En medio de los gritos que redoblaban su fuerza y su duración, que repercutían hasta el pie de la terraza, a medida que los ramilletes multicolores se elevaban en el cielo, el doctor Rieux decidió redactar la  narración que aquí termina, por no ser de los que se callan, para testimoniar en favor de los apestados, para dejar por lo menos un recuerdo de la injusticia y de la violencia que les había sido hecha y para decir  simplemente algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio.

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Al final de La Peste, Albert Camus hace una reflexión sobre la humanidad de los seres humanos y se muestra optimista en la posibilidad de redención, a pesar de las dificultades que se encuentran en el camino. Una reflexión interesante en tiempos de crisis, crisis económica, pero sobre todo crisis de valores esenciales, como de pérdida del norte o de desconcierto generalizado.

En estos días, con un Mundial a punto de empezar en Sudáfrica, quizás sea el momento de recordar una vieja palabra africana que define un espíritu y una manera de ser. Una “palabra-maleta”, como quizás la clasificaría Màrius Serra, que incluye concordia, humanidad, perdón y, especialmente, esta voluntad de avanzar conjuntamente que permitió, de la mano de Nelson Mandela o de Desmond Tutú, que Sudáfrica superara la demencial política del apartheid.

Y, empujado por mi amigo, mi editor, por Jordi Nadal, me lancé a escribir Ubuntu – El triunfo de la concordia.

Con este libro que saldrá la semana próxima, también empieza una nueva página web, con dos blogs independientes, complemento de estos escritos.

Si tenéis curiosidad, os invito a echar un vistazo a: Filosofia Ubuntu.

Nos seguimos viendo aquí o allá, con historias del mundo, siguiendo aquella máxima de Publio Terencio: Homo sum, humani nihil a me alienum puto, «soy humano y nada de lo que pertenece al hombre me resulta ajeno».

¡Gracias!

Sabemos sí que el milenio entero estará hecho de instantes, que nuestras vidas, frente a la eternidad del mar o los volcanes, son un instante al que debemos entregarnos sin reticencia, ávidos y esperanzados como peces, como amantes, como niños que apernas hace poco lo eran.

Mirando el cráter

La escritora mexicana Ángeles Mastretta habla a menudo de volcanes; lo hace, también, en El cielo de los leones, donde recuerda la convivencia de los dos tiempos, el eterno tiempo geológico y el efímero tiempo humano. Resulta que un volcán islandés está causando un caos en el transporte en media europa desde el viernes pasado… pero otro volcán cercano entró en erupción un buen día del año 1783 y estuvo activo durante ocho largos meses, una erupción que, en aquella ocasión fue devastadora para la isla.

Esta mañana leía una de las excelentes crónicas que Rafael Poch escribe para La Vanguardia; en esta ocasión, el autor recordaba otra erupción, en este caso del volcán indonesio de Tambora en 1815, que mandó a la atmósfera una nube similar que llegó hasta Alemania. Goethe recogió el acontecimiento, y el pintor Caspar David Friedrich plasmó en el cielo de su cuadro El puerto de Greifswald.

Trataba de recordar algunos libros que he leído donde los volcanes están presentes de un modo u otro. Quizás el último (y ya hace unos años de eso), cuando visité la isla de Lanzarote y aproveché para leer Lanzarote de Michel Houellebecq, en una edición francesa que incluís fotografías del autor hechas allí; entre la trama, Houellebecq incluye las crónicas de un sacerdote isleño que narra una erupción que tuvo lugar en el siglo XVIII. Pero está el Viaje al centro de la tierra de Verne, la omnipresencia volcánica de la maravillosa, onírica y etílica Bajo el volcán de Lowry, y unas cuantas novelas, poemas y crónicas nicaragüenses, como el Mombacho de Gioconda Belli  y, claro, el Castigo divino de Sergio Ramírez, una sólida novela que leí con placer tras la insistencia de mi amigo Edgar, quien en más de una ocasión me ha acompañado a ver las fumarolas del volcán de Masaya, cerca de su casa.

