abrazada, ancha de grasa sobre la chaqueta de este mundo”.

Waiting for Steve Jobs

Cuatro mil kilómetros, seis horas de vuelo más las esperas en Barcelona y Estambul por delante. Decido llevarme la novela Seda Negra de Rafael Dezcallar, diplomático de carrera con largas estancias Moscú, que sabe urdir con elegancia una buena trama en estas aguas del extraño y explotado Mar Caspio.

Mientras voy hacia el aeropuerto percibo los efecto de la afluencia a la feria internacional de telefonía móvil de Barcelona (Mobile World Congress), incluidas largas colas para registrarse y mucho movimiento en el área de llegadas de El Prat, especialmente personas portadoras de carteles con los nombres y apellidos.

Tengo especial curiosidad por los esperadores de aeropuerto. En el año 1997 escribí un cuento titulado Suplantació que ganó el premio valenciano Vila de Mislata, donde alguien se hace pasar por la persona a la que espera una bella mujer, y que no termina precisamente como el suplantador esperaba que terminase la historia.

Hace un par de semanas vi dos carteles curiosos. Un hombre llebava un cartel de “Susan Ellis” y otro de “Husband Ellis”, como si el (supuesto) esposo de la tal señora Ellis llevase por nombre de pila Husband.

Ayer, en cambio, me encontré con dos chicas, una rubia y otra morena, que llevaban cada uno un cartel con el mismo nombre: Steve Jobs, el conocido directivo de Apple, gran comunicador, por cierto.

Y entre cabòries (“Promenades neuronales”, como si dijésemos), pasé las casi dos horas de retraso del vuelo a Estambul, tiempo suficiente para que el tiempo de conexión se redujera a un suspiro que me dejó sin maleta.

Y en estas ocasiones uno se da cuenta de la importancia de lo esencial y la inutilidad de lo superfluo. También en la vida. Y consten estos paseos neuronales, la música y otras formas de goce, en el haber de lo esencial.

Reloj no marques las horas
porque voy a enloquecer (…)

Dia-7 (64)

Asi dice la canción; y, al parecer, eso es posible.

Hace pocos días unos cuantos países cambiaron sus horarios de verano por los de invierno, o al revés. En un punto de la noche, quien vivía las dos pasó a vivir las tres de la madrugada. Otros pasaron de las tres a las dos, igualmente por decreto.

Bien, la medida tiene defensores y detractores. Hay motivos a favor y en contra y no vamos a discutir eso. Lo interesante es que el tiempo, por lo menos el tiempo de los relojes, se puede modificar, y eso es algo que muchos vivimos un par de veces al año.

Lo curioso es lo que sucedió estos días en la cámara de diputados de México. Según la nota de la agencia AFP, la medianoche del martes 20 de octubre era el límite para presentar unas medidas fiscales -es decir, aumento de los impuestos-. Sin embargo, cuando faltaba poco para el límite (la deadline anglosajona, quizás la linea de algún tipo de muerte) alguien percibió que no habría manera humana de lograr ponerse de acuerdo… a tiempo. Siendo así, los diputados sí acordaron algo: detener el reloj de la cámara a las 23:59.

Y así estuvo, detenido hasta las 05:30 del miércoles. Aprobadas las modificaciones oportunas, el reloj siguió su curso.

Estas situaciones ponen sobre la mesa un par de cuestiones, la una buena; la otra, no tanto. La no tan buena: ¿Qué ocurrirá a partir de ahora con la ficción? Es bien sabido que una forma de generar tensión en las tramas de las novelas es poniendo un límite temporal al protagonista y llenándolo de dificultades para lograr “llegar a tiempo”. Si se puede jugar así con el tiempo, de manera oficial, incluso, ¿por qué culaquier protagonista de una novela no puede detenerlo a su gusto para lograr su objetivo?

La buena: quizás empieza a ser hora de pensar que el tiempo y la prisa son algo relativo, dentro de unos límites; la obsesión en estos aspectos genera ansiedad, a menudo innecesaria.

