El otro día lloré; me sentía estúpida.
¿Sabes qué?… ¡A la mierda el otro día!
Por algo Dios o quién sea hace días nuevos. Todavía tengo hambre (…)
La escritora californiana Sapphire publicó Push en 1996; la novela ha recibido numerosos reconocimientos, pero sin duda se ha visto catapultada por la versión cinematográfica titulada Precious dirigida por Lee Daniels.
Para esta madre adolescente de Harlem que convive con un entorno familiar violento, degradante y opresivo, el nuevo día trae consigo la posibilidad de escoger, la posibilidad de salir adelante, la posibilidad de cambiar…
El castillo de arena se derrumbó porque vino una ola inesperada y más fuerte que las demás. Hay la opción de rendirse o de intentarlo de nuevo. Si uno escoge esta última, además, tiene la opción de levantarlo exactamente igual, o bien protegerlo con un muro de piedras o reconstruirlo un poco más lejos del agua. La capacidad de integrar una vivencia dura para avanzar. Si no es así, si no hay reflexión e integración -o sea, aprenadizaje-, el nuevo día será igual que el anterior, igual que el siguiente.
Por este tiempo descubrí que a toda la gente le gusta salirse por un momento de la realidad y vivir esos mundos de ficción de las películas, de los radioteatros, de las novelas. Incluso les gusta que les cuenten mentiras, si esas mentiras están bien contadas. De ahí el éxito de los estafadores hábiles en el habla.
Hernán Rivera Letelier es un novelista chileno que descubrí hace casi 15 años cuando leí La reina Isabel cantaba rancheras, una historia entrañable que pasa en una de las “oficinas” de las explotaciones de salitre del desierto de Atacama. Acabo de leer la última novela de Rivera Letelier, una historia tan bella como corta titulada La contadora de películas, donde el autor regresa a la oficina para describir a María Margarita, la adolescente que encandilaba a los trabajadores del salitre contanto las películas que pasaban en el cine del lugar.
Calor, trabajo de sol a sol y explotación son algunos de los elementos que acompañan el comercio del salitre, igual como acompañan el de muchos otros productos que, como golosinas, despiertaron el afán de firmas norteamericanas o inglesas, sobre todo. Igual como sucedió con el cobre y tantos minerales en Sudamérica, las bananas en Guatemala o Costa Rica, o el chicle en México y Guatemala. La del salitre, además, es una historia paralela al establecimiento de movimientos obreros potentes que empezaron a consolidarse con la masacre de trabajadores en huelga en una escuela de Iquique, el 21 de diciembre de 1907, que nos ha llegado relatada en la Cantata de Santa María de Iquique versionada, entre otros, por el grupo Quilapayún.
Sin saberlo, he empalmado el libro de Rivera con otra novela curiosa que también sucede en el desierto -en muchos desiertos, en realidad-; se trata de Nocilla Dream, la primera parte de una trilogía escrita por Agustín Fernández Mallo donde múltiples microhistorias se entrecruzan en el desierto de Nevada, el desierto de Albacete, o los múltiples desiertos que son la soledad de las personas, paradójicamente en las ciudades más pobladas como Pekín o Los Ángeles.
En efecto, técnicamente su nombre es US50. Está en el Estado de Nevada, y es la carretera más solitaria de Norteamérica. Une de las localidades de Carson City y Ely atravesando un desierto semimontañoso. Una carretera en la que, hay que insistir, no hay nada.
Es paradójico cómo a menudo hay que recurrir a los desiertos -algo tan despojado y que asociamos a clima inhóspito y ausencia- para encontrar la esencia. No olvidemos que el salitre es un buen fertilizante, obtenido de dónde apenas hay vegetación, para conseguir que las plantaciones sean más abundantes. El desierto como símbolo del “alto” que a veces se requiere para recapitular.
