#46664

Tenemos que atrevernos a buscar el cómo, el porqué y el para qué estamos de acuerdo. De este modo, podremos buscar juntos soluciones alternativas y nuevas maneras de gestionar los retos del mundo. Ser diversos es nuestra riqueza, actuar unidos será nuestra fuerza.
Federico Mayor Zaragoza

46664 - ubuntu

Ayer a las diez y media de la noche recibí un mensaje en mi teléfono. Era Marçal Sarrats, periodista del programa Hora 25 de la cadena Ser, que presenta Àngels Barceló. Por él me entero de que hay intensos rumores sobre el fallecimiento de Nelson Mandela, algo que se confirmó unos minutos más tarde.

El 5 de diciembre de 2013, a los 95 años y tras unos meses en los que su salud se había ido deteriorando, se anunció la muerte. El fundador de nuestra nación democrática, se ha ido; con estas palabras, el presidente Jacob Zuma iniciaba un breve discurs que se difundiría rápidamente a través de las redes sociales (el vídeo, aquí). En julio de 2010, coincidiendo con el Mundial de Sudáfrica, tuve la oportunidad de reflexionar un poco sobre la figura de Mandela y, sobre todo, acerca de la filosofía Ubuntu, una manera de pensar que le ayudó a lograr la victoria en su incansable lucha contra el apartheid, contra la segregación, contra el odio. Por este motivo, en las últimas horas he recibido varias llamadas de algunos medios pidiéndome que explicase alguna cosa sobre Nelson Mandela. Desde el conocimiento lógicamente incompleto de su persona, y sin haber tenido la oportunidad de hablar con él, me preguntaban qué destacaría de su figura. Mi respuesta siempre es: lo que significa 46664.

En Robben Island, igual que en otras cárceles, las personas no se llaman por el nombre, sino por “su” número, el que les otorgan cuando entran. Es una manera más de marcar diferencias, de ejercer presión psicológica sobre el condenado. Nelson Mandela era el preso 466 del año 1964, de ahí el 46664. Los larguísimos años pasados en reclusión, especialmente cuando se encontraba en Robben Island, en una celda de reducidas dimensiones, fueron para él los años de aprendizaje que tiene todo líder.

El neurólogo Oliver Sacks escribió el ensayo To see and not to see (aquí) y habla sobre un paciente del oftalmólogo Alberto Valvo, que dijo: “One must die as a sighted person to be bom again as a blind person” y afirma que lo contrario también es cierto y aplicable a la vida: “uno debe morir ciego para renacer como una persona que ve, una metáfora que se puede aplicar a la transformación de las personas. Por lo que he leído y por lo que he comprendido de Nelson Mandela, Robben Island, su etapa como Sr. 46664, fue precisamente ese partir de la ceguera para volver viendo (y apreciando el hecho de ver).

Dicen que tantos años en una celda diminuta para una persona apasionada, emocional e impetuosa (además de físicamente grande), supusieron el aprendizaje de la contención. Y esto, sobre el poso ancestral de la cultura xhosa, su tierra, su tribu, dio como resultado este momento maravilloso que propició la búsqueda de la concordia, potenciar los puntos de acuerdo, los objetivos comunes, antes que ahondar en los aspectos que diferencian.

Y en estos momentos, muchos no podemos dejar de preguntarnos dónde se quedó esa idea ubuntu que debería tener cualquier colectivo humano. Respetar las diferencias y poder discutir las cosas de tú a tú, al mismo nivel.

Enlaces de interés:
John Carlin: “Muere Nelson Mandela, el hombre que liberó a la Sudáfrica negra
Xavier Aldekoa: Muere Nelson Mandela
Àngels Barceló: Hora 25 – Muere Nelson Mandela

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Zoom out!