Enlaces de interés:
La cámara detiene el tiempo en México

Una de las principales enfermedades del hombre es su inquieta curiosidad por conocer lo que no puede llegar a saber.

Cortázar en la Nueve

Sábado 26 de septiembre, vuelo IB-6348 de Panamá a Madrid, asiento 21-H. Una pasajera (llamémosla Señora xx) está leyendo un libro de editorial Alfaguara; desde mi butaca no alcanzo a ver las letras del título ni el autor, que mostró fugazmente al aire mientras colocaba la mesita en su sitio. Creo que comparto con unos cuantos la curiosidad que despierta ver a otra persona leyendo, sobre todo por el afán de descubrir alguna joya entre las decenas de miles de libros nuevos que se publican cada año.

Pero no fue esto lo que más me atizó el fisgoneo durante ese largo vuelo trasatlántico. Resulta que la Señora xx y su pareja sacaron el citado libro de Alfaguara y otro de una bolsa de papel blanco y verde, cuyas letras de molde, grandotas, permitían leer SOPHOS.

- ¡La librería Sophos de Philippe Hunziker! -pensé, al tiempo que una cascada de recuerdos de la querida librería-café de la Avenida de la Reforma en Guatemala me inundaron durante algunos minutos, allá en las alturas del mar océano.

El hecho no resultaba extraño, porque el avión en el que me encontraba inició el vuelo en Guatemala e hizo escala en la ciudad del canal, donde me subí.

De pronto, recordé que la librería ya no está en Reforma, pensé que me apetecería conocer el nuevo local y me vino a la cabeza una entrañable cena en casa de Philippe junto con José María del Valle y Raúl de la Horra. Ahora veía que Sophos tenía, también, bolsas nuevas.

Y ahí empezó la curiosidad, una curiosidad mucho más intensa y pruriginosa que la de ver un libro del que no conseguía identificar ni el autor ni el título. Resulta que, justo cuando el comandante encendió el indicador de los cinturones de seguridad porque ya nos acercábamos a Madrid, la Señora xx se puso literalmente a leer la bolsa de papel, y se pasó cinco minutos leyéndola.

Las bolsas de Sophos tienen un texto de letra pequeña impreso sobre el anverso y el reverso. Un texto que, al parecer, estaba despertando el interés de la Señora xx, que lo absorbió de cabo a rabo. ¿Qué dice este texto? ¿Será un fragmento de una novela? ¿Un ensayo breve sobre los libros o la escritura? ¿Quién lo escribió?

Puedo afirmar que aparentemente no se trata de ningún poema y, juzgando la inexpresividad que me pareció percibir en el rostro de la Señora xx, tampoco se trata de un texto humorístico ni excesivamente triste o dramático.

Pensé en saltarme la prohibición de levantarme para avanzar tres hileras de asientos y salir de dudas directamente con la Señora xx, pero me acongojó la mirada severa de la azafata (la fokin azafata que diría Junot Díaz, el de la maravillosa -y caribeña y mágica- La maravillosa vida breve de Óscar Wao, valga la redundancia).

“Más tarde”, pensé. Pero luego, como suele pasar a menudo cuando dejamos las cosas para otro rato, todo se precipitó. Tocamos tierra, las 2:25 de la tarde, 24 grados en Barajas, el avión todavía frenendo y todo el mundo levantándose, golpes y prisas sólo para quedarse de pié en el pasillo durante diez inmóviles minutos. Nervios de unos, resoplidos de otros, los pitidos de los teléfonos celulares al conectarse que atacan por delante y por detrás… Y así, sin poder hacer más, la Señora xx desapareció con su bolsa de Sophos. T4, colas, inmigración, prisas, absurdidad del concepto de frontera, caos, sueño y curiosidad interrupta.

Aunque el matemático y filósofo francés Blaise Pascal describió la curiosidad como una enfermedad en el siglo XVII, con los ojos actuales más que una dolencia, podríamos considerarla un verdadero motor de la existencia. Quizás la muerte (física o mental) sobreviene cuando a uno se le agota la curiosidad por lo lo que le rodea.