En la entrada del desierto del Sáhara, cerca de la frontera con Libia, conocí a Camus, que nos guió por los caminos (invisibles a nuestros ojos) de la arena. Camus, que decía no concer al filósofo homónimo aregelino, cuando hacías el comentario habitual un mediodía cualquiera en el Sahara (Il fait chaud, Camus! [Hace calor, Camus]), respondía un Comme d’habitude, Monsieur [Como siempre, señor] que, de algún modo, sugería un “dejémos de hablar de cosas banales y vayamos a algo más profundo”. Y, ciertamente, Camus interpretaba el mundo desde su perspectiva de hombre del desierto con una lucidez extraordinaria, quizás por la simplicidad de la que partía.
Quieren que el cambio de año sea una especie de punto de inflexión. Pasado el ritual del reloj -comme d’habitude-, quizás podamos pasar a cuestiones más esenciales. Y, como decía María Margarita, la niña que explicaba las películas, dejémonos llevar por las historias, pero cuidado con quienes pretender aprovecharse del gusto humano por los cuentos para colarnos algunas mentiras, ahora que parece que estamos en la era del photoshop (y no merefiero sólo al retoque de fotografías, claro).
- Nada por aquí, nada por allá… -explica el mago justo antes de sacar el conejo de la chistera.
- ¡Ooooh! -exclama el público cinco segundos más tarde, asombrado al ver el conejo.
La prestidigitación es un arte antiquísimo. Más allá del espectáculo, del teatro, lo que me parece interesante es cómo los grandes magos han tenido que investigar en el campo de la percepción sensorial y descubrir cómo integramos esta información en el cerebro, lo que nos lleva a creer en algo que está lejos de la realidad. El conocimiento preciso ha permitido que los maestros creen trucos espectaculares que nos dejan con la cabeza llena de interrogantes, esas cosquillas a las neuronas que nos hacen pensar e imaginar.
(Casi) todos los espectadores saben que allí hay truco, (casi) todos están convencidos de que el mago no revelará el truco, y todos tratan de averiguar cómo ha sido posible. En Barcelona hay una de las tiendas de artículos de magia más antiguas; la fundó Joaquim Partagás en 1881, tras triunfar en la Argentina con sus espectáculos.
Otro tipo de ilusión es la que nos proporciona el cine. David Martí y Montse Ribé son dos artífices de los modernos efectos especiales que han logrado que miles de espectadores se hagan pequeños en la butaca muertos de miedo o que sigan con emoción el hilo de alguna historia entrañable. Aunque sus nombres no son de los que salen con letras grandes en los créditos ni en los carteles, quizás sí que muchos recuerden aquél ser fantástico que tenía los ojos en las palmas de las manos de la película El laberinto del Fauno, o aquél gigante de Hellboy, por poner solo un par de ejemplos. Se puede ver en Barcelona una exposición itinerante llamada El arte del engaño en la que, además de hacer un repaso a los grandes trucos del cine clásico, se pueden apreciar los detalles de los muñecos creados por DDT, y que valieron un Oscar a David y a Montse.
Ilusiones colectivas, sorpresa (y quien sabe si algo más). Mientras desayunábamos en su panadería, Joan me acaba de explicar otro tipo de ilusiones. En uno de los barrios de la pequeña ciudad en la que vivo hay muchos vecinos que, en su momento, emigraron desde Murcia. Como recuerdo, cada año durante las fiestas del barrio -que coinciden con la magia del solsticio de verano-, organizan un concurso de gachasmigas, un plato típico hecho a base de harina de trigo, aceite de oliva, agua y sal, con pedazos de longaniza, panceta y salchichas. Hace algunos años, y contra todo pronóstico, el concurso lo ganó un joven a quien no se le conocían antecedentes culinarios. Las migas que preparó después de revolver con energía la argamasa de harina tenían un sabor exquisito y hubo unanimidad, no sólo entre quienes formaban el jurado, sino también entre todos los que tuvieron el placer de probar esas gachasmigas, preparadas para la ocasión. Incluso los demás concursantes se rindieron ante el peso de las pruebas del rival, aparcaron la envidia y disfrutaron del manjar. ¿Cuál era el truco? ¿Cuál era el pequeño secreto de aquél joven? Pronto se supo -en los pueblos, las noticias vuelan-: había utilizado aceite o mantequilla de marihuana que hizo las delicias de los comensales.