Nunca se puede saber de antemano de qué son capaces las personas, hay que esperar, dar tiempo al tiempo, el tiempo es el que manda, el tiempo es quien está jugando al otro lado de la mesa y tiene en su mano todas las cartas de la baraja, a nosotros nos corresponde inventar los encartes con la vida, (…)

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De vez en cuando toca revisar recortes,artículos y algún periodico viejo que quedó en el desván (que, en mi caso es el sótnao), reciclar lo que no interesa y clasificar lo que puede servirme cuando escriba cualquier cosa. Es una tarea que hago periódicamente, quizás cada año y medio o dos años, y de la que acostumbro a hablar en el blog. Es un tarea que, además, permite hacer un ejercicio de visión panorámica, algo muy saludable en este mundo en el que estamos acostumbrados al zoom excesivo y constante, al detalle del detalle que, en realidad, no nos deja ver más allá de la superficialidad. Leer periódicos y noticias antiguas te permite hacer un sano ejercicio de zoom out desde el futuro, conociendo el desenlace de los interrogantes y las suposiciones.

A dos años vista, ves el plumero a muchos gurúes, te das cuenta de lo mentirosos que son políticos, reinadores y banqueros (así como de la impunidad de la que gozan todos ellos), y puedes seguir las supuestamente oscuras tramas de la corrupción como si fuesen iluminadas autopistas. A dos años vista, ves que el sistema económico y el derrotero social que existe en una parte del Globo, no funciona y está abocado al colapso. A dos años vista te das cuenta, también, que estamos saboteando el planeta, como si la especie humana hubiese entrado en una espiral de malsana autodestrucción.

Fue leyendo noticias pasadas cuando recordé la frase del comienzo de esta entrada, que escribió José Saramago en el Ensayo sobre la ceguera.

Un día escuché una entrevista en la radio; para ser más preciso, iba en coche por una zona de túneles y con mala cobertura, de modo que sólo escuché unas frases, pero las recordé. Creo que era el historiador de medios de comunicación Román Gubern, aunque no estoy seguro, y hablaba sobre los argumentos universales de la ficción. Perdonad la inconcreción, pero sólo logré captar lo siguiente: “(…) los seres humanos queremos saber: por qué lo hizo, cómo lo mató y, sobre todo, quién se la folla”. Viendo las noticias por el retrovisor, te das cuenta de que los argumentos son también válidos más allá de la ficción: dinero, engaño y sexo.

Como dice DJ Davis en una escena de Treme, “Vuelven unos pocos más cada día y, aunque las cosas no vayan como deberían, aunque nos lo pongan complicado, ¿dónde íbamos a ir, sino?, ¿quién nos acogería? ” . Sólo que en ese momento, pone la canción Wrap your troubles in dreams (and dream your troubles away). Lástima que para algunos de los problemas actuales no hay papel celofán suficientemente grande para envolverlos y mandarlos a paseo. Ya no valen ni la ingenuidad ni la indignación; es la hora de la creatividad y de la reacción.

Bueno, pero para contrarestar esta entrada algo pesimista… Accentuate the positive!:

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La memoria

Creig: Son como ruinas de la antigüedad… Ahí estaba el Jaegger’s, Fitzgerald’s, Bruning’s (los dos, el nuevo y el original, que ya quedó destruído con el huracán George). Era el tercer restaurante más viejo de la ciudad, después de Antoine’s y Tujague’s, 1859; en aquellos tiempos era un cabaret con máquinas tragaperras, bailarinas, toda clase de vicios. Ahí estaba la pasarela al hotel Bruny, el de Querido Detective.
Sofia: “¡Hola guapo!”
Creig: “¿Cómo vas, nena?”. Y también daba al Sid-Mar’s.
Sofia: ¿Dónde estaba el Sid-Mar´s?
Creig: ¿Ves esa bomba de agua?… Desaparecido. Uf! Como si no hubiera existido.
Sofia: Da un poco de miedo.
Creig: Sí. Es bueno venir por aquí a ver la destrucción. Es bueno salir de la Isla de la Negación de vez en cuando para recordar que gran parte de la ciudad sigue destrozada.
Sofia: Lo sé, pero…
Creig: Mañana, Mardi Gras, el gran martes. ¿Te sabes la fecha exacta?
Sofia: 28 de febrero
Creig: Seis meses casi exactos. Seis meses. Y vamos a disfrutar como sabemos, bailar como si no hubiera un mañana, celebrando el mardí gras sobre las ruinas de la ciudad de la luna creciente. ¡Y hacemos bien! Pero es bueno tener esto en cuenta.
Sofia: Lo sé.
Creig: ¿Te estoy agobiando, eh?
Sofia: Un poco, sí.
Creig: Vamos a ver desfiles.