Momento curioso, el que está provocando la erupción del volcán que está bajo el glaciar Eyjafjalla (Eyjafjallajokull), momento para analizar qué sucede con la globalización, qué pasa cuando falla el transporte aéreo, hasta qué punto nos hemos vuelto dependientes de la electricidad y la gasolina, hasta dónde llega la insolidaridad, hasta qué punto ya no sabemos valernos por nosotros mismos. En Cataluña ha habido un par de apagones eléctricos prolongados en los últimos años, y ya se ha visto el caos que originan; ¿qué puede suceder si la nube de ceniza dura ocho meses, como ya pasó en el siglo XVIII (o sea, ayer, en tiempo geológico)? Quizás nos daremos cuenta de que hoy, globalizados, somos más inválidos desde el punto de vista humano que entonces.

Enlaces de interés:
Ágeles Mastretta – Blog

Rafael Poch: Goethe y el Tambora

Michel Houellebecq – Lanzarote

¿Cuando se conoce una ciudad? O, quizás, ¿cuándo llegamos a conocer algo -o a una persona, o a nosotros mismos-?

patio

Viajé hasta Oviedo invitado por Tribuna Ciudadana para dar una conferencia sobre El valor de la risa en la vida cotidiana. Mi anfitrión fue Alfonso Barredo, y tuve la suerte de que se comportase como tal: aprovechando el sol de primavera a media mañana del viernes, estuvimos paseando por el casco antiguo de la ciudad durante un par de horas y sin rumbo definido, en la que nos deteníamos aquí y allá, tanto para admirar algún detalle de los edificios restaurados, como para hacer mayor énfasis en algún aspecto de la conversación u, ocasionalmente, para responder alguna de las llamadas de radios locales que querían saber de qué iba a hablar esa noche.

Revisitar una ciudad suele ser un placer, porque el ejercicio de recordar (o desempolvar caminos neuronales por los que hacía tiempo que nadie circulaba) con el placer de descubrir lugares nuevos (o que, por lo menos, no recordabas en absoluto). Así fue como Alfonso me llevó al edifico histórico de la universidad; había estado en otras ocasiones en el claustro, presidido por la estatua de su fundador, Fernando Valdés Salas, Inquisidor General (a menudo la vida tiene este tipo de incongruencias).

Alfonso me dijo: “Espera, te voy a enseñar un rincón maravilloso que pocos ovetenses conocen”. Y así fue como me condujo a una puertecita que queda en una de las esquinas del claustro por la que llegamos a un pasillo con arcos que dan a un jardincito interior, silencioso y protegido del sol por la sombra jaspeada que proporcionan las hojas de unos árboles de tronco robusto. La ciudad silenciada por la solidez del propio edificio, en aquél rincón escondido, sólo se escuchaban algunos pájaros confiados por la tranquilidad del lugar y el sonido refrescante de una fuentecita junto a un busto de la reina Isabel II. Caminamos unos pasos por un sendero de gravilla entre parterres cubiertos por un césped verde y refrescante hasta alcanzar una placa donde hay grabado un fragmento del poema Empleo de la nostalgia de Ángel González:

Amo el campus

universitario,

sin cabras,

con muchachas

que pax

pacem

en latin,

que meriendan

pax, pasa, pan

con chocolate

en griego,

que saben lenguas vivas

y se dejan besar

en el crepúsculo

(también en las rodillas)

y usan

la coca-cola como anticonceptivo.