Enlaces de interés:
Librería SOPHOS

Entre el bocadillo de jamón del desayuno y el almuerzo que nos prepara Nacho de El Gallinero de Sandra, Pablo Duque me acompaña a caminar largo y tendido por Sevilla, desde el centro hasta el puente de Triana, pasando por el barrio de Santa Cruz o la plaza de banderas y la calle del agua, en la judería.

carros sevillanos

En el bosque de palabras pronunciadas en una mañana despejada, con el sol de invierno que pinta el Guadalquivir de un azul como de terciopelo, distingo El cerebro ejecutivo de Goldberg o ¿Es real la realidad? de Watzlawick, que tengo ganas de leer. Y un poco de literatura -El Coloso de Marusi de Miller que cito más tarde en la conferencia-. Y música y recitales de poesía concurridos -algo bastante insólito-, o actividades de promoción cultural y bares. También una historia increíble de un automóvil prestado a quien prestó su automóvil a un tercero que no quiere devolverlo.

Y todo esto, entre estudios sobre cómo mejorar la calidad de vida de las personas con demencia, un completo Plan de Atención al Deterioro Cognitivo, un test para predecir alteraciones del lóbulo frontal, pacientes que llegan a la consulta y un bedel que cantaba en un tablao a las nueve de la noche y se enojaba si alguien se quedaba trabajando hasta tarde.

En su página, Pablo Duque explica algo de todo esto y, además, incluye muestras de su música y su poesía. Un baúl de creatividad, de vivir transversalmente, de hacer sinapsis.

De regreso, voy corrigiendo una traducción del delicioso libro de aforismos de Erich Fromm que se titula La atracción de la vida. Dice cosas como:

Educar para la creatividad es sinónimo de educar para la vida
(…)
Si pierdo lo que tengo, ¿quién soy, si sólo soy lo que tengo?

Cuando logras que, durante unas horas, el tiempo no exista, descubres la riqueza del trabajo de orfebre que es el presente. Un buen ejercicio para practicarlo a menudo.

Enlaces de interés:
Pablo Dueuqe – página personal

Por culpa del tráfico aéreo y los pasajes disponibles, llego a Panamá dos días antes de lo que tenía previsto; de golpe, la levadura de Cronos permite que mi tiempo se hinche como un pan sabroso, crujiente y recién horneado.

esclusa Miraflores

En la maleta, traje unos cuantos temas que hacía tiempo que estaban en la bandeja de asuntos pendientes, con la idea de pasar el fin de semana en la amplia habitación del hotel donde me alojo, frente a una ventana de seis metros cuadrados de cristal y a poca distancia de la esclusa Miraflores, en la entrada del canal por el océano Pacífico. A menudo, algunos eventos organizados por instituciones internacionales conllevan estos excesos.

Saco unas cuantas fotografías a lo largo del día; la actividad en la esclusa del canal es un ejemplo muy bueno para hablar a los estudiantes sobre los canales que hay en las membranas celulares y que permiten el intercambio de iones, de neurotransmisores y de fármacos.

También es una buena imagen de los movimientos sociales, de las tendencias, del control de unos sobre otros, de las influencias y el ejercicio del poder. El mismo hotel donde estoy alojado está en la antigua base militar norteamericana Clayton, una zona que, tras la devolución del canal a Panamá, se reconvirtió en la Ciudad del Saber, un nombre que uno no sabe si es irónico o si simplemente, expresa la voluntad de dejar atrás tiempos pasados.

Tengo sobre la mesa varios recortes de distintos periódicos que me dieron ayer en el avión. En todos sale el mismo personaje con titulares semejantes:

error

Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos desde 1987 hasta 2006, el mayor defensor de la idea que el mercado se podía autoregular por sí solo, reconoció públicamente su error esta semana: “Estoy conmocionado por el tsunami en el sistema de créditos que está causando”.