mirando la historia

En uno de los últimos episodios de la primera temporada de la serie Treme, Creighton Bernette (interpretado por John Goodman) se lleva a su hija Sofia (India Ennenga) a la orilla del lago Pontchartrain medio año después de la tragedia desencadenada por el paso del huracán Katrina por la zona y la secuencia de fallos encadenados en la gestión del desastre, en las infraestructuras, en el apoyo a los afectados y en la reconstrucción de la nueva ciudad. En un paisaje todavía desolado, un Creig sumido en la depresión muestra a su hija dónde estaban los mejores restaurantes de la zona antes de la inundación. Me llamó la atención el diálogo que mantienen la víspera del martes de carnaval y la recomendación de divertirse para ayudar a salir adelante, sí, pero también teniendo la entereza de salir de lo que define como la “isla de la negación” para no olvidar… En otras palabras, para tratar de no caer de nuevo en los mismos errores del pasado.

El otro día, mientras hacía un tramo de la autopista entre Figueres y Barcelona, me pareció que “faltaba algo”. Tuve que volver a hacer ese trayecto bajando de Burdeos, y volví a tratar de encontralo. En vano. Desde pocos meses antes de los Juegos Olímpicos de 1992 en Barcelona, en el kilómetro 92 de las distintas autopistas que llegan a la ciudad Condal pusieron un cartel que, a la par que indicaba la distancia hasta la capital, hacía las veces de recordatorio de un evento deportivo que, para la ciudad, supuso muchas cosas, tanto desde el punto de vista social, como político, económico y de infraestructuras. No supe ver el cartel “Barcelona- 92″ en la zona cercana a Girona, aunque sí había otros insulsos indicadores como “Barcelona-96″ y “Barcelona-86″ (o alguna cifra parecida). El símbolo se perdió. Una oportunidad menos de reactivar el recuerdo de algo que marcó en parte la ciudad actual.

Hace un par de semanas encontré una nota curiosa en un periódico. Explicaba que, durante la remodelación del Congreso de los Diputados en Madrid, desaparecieron algunos de los impactos de bala que recordaban el 23-F, la larga noche del 23 de febrero de 1981, cuando hubo un intento de golpe de estado que nos tuvo en ascuas a unos cuantos. Según la crónica (aquí) , a alguien se le ocurrió sustituir la memoria por una anodina rejilla de ventilación.

Los símbolos que de vez en cuando despiertan el recuerdo son importantes, especialmente en momentos como el actual, cuando muchas cosas tienen un inevitable hedor a pasado, tiempos en los que parece que suframos una amnesia colectiva mezclada con una pereza enorme que nos impide reaccionar frente a la intransigencia, frente la pérdida de valores, frente a la corrupción, frente al arrebatamiento de derechos ganados a lo largo de generaciones. Aunque las “islas de la negación” son muchas y tentadoras y adictivas, habría que hacer el esfuerzo para salir de ellas de vez en cuando. Para que no regrese el blanco y negro.

Por suerte, los tiempos modernos tienen algo de “Imborrable” (gracias, Juan Cruz -gran columna aquí).