Esta historia me recordó la escena final de El perfume de Suskind.
Ilusiones, magia, percepciones… El problema es cuando se va más allá del juego. A parte de quienes tienen la misión de entretener mediante la habilidad de crear una ilusión que engaña a los sentidos y a la lógica, existen los prestidigitadores sociales y políticos. De esos, sí que hay que desvelar sus trucos y, sobre todo, enseñar cómo detectarlos. Por suerte, el mundo es cada vez menos un escenario donde el público está sentado mirando al punto donde el protagosnita te hace mirar. El mundo hoy es, cada vez más, una red social conectada. El reciente fenómeno de twitter tras las elecciones en Irán son buena muestra de ello. Lo bueno de la prestidigitación, de la magia, de la ilusión, es saber que estás en un espctáculo y, con eso sabido, dejarte mecer. Sino es engaño, y eso es intolerable.
En Matunga, señor. Todo esto que ve aquí es Dharavi, una zona de slums.
Hace un par de años tuve el honor de traducir el libro Sonrisas de Bombay de Jaume Sanllorente, en el que explica el gran trabajo que su organización está llevando a cabo para lograr la escolarización digna de muchos niños indios.
Cuando puedes traducir un buen libro y el editor te deja tiempo suficiente para hacerlo, ese trabajo se convierte en un placer que, a parte de permitirte jugar con las palabras y hacer y deshacer las frases, te pone dentro de una historia y te hace convivir con ella durante algunas semanas. Así conocí qué significa vivir para varios millones de niños y niñas que se pasean por los inmensos vertederos de la ciudad, que escapan de las mafias y de las redes que manejan la prostitución.
El otro día fui a ver la película dirigida por Danny Boyle Slumdog millionaire, que explica la historia de Jamal Malik y cómo ese niño salido de los slums de Bombay, llega a ganar la versión india del concurso: ¿Quiere ser millonario?. Independientemente de si esta noche gana muchos Oscar o no, y más allá del tinte hollywoodiense, la película me pareció interesante por tres motivos:
(1) Denuncia cómo operan algunos grupos organizados en ese país que se enriquecen a costa de esos niños y la lástima que logran despertar en los demás.
(2) Es una metáfora llevada al extremo de que, en realidad, cada momento de la vida puede ser clave para dar respuesta o para actuar en el futuro, en el sentido que de todo aprendemos -cuando estamos abiertos a prender, claro-.
Y (3) el hilo narrativo, la manera original que encuentra Vikas Swarup (autor del libro Q & A en el que se basa el filme) para explicar la historia y desenmarañar el ovillo. Jamal llega convertirse en un personaje entrañable -viéndolo, pensé en varias ocasiones en aquél Mr Chance de Peter Sellers, las personas-espejo.
(…) tienes que buscar el ritmo. Todo tiene su ritmo, incluso recoger algodón.
En 1950, Sonny llega a Harmony -una pequeña ciudad de Alabama- con una guitarra eléctrica. Llegará a tocar en el Honeydripper, un bar con nombre de destilado dulzón que está a punto de cerrar, y encandilará a una población que empieza a aburrirse con el viejo jazz y el blues. Es un momento de alto interés para el nacimiento de lo que posteriormente será el rock & roll. Es el momento de fusión y de creación, igual como lo fue medio siglo antes Nueva Orleans con el jazz.