Ah las flores marchitas de los libros

de texto

finalizado el curso

deshojadas

cuando la primavera

se instala

en el culto jardín del rectorado

por manos todavía adolescentes

y roza con sus rosas

manchadas de bolígrafo y de tiza

el rostro ciego del poeta

transustanciados en un olor agrio…

Enlaces de interés:

Fernando Valdés Salas – Inquisidor que fundó la Universidad de Oviedo

Wikipedia: Ángel González

En el tiempo de la navegación a vela, a bordo siempre viajaban carpinteros, (…) imprescindibles en caso de avería o si se torcía un palo. Y siempre había disputas entre el patrón y el jefe de los carpinteros. El patrón pretendía ir más de prisa y probar la resistencia de los palos. El carpintero, en cambio, prefería ir más despacio, tener cuidado del barco para que llegase a puerto entero.

móns

En el aeropuerto, antes de salir hacia Bogotá, encontré un libro con un título extraño que me despertó la curiosidad: Bilbao – New York – Bilbao del escritor Kirmen Uribe. La novela, una especie de caleidoscopio absorbente, habla sobre la vida en los pueblos pesqueros del norte y también habla de vidas -de vidas truncadas, de vidas exiliadas, de vidas felices y, simplemente, de vidas-, narradas por el propio escritor durante un viaje aéreo de Bilbao a Nueva York vía Frankfurt para participar en un acto literario.
Decidí comprar el libro ante la duda de si el que llevaba iba a durarme todo el camino, y acabé leyendo la novela de Kirmen completa en el tramo de París a Bogotá en un Airbus de Air France, con perdón por la redundancia. La primera página contiene una imagen bonita: al igual que los árboles, los peces poseen unos anillos diminutos en las escamas que indican su edad; sin embargo, al parecer los anillos de los peces muestran una marca que aparece en invierno, en época de penuria, cuando el pez no come. Escribe:

Igual que los anillos de los peces, los momentos difíciles nos van marcando nuestras vidas, hasta convertirse en la medida de nuestro tiempo. Los días felices, en cambio, pasan deprisa, demasiado deprisa, y enseguida se desvanecen.

Las velocidades del tiempo, de las que hablaba en otro post.

Mientras iba pasando páginas con avidez y aprendiendo cosas sobre la vida en Ondarroa, en el otro lado del pasillo había una pareja sentada con una butaca libre entre los dos. Él, con rasgos orientales, aparentemente más joven que ella, ambos bien vestidos, aunque con el tipo de ropa que no llevaría nunca. Pensé -en aquellos diálogos neuronales que uno tiene cuando viaja solo y observa-: “Deben trabajar en el mundo de la moda”. Y mi sospecha se vio confirmada poco después, cuando pusieron sobre el asiento libre que había entre ellos media docena de pesadas revistas de papel couché, sin duda compradas en el aeropuerto de París. Vogue, Harpers Bazaar, etc.

Lo curioso vino veinte minutos más tarde: tanto él como ella iniciaron un ejercicio que consistía en pasar deprisa las hojas de las revistas que habían leído y arrancar páginas que colocaban cuidadosamente dentro de una bolsa de plástico. El ruido repetitivo “ras, ras, ras” de ambos, imponía un ritmo extraño en medio del psedosilencio de los motores a velocidad de crucero amortiguados por la modorra post-prandrial. Pensé que recortaban anuncios o fotografías de vestidos y zapatos que, quién sabe, les servirían de inspiración para su próxima colección primavera-verano; hasta aquí, nada extraordinario.

Lo extraordinario es que, mientras el ruído de las páginas arrancadas me iba golpenado el tímpano derecho, llegué a la página 56 de la versión catalana de la novela, justo donde Kirmen escribe:

(…) el hombre sentado a mi lado sacó unas revistas de la bolsa. Eran revistas de moda. Abrió un ejemplar y empezó a rasgar las páginas. Además, lo hacía con mucha fuerza. Y se pasó todo el vuelo así. Arrancando páginas y páginas de las revistas (…)

Sin duda, de haber estado leyendo la novela en un e-book, hubiera pensado que mis dedos habían tocado alguna zona de la pantalla y que me había desplazado a una meta-página situada en cualquier lugar del limbo de Internet, un bucle intrigante entre la realidad y la ficción. Los neurólogos lo catalogarían como un dejà vu atípico; algún crítico literario aprovecharía para hablar del realismo de Kirmen uribe; yo simplemente pensé que es bonito viajar y leer.