Los errores son una buena manera de aprender. Analizar el error permite responder a él modificando la trayectoria con la sabiduría adquirida. Sin embargo, ¿qué sucede cuando el error tiene consecuencias que van mucho más allá de uno mismo?

Tal como describe el excelente libro Sway, al que me he referido últimamente en un par de ocasiones, el análisis de las causas de los errores y de las conductas irracionales que conducen a ellos, es un campo apasionante de la conducta humana. Uno de los temas pendientes que me he traído hasta aquí es, precisamente, cómo se puede estudiar una conducta irracional en la prescripción y uso de medicamentos, lo que podríamos denominar la prescripción emocional. Más allá del conocimiento técnico o científico que uno pueda tener, la aversión al fracaso, el valor atribuido y las etiquetas juegan un papel esencial en la decisión, a veces absurda, de recetar un medicamento y no otro.

‘La marquesa salió a las cinco’, pensó Carlos López. ‘¿Dónde diablos he leído eso?’
Era en el London de Perú y Avenida; eran las cinco y diez. ¿La marquesa salió a las cinco? López movió la cabeza para desechar el recuerdo incompleto, y probó su Quilmes Cristal. No estaba bastante fría.

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Tenía diez horas por delante en Buenos Aires, y había olvidado el teléfono de Cristina dentro de la maleta, en la consigna. Me di cuenta tarde, cuando ya estaba en la plaza de Mayo haciendo algo que me encanta: recorrer de nuevo las calles de una ciudad para remover recuerdos y añadirles la novedad, los cambios, la evolución, nuevos colores y música distinta.

Hacía frío y decidí entrar en el London. Otras veces iba al Tortoni, pero esta vez me apetecía probar el London, en la esquina de Florida. Dicen que Cortázar escribió aquí su novela Los Premios, y esta historia empieza precisamente en una mesa del London, desde donde dos personajes observan a los transeúntes.

Miro a los transeúntes, pero también leo El traductor, un libro conmovedor en el que Daoud Hari explica su visión del sangrante conflicto de Darfur.

En la Avenida, una protesta. Jóvenes encapuchados armados con palos cierran filas detrás de un grupo de unas doscientas personas con banderas. Realidad, crónicas, ficción, personas y personajes. Poco más allá, el Obelisco sigue en su sitio, reflejándose en todas partes. Quién sabe los cronopios que alberga en su interior.

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Terminé sentado en uno de los cafés Havanna de la Avenida 9 de Julio. Lo que me contaba Daoud Hari tenía poco de ficción. Dice:

Tú eres un hombre moderno y piensas que tu brújula y tu GPS te protegerán de los problemas. Pero las pilas de tu GPS se agotarán ola arena lo estropeará. Es posible que tu brújula se rompa o que la pierdas, una mañana, mientras tratas de recoger tus cosas de dormir, en medio de una fuerte tormenta de arena. Así que necesitarás conocer los sistemas que han funcionado durante miles de años.

Cortázar en la Nueve

Me di cuenta de que esta frase trascendía la cruda narración del genocidio de Darfur. Confiamos demasiado en las cosas externas y eso lleva a olvidar lo esencial.

Según la profecía, sería el Pueblo del Centro (América Central) quien facilitaría el movimiento de energía desde el sur (el Pueblo del Cóndor) hasta el norte (el Pueblo del Águila), de modo que los dos grupos, norte y sur, volverían a juntarse.

Funeral parlor Paradise

Antes de ir a Guatemala, encuentro el libro La voz de las trece abuelas de Carol Schaefer (Ed. Luciérnaga, Barcelona, 2008). El subtítulo, aunque algo ampuloso, me decide a comprarlo: “Ancianas indígenas aconsejan al mundo”.

Flordemayo, es una sanadora nacida en la frontera entre Nicaragua y Honduras; su voz, como la de otras abuelas, habla de la profecía del Cóndor y el Águila: el pueblo del Águila representa el cerebro, la mente racional y los mundos materiales; el pueblo del Cóndor, el corazón, la intuición y el misticismo. Según la profecía, en el siglo XV los dos caminos convergirían y el águila llevaría el cóndor casi a la extinción, pero 500 años después el cóndor y el águila se reunirían de nuevo, y tendrían la oportunidad de volver a volar juntos.