John Sayles, el director de la película, dibuja esta historia sobre el lienzo realista del racismo en en Sur de los Estados Unidos antes de Luther King, de modo que cuando Sonny llega a Harmony, el sheriff blanco lle arresta y le conduce hasta una plantación de algodón, donde pasa el día llenando enormes sacos con las fibras blancas. Cuando un compañero grandullón y experimentado ve a Sonny agachándose e irguiéndose atolondradamente, le enseña cómo hacerlo mejor: buscando el ritmo adecuado -una frase curiosa pronunciada en una ciudad llamada armonía-.
El choque de dos ritmos diferentes -o no saber encontrar el ritmo de una situación y hacrlo armónico con el nuestro-, genera muchas situaciones que se traducen en lo que denominamos stress.La lectura de Con rumbo propio de Andrés Martín (Plataforma Editorial, 2008), puede dar algunas pistas al respecto.
En pocos días de diferencia, me he tropezado con dos películas y un libro que tratan sobre el tiempo, su relatividad, sus consecuencias.
Al inicio de la película Juno de Jason Reitman, la protagonista se hace una prueba de embarazo que sale positiva por tercera vez; mientras la sacude inútilmente con la esperanza de que se vuelva negativa, el tendero le dice a Juno:
No es ninguna pizarra mágica. No es ningún garabato que se pueda borrar.
Con la perspectiva del tiempo, el pasado y las decisiones tomadas en un momento determinado son las que fueron. Correctas, en cualquier caso, porque vivir significa decidir. No hay posibilidad de retroceder ni corregir el pasado; la única solución es crecer para poder tomar decisiones futuras.
Recientemente falleció Paul Arden, autor de un curioso libro llamado Whatever you think, think the opposite. En él, dice cosas como:
QUIERO significa: sería bueno si…
Si siempre tomas la decisión correcta, la decisión segura, la que toma la mayor parte de la gente, serás igual que todos los demás: siempre deseando que la vida sea distinta.
La sorprendente Cashback dirigida por Sean Ellis es una extraordinaria reflexión sobre la fugacidad del tiempo, las opciones que escogemos y cómo, a veces, buena parte de la belleza de la existencia pasa camuflada entre sus recovecos aterciopelados. Dice, el protagonista insomne:
A veces, el amor se esconde entre los segundos de tu vida. Si no te detienes durante un minuto, es posible que te lo pierdas.
¡El Diablo maneja los hilos que nos mueven!
Incluso en seres inmundos hallamos seducción;
diariamente hacia el infierno vamos, y sin miedo,
bajando a través de tinieblas hediondas.
A fondo, como a una naranja seca, exprimimos
algún placer clandestino que de pasada robamos
tal un mísero libertino que besa y mordisquea
los martirizados senos de una ramera vieja.
1. Reordenando libros y quitándoles el polvo. Abriendo alguna página al azar y “descubriendo” algo que no recordaba haber leído; como este fragmento del poema Al lector de Las flores del mal de Baudelaire.
En estos días de caos necesario para regresar al orden, incluso he descubierto algún libro que había olvidado… (¡qué placer!)
2.Por ejemplo, La isla de las mujeres locas del poeta gallego Alfonso Pexegueiro en una edición bilingüe publicada por la extinta Llibres del Mall en 1986. Leo:
- ¿Quienes son esos que caminan y están solos, fingen, lloran, mueren y jamás viven?
- El Deseo -respondió.
3.Entre medio, la película No country for old men, con la gran escena de la moneda con la que Chigurh deja que algunos de los interlocutores se jueguen su destino inmediato a cara o cruz.
Chigurh
No puedo hacer nada más. Elige. Carla Jean
No, no voy a elegir. Chigurh
Elige. Carla Jean
La modena no decide nada. Lo decides tú.
Y 4. El reencuentro de las Apostillas a “El nombre de la rosa” de Umberto Eco, un buen texto sobre la creación literaria. Eco escribe:
En el fondo, la pregunta fundamental de la filosofía coincide con la de la novela policíaca: ¿quién es el culpable? Para saberlo (para creer que se sabe), hay que conjeturar que todos los hechos tienen una lógica, la lógica que les ha impuesto el culpable.