Enlaces de interés:

Kirmen Uribe – Wikipedia

Bilbao- New York – Bilbao: reseña en El placer de la lectura

En la guerra he aprendido una cosa: cuando se toman prisioneros y se interroga a los soldados del bando contrario, siempre, siempre, siempre, se repite la misma pauta, el mismo modelo: al soldado se le ha preparado para que lo ignore todo sobre su enemigo. El enemigo, el otro, es para él algo abstracto. Y en el momento en que se empieza a conocer al otro, se empieza a hablar, se pierde la motivación por la lucha.

Dialogo

Esta es una de las frases que subrayé del imprescindible puzzle que la traductora de Ryszard Kapuscinski recopiló en El mundo de hoy. Da pistas sobre el porqué de los prejuicios o sobre por qué uno hombre mata a otro en la absurdidad de una guerra.

Recuperé esta frase cuando escuché en la BBC un podcast que describía la iniciativa Human Library y el proyecto de los “libros vivos”, una iniciativa danesa que sostiene que cuando tienes la oportunidad de hablarcon una persona, a menudo los prejuicios que puedas tener, desaparecen. Uno de los primeros carteles de la iniciativa decía, simplemente: “No juzgues un libro por la cubierta“.

Precisamente ayer, la directora de un instituto me explicaba el drama de un alumno que, tras confesar su homosexualidad a sus padres, se enontró con una reacción desmesurada originada por el temor, la incertidumbre, el qué dirán (los demás) pero, sobre todo, por el prejuicio, por el aspecto de la tapa del libro y no de su contenido, vaya.

Y el problema es que esta época de la cultura de la información en píldoras y diálogos en post-it, no ayuda demasiado. La percepción, los miedos, la individualidad y la compleja dinámica de grupos nos conduce a los prejuicios, a juzgar a primera vista sin ni siquiera tener demasiado interés en profundizar. Y una vez puesta la etiqueta, cuesta revertir el proceso. Quizás ser humano consista en eso, en discernir por qué actuamos como lo hacemos, en identificar emociones y utilizar tanto como podamos esa capacidad definitivamente humana que es poder hablar, entablar diálogos que pueden hacer florecer nuevas emociones.

Por cierto, un buen libro que no conviene dejar escapar: Heroes cotidianos de Pilar Jericó. ¡Cuántos prejuicios se deben al miedo que tenemos!

Enlaces de interés:

Kapuscinski en Anagrama

Human Library y los libros vivos

Pilar Jericó – Heroes cotidianos


Indudablemente aquí hay algunas cosas que no vio, pero las sabe de hombres dignos de ser creidos y citados. Por eso presentaremos las cosas vistas como vistas y las cosas oídas como oídas.

La nevada 2010

Así empieza Marco Polo su Libro de las Maravillas, donde los ojos del viajero -precisamente por encontrarse en un lugar distinto-, hacen ver la rutina y lo cotidiano como excepcional, distinto o curioso.

El reto de verdad es saber ver lo que nos es familiar con una mirada nueva, fresca. El reto de verdad es volver a mirar lo que vemos cada día y descubrir detalles curiosos. A veces, lo excepcional, como esa nevada inesperada en Barcelona a comienzos de marzo, regaló oportunidades a quien, ante la imposibilidad de luchar contra los elementos, acepta el reto y juega con ellos.
red roof

Juan no podía apartar la vista de las llamas. Salían de la tierra como debían de haber salido en ese mismo lugar muchos siglos atrás, causando el asombro y el terror de quienes lo veían.