Y hablando de fechas, de apocalipsis y de paraisos, en tierras mayas es imposible dejar de pensar en el 2012, la fecha en la que, aseguran, se cerrará el ciclo actual para dar lugar a la nueva era.

En las calles de Cuilapa, donde vamos a visitar el hospital y algunos puestos de salud, veo la Funeraria El Paraíso. Poco más allá, según me explica José María del Valle, la NASA determinó que se encontraba el punto central del continente americano. Tierras mayas de colores vivos y humo perfumado; también tierras donde, todavía, los homicidios son la tercera causa de muerte.

P.S.- Leo en La Vanguardia digital un artículo de Xavi Ayén publicado el sábado 26 de julio donde explica que el Consejo Internacional de las Ancianas Indígenas se reune en Barcelona estos días.

Enlaces de interés:
La voz de las 13 abuelas – pdf sobre el proyecto
La NASA establece el centro del continente Americano
Las trece abuelas en Barcelona

Cálculos moderados hacen ascender a más de 2.000 personas, entre hombres, mujeres y niños, los que murieron de manera sublime.

El Sumidero

Fernando Ruiz Balbuena me dice que, si quiero ver algo realmente espectacular de Chiapas, tengo que visitar el Sumidero, el cañón del río Grijalva que llega de Guatemala y, ochocientos kilómetros después, desemboca en el Pacífico tras cruzar el estado.

Allá nos dirigimos esta mañana. En Chiapa del Corzo alquilamos los servicios de una lancha fuera borda de motor potente con la que recorremos más de 40 kilómetros río abajo, por un inmenso cañón con paredes verticales -dicen que de casi mil metros-, que surgen entre la espesa vegetación de la selva. Una falla, fruto de algún violent retortijón sísmico causó la herida.

Tierra de refriegas y muerte. Hace pocos años, la revuelta zapatista contra el gobierno federal dejó atrás cadáveres por ambas partes que, según cuenta la gente del lugar, ni siquiera llegaron a ser noticia en ningún periódico. En 1527, otra mortandad, ésta registrada en los documentos históricos: Cortés mandó a Diego de Mazariegos a conquistar las tierras de los Chiapanecas, al sur del viejo Tenochtilán (el actual México DF), y combatió a los indígenas cerca de Chiapa del Corzo. Sigue la crónica recogida por Hernán Nandayapa en Chiapas y su decisión histórica:

Atacaron los españoles con ímpetu y los indígenas resistieron con firmeza; tuvieron que replegarse hasta la margen del río, donde se hicieron fuertes aprovechando los abruptos del terreno, pues ahí el río Grijalva se precipita por un cañón formado por acantilados de más de 500 metros de altura. Con el río a sus espaldas, y al frente del enemigo, los guerreros Chiapanecas pelearon varios días y, cuando ya no fue posible resistir más, antes de quedar cautivos del conquistador, prefirieron precipitarse desde aquellos agrestes y gigantescos peñones (…) Y no solamente los hombres se precipitaron, sino también las mujeres, quienes primero empujaron a sus hijos mayorcitos y después se lanzaron ellas abrazando a los que lactaban.

A pocos kilómetros del lugar, San Cristóbal de las Casas sobrevive como destino turístico muy concurrido, con sus calles empedradas y sus casas de estilo colonial con grandes ventanales, y patios frescos llenos de vegetación, entre los muros de iglesias de La Compañía y de Santo Domingo –tan habituales en las ciudades de la colonia–. Aquí la confrontación entre lo local y lo de más allá es más ideológica: McDonnals, Burger King o las sucursales del BBVA y del Holiday Inn se ven obligadas a dejar de lado el attrezzo distintivo de sus franquicias y tienen que contentarse con un modesto rótulo apenas visible.

Enlaces de interés:
Noticias sobre el cañón del Sumidero

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