La moneda, el azar, no decide nada. Lo decidimos nosotros. Ya lo explicaba Álex Rovira en su libro La buena suerte.
En el hermoso poema visual El bosque de luto, la película de la jovencísima Naomi Kawase, unos ancianos que viven en una residencia le preguntan al Maestro qué es vivir, y el Maestro responde:
Vivir… Vivir es comer arroz y condimentos… y tambíén es sentirse vivo
Si damos un paso atrás para contemplar al ser humano más allá de él y de su círculo más inmediato (que contribuye indudablemente a hacerle sentirse vivo), si incluimos el círculo de la sociedad, quizás deberíamos añadir: “vivir es, también, que te permitan hacerlo”.
La semana pasada me compré O massacre, un impactante documento del periodista paulistano Eric Nepomuceno editado por Planeta do Brasil. El libro explica con detalle el contexto que permitió que, en 1996, las tropas de la policia militar del estado de Pará, en el norte del Brasil, mataran a 19 personas que participaban en una marcha pacífica en la carretera, promovida por el movimiento de los trabajadores rurales sin tierra.
Un detalle para situar en contexto, con el que empieza el libro sobre la masacre: el estado de Pará tiene 1.260.000 kilómetros cuadrados de tierra (dos veces y media el tamaño de España; el doble que Francia) y lo habitan seis millones y medio de personas.
Quiero decir: sobra tierra. Y, a pesar de ello, violencia, crímenes e impunidad son sinónimos (o casi), cuando se trata de esta inmensidad
Humedad y calor. Devastación de la selva, dueños de tierras que son virtuales, comercio con maderas preciosas, cultivo de soja,…
El periódico La Vanguardia recuerda hoy otra matanza memorable. Robert Mur desde Santiago de Chile escribe la crónica de la masacre de Iquique. Hace un siglo (21 de diciembre de 1907), el ejército asesinó a 3.000 huelguistas de la ciudad salitrera.
Tierra árida, viento seco. Salitre y polvo; salitre y polvo… El grupo Quilapayún convirtió la matanza en música con La cantata de Santa María de Iquique, y el escritor chileno Hernán Rivera Letelier -a quien me he referido en alguna ocasión-, ha descrito como nadie el ambiente inhóspito y asfixiante de la extracción de sal en el norte chileno.
24 de diciembre por la noche. Regreso de casa de Jordi Nadal, donde me ha agasajado con unas deliciosas verduras preparadas en wok, muchas palabras, la lectura de su próxima novela, risas, un albariño y una buena charla en la que no han faltado referencias Txetxu Barandiarán y Phillippe Hunziher. En el coche, con la ronda de Barcelona casi vacía, voy escuchando un CD del gran pianista Oscar Peterson, recientemente fallecido. Para vivir, efectivamente, es esencial sentirse vivo; pero, también, que te dejen vivir.
Nos aprestamos a ver una actividad interesante entre significativos gremios: la policía y las Estrellas de la Línea -comenta el locutor del inusual partido de fútbol.
Cuando llego a Guatemala, a parte de un sabroso almuerzo a base de los tradicionales fiambre y ayote en la finca de sus padres cerca de La Antigua, José María del Valle me obsequia con el dvd de la película Las Estrellas de la Línea dirigida por Chema Rodríguez.
Para llamar la atención frente a la discriminación que sufren, un grupo de prostitutas de Guatemala decide formar un equipo de fútbol. Viven en las chabolas que están junto a la línea, la vía del ferrocarril que antiguamente unía la capital con Puerto Barrios para poder transportar hasta el mar Caribe la producción de bananas de la United Fruit Company. Por unos tres dólares (20 quetzales) el servicio, en La Línea trabajan prostitutas de varios países de Centroamérica, especialmente del Salvador, que emigraron de su país buscando un mundo mejor y con la idea de regresar algún día a su tierra con el dinero que allí les faltaba.