Yanar Dag

A una veintena de kilometros de Bakú se encuentra Yanar Dag (la montaña de fuego), una colina de barro que, si te acercas a ella al anochecer, fácilmente caes en el embrujo de las llamas que salen de la tierra, pacíficas y aparentemente domadas. Khuraman y Nayim me acercan a ese lugar mítico de Azerbayán el viernes por la tarde, pocas horas antes de partir.

Desde el punto de vista geológico, el fenómeno tiene poco de sorprendente: el gas acumulado en la parte superior de las inmensas bolsas de petróleo que oculta la península de Abseron, se filtra por las zonas agrietadas y más débiles de las capas geológicas y, en contacto con la atmósfera, arde de forma natural.

Dicen que hay descripciones del lugar fechadas a comienzos de la era cristiana, y Al-Masuri y Marco Polo dejaron constancia de su existencia en sus libros de viajes. Por eso, quizás lo más sorprendente es imaginar los albores de la humanidad, cuando algunos nómadas llegaron a estas montañas del Cáucaso -quién sabe si atraídos por el resplandor de las llamas en una noche cerrada-, y contemplaron ante sí algo que quizás era difícil de encontrar o de tener: luz en la época de tinieblas, calor en la era del frío, fuente de cocción que ayudó a dar sabor a los alimentos… como en la vieja película de Jean-Jacques Annaud, En busca del fuego.

En la novela Seda negra de Rafael Dezcallar, uno de los personajes explica al protagonista que durante la II Guerra Mundial trataron de apagar si éxito este fuego eterno para evitar que pudiese servir de guía a los bombarderos durante la noche. Azerbayán, tierra de fuego según la etimología, de contiendas entre etnias, tiene el Mugham como música característica. Sin embargo, algunos autores cultivaron la llamada “música clásica”, como este Azerbaijan Capriccio de Fikret Amirov, que en la versión siguiente dirige el joven Fuad Ibrahimov. Vale la pena escuchar la animosidad y el brío de algunos pasajes, buen espejo de su historia y de su gente.

Ya se habrá dado cuenta de que casi siempre hace viento en Bakú. Etá situada sobre una península llana y estrecha, y el viento del mar la atraviesa sin dificultades. Maiakovski la llama en un poema “ciudad del viento, ciudad abrazada, ancha de grasa sobre la chaqueta de este mundo”.

Waiting for Steve Jobs

Cuatro mil kilómetros, seis horas de vuelo más las esperas en Barcelona y Estambul por delante. Decido llevarme la novela Seda Negra de Rafael Dezcallar, diplomático de carrera con largas estancias Moscú, que sabe urdir con elegancia una buena trama en estas aguas del extraño y explotado Mar Caspio.

Mientras voy hacia el aeropuerto percibo los efecto de la afluencia a la feria internacional de telefonía móvil de Barcelona (Mobile World Congress), incluidas largas colas para registrarse y mucho movimiento en el área de llegadas de El Prat, especialmente personas portadoras de carteles con los nombres y apellidos.

Tengo especial curiosidad por los esperadores de aeropuerto. En el año 1997 escribí un cuento titulado Suplantació que ganó el premio valenciano Vila de Mislata, donde alguien se hace pasar por la persona a la que espera una bella mujer, y que no termina precisamente como el suplantador esperaba que terminase la historia.

Hace un par de semanas vi dos carteles curiosos. Un hombre llebava un cartel de “Susan Ellis” y otro de “Husband Ellis”, como si el (supuesto) esposo de la tal señora Ellis llevase por nombre de pila Husband.

Ayer, en cambio, me encontré con dos chicas, una rubia y otra morena, que llevaban cada uno un cartel con el mismo nombre: Steve Jobs, el conocido directivo de Apple, gran comunicador, por cierto.

Y entre cabòries (“Promenades neuronales”, como si dijésemos), pasé las casi dos horas de retraso del vuelo a Estambul, tiempo suficiente para que el tiempo de conexión se redujera a un suspiro que me dejó sin maleta.