El psicólogo, novelista y buen conversador Raúl de la Horra ya me habló de esta película en septiembre de 2006. Lo reencuentro en casa de Philippe Hunziker (librería SOPHOS) y su esposa Carmen Lucía, donde la gramola toca un long-play de boogie-woogies interpretados por Claude Bolling mientras degustamos una deliciosa cena con aromas orientales que estuvo preparando sherezade Carmen. Amigos, conversación, risas, olfato y gusto; unas cuantas pequeñas grandes cosas en una noche.
Por cierto, que en SOPHOS encontré El leproso del novelista de La Antigua Méndez Vides. Narra el retorno definitivo del Canche Chávez a su barrio de chabolas en Guatemala diez años después de haber emigrado a Los Ángeles en busca de la fortuna que no tenía.
Chávez se había marchado para ser diferente y ahora, probablemente por la combinación del trago con el aire frío, se mostraba fatuo, diciendo que todo era malo, que sus envidiables ropas eran un espejismo (…)
Mientras, el volcán Pacaya sigue escupiendo humo y lava frente a la ciudad. Un atardecer anaranjado, José María, Marialis y Marcela me acompañan a verlo desde la plaza Berlín; allí descubro tres altos bloques de hormigón que pertenecieron al muro que separó Alemania durante más de veinte años. “Algún día regresaré a Berlín” – nos comentó Raúl durante la cena-. “Viví un tiempo hermoso e intenso cerca del check-point Charlie, en esa época.”
Retornos y reencuentros. Como escribió Fitzgerald al final de El gran Gatsby, “somos como barcos navegando contra-corriente, devueltos contantemente al pasado”. Quizás el truco esté en dejarse mecer en el mar del pasado con la experiencia del presente, para descubrir nuevos matices.
P.S. Ayer Raúl de la Horra publicó en su columna habitual de El Periódico de Guatemala (Follarismos) una buena anécdota que contó en esa cena – Huevos
En uno de los humanísimos cuentos de Quim Monzó titulado Con el corazón en la mano, una pareja que se compromete en la noche de Fin de Año, y establecen el siguiente diálogo:
“ – Seremos totalmente sinceros uno con el otro. Nunca nos mentiremos, bajo ningún concepto ni con ninguna excusa.
– Una sola mentira seria la muerte de nuestro amor.”
Me acordé de este breve cuento de dos páginas de El porque de las cosas mientras veía la última película de David y Tristán UlloaPudor, basada en el libro homónimo del peruano Santiago Rocangliolo. Se trata de poner a la vista de todos la compleja telaraña de sentimientos no manifestados y pensamientos secretos de los distintos miembros de una familia cualquiera, un matrimonio con una hija adolescente y un hijo adoptado que convive con el padre de ella, al que se le murió recientemente su esposa. Una serie de situaciones límite se alimentan de esa incomunicación que es fruto de la voluntad de no querer herir a quienes nos rodean pero cuyo resultado es una madeja cada vez más enredada.
Nuestro cerebro procesa la ingente cantidad de datos que le llegan constantemente del entorno; eso significa que, a las posibles inexactitudes de la percepción, sistemáticamente le añadimos una interpretación modulada por experiencias anteriores, por nuestro deseo sobre cómo quisiéramos que fueran los acontecimientos o la voluntad –consciente o no– de minimizar lo que tememos o lo que nos produce dolor. El resultado de este proceso es nuestra “realidad”, nuestra “verdad”, que no siempre coincide con la de quienes tenemos cerca.
Justo esa semana había leído la deliciosa columna semanal del agudo verbívoro Màrius Serra en La Vanguardia, donde explica un divertido caso de mal uso de la información –en este caso de Internet–, que llevó al traductor de un libro del colectivo catalán “Hermanos Miranda” a colocar en la solapa que el libro original estaba escrito por… la primera entrada que encontró en Google al buscar este nombre: los hermanos hondureños Marcelino y Leonardo Miranda, dirigentes indígenas condenados a penas de cárcel…