Y en estas ocasiones uno se da cuenta de la importancia de lo esencial y la inutilidad de lo superfluo. También en la vida. Y consten estos paseos neuronales, la música y otras formas de goce, en el haber de lo esencial.

El otro día lloré; me sentía estúpida.
¿Sabes qué?… ¡A la mierda el otro día!
Por algo Dios o quién sea hace días nuevos. Todavía tengo hambre (…)

Posta de sol

La escritora californiana Sapphire publicó Push en 1996; la novela ha recibido numerosos reconocimientos, pero sin duda se ha visto catapultada por la versión cinematográfica titulada Precious dirigida por Lee Daniels.

Para esta madre adolescente de Harlem que convive con un entorno familiar violento, degradante y opresivo, el nuevo día trae consigo la posibilidad de escoger, la posibilidad de salir adelante, la posibilidad de cambiar…

El castillo de arena se derrumbó porque vino una ola inesperada y más fuerte que las demás. Hay la opción de rendirse o de intentarlo de nuevo. Si uno escoge esta última, además, tiene la opción de levantarlo exactamente igual, o bien protegerlo con un muro de piedras o reconstruirlo un poco más lejos del agua. La capacidad de integrar una vivencia dura para avanzar. Si no es así, si no hay reflexión e integración -o sea, aprenadizaje-, el nuevo día será igual que el anterior, igual que el siguiente.

He pensado que la población mundial lee mucho más de lo que reflejan las estadísticas: los textos de los envases de los productos manufacturados.
Por eso he pensado en los contenedores de basura como verdaderas bibliotecas (…)

La nueva biblioteca

Me acerqué a Nocilla Dream de Agustín Fernández Mallo con curiosidad y sin esperar nada especial, aunque había leído por ahí el adjetivo “rizomático” aplicado a su trilogía, a sus historias. Me engancharon las imágenes sugerentes que se sucedían una tras otra, a velocidad casi de anuncio de televisión. Imágenes que sólo un poeta físico o un físico poeta es capaz de imaginar.

Y siguió Nocilla Experience, un intermezzo que sirve para abrir la cortina de terciopelo a Nocilla Lab, un delirio austeriano narrado a ritmo de hip-hop, una historia de soledad en una isla al sur de Cerdeña con un bar que recuerda a otro bar que, al parecer, está en las Azores. Da gusto descubrir a un autor que no conocías y, sobre todo, dejarte llevar por el hilo (rizomático) de las historias que te cuenta.

Y por aquél azar (¿será el de la música de Auster, libro que hace de personaje secundario en Nocilla…?), justo al terminar de leer este delirio, recibo el mensaje semanal con el contenido de la revista digital de poesía La Nausea -editada por Marian Raméntol y Cesc Fortuny, poetas, igual como lo es Fernández Mallo. ¿Post-poetas, también?

En el número de esta semana de La Nausea encuentro un texto de Ricard Desola titulado: “El mundo como ciudad y la ciudad como mundo”, una sugerente reflexión sobre el cosmopolitismo activo -quienes se desplazan para conocer mundo (con la mente abierta y llenos de curiosidad, personas normalmente con ciertos medios económicos que, a la vuelta, regresan a su circulo más o menos selecto, más o menos culto)-, en contraste con el cosmopolitismo pasivo -entendido como el conjunto de personas que, mediante la inmigración, convierten en cosmopolita un lugar determinado.

¡Qué satisfacción, cuando te das cuenta de que, a pesar de tantos datos y de tantos titulares, aún quedan personas que, al contrario del borgiano Funes, el memorioso, todavía piensan y, con sus ocurrencias, nos hace pensar a los demás!

Enlaces de interés:
El hombre que salió de la tarta – Blog de Agustín Fernández Mallo

La Nausea – El mundo como ciudad… (texto completo)

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