(Y hoy con la camiseta verde de Les Illes #noaltil)

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Azufre

No te creas que todos tienen las manos limpias, tal como juran y perjuran. No hay dios, ni en Vigata ni en ninguna parte que no corte el azufre de segunda con azufre de tercera e, incluso, de cuarta. Si tienes veinte mil cahízes en el almacén y eres experto, y te sabes espabilar y los cortas bies, estos veinte mil se convierten en quarenta mil y los podrás revender como te parezca. Pero sigue siendo azufre, más ordinario, claro, pero todavía es azufre y tiene un precio. Un día de estos me acordé de la tierra amarilla de Termini Imerese. ¿Sabes cuál es? Fui expresamente allí, la miré y la volví a mirar; incluso me la pise en la boca. no lo diría ni dios: realmente es tierra, pero igualita al azufre, por su color, por su olor… todo. Puedes pedir que te traigan un par de vagones por cuatro perras. Sólo necesitas un buen químico, uno que sepa revolver, que sepa hacer las partes justas y haga una mezcla que no se vea.

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Aunque al prolífico Andrea Camilleri se le conoce mucho por la serie de libros que tienen como protagonista al comisario Montalbano, es autor de muchas otras novelas y relatos; de las que he leído, me gustan especialmente La concesión del teléfono y Un hilo de humo, dos historias cargadas de ironía en las que el autor utiliza el bisturí de las palabras para diseccionar la sociedad con la precisión de un cirujano. Su Vigata literaria es una ciudad de familias enfrentadas, familias con envidias, familias con venganzas pendientes que pasan de generación en generación. Personajes que maquinan, que traman, que urden. En su Vigata viven curas y criadas, ricos dueños de negocios a quienes respetan por temor a la venganza, mozos, hijos de ricos, alcaldes corruptos, alguna puta, las mujeres que están en su casa preparando la comida, y problemas irresolubles que son el hilo del relato. Problemas enormes, a veces.

En Un hilo de humo, Salvattore Barbabianca es un empresario del negocio del azufre que se ha hecho rico a costa de robar a media ciudad. Un buen día recibe la noticia de que un carguero ruso está en camino de Vigata para llenar la bodega de cahizes de azufre que ya le han pagado; sin embargo, el almacén de Barbabianca está vacío porque vendió el mismo azufre a otros compradores. Ante el pánico de la llegada del buque, empieza a llamar a todas las puertas de los comerciantes de azufre a quienes se ha pasado años menospreciando y engañando. Éstos, entendiendo que puede ser el anhelado fin del clan de los Barbabianca, se niegan a echarle una mano y, al pasar las horas, su alegría interior va aumentando hasta que (…)

El fragmento con el que he empezado esta entrada corresponde a uno de los primeros párrafos del libro. Lo tengo marcado porque, aunque la historia sucede a finales del siglo XIX y la novela fue escrita en 1980, es imposible no pensar en muchos de los acontecimientos de la historia reciente.

¡Demasiados!

Medicamentos que no tienen la eficacia que se afirma, alimentos adulterados y abuso de transgénicos sin declarar, inseguridad viaria por uso de materiales defectuosos, falta de indemnizaciones por accidentes o indemnizaciones misérrimas, precariedad laboral… y unos pocos que no dejan de llenarse los bolsillos cortando el azufre . Los Barbabianca de Vigata, para entendernos.

Gracias al agitador cultural Alfredo Llopico (su excelente blog aquí), siempre atento a los latidos del mundo del arte, he conocido a Isaac Cordal. Vale la pena echar un vistazo a sus montajes y la angustia que dejan esos señores liliputienses frente a la hostilidad del cemento.

Abajo, un vídeo de su instalación Follow the leaders. ¿Seguro que lo mejor es seguirlos? ¿O quizás sería mejor que empezásemos por ver quienes son líderes, por qué se les considera así y qué méritos objetivos ostentan?

Follow the leaders from Isaac Cordal on Vimeo.

Enlaces de interés:
Las minas de azufre de Sicilia
Andrea Camilleri (El País, 2008)
Isaac Cordal (página web)

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Mapa para tiempos revueltos

Since when -he asked
are the first and the last line of any poem
where the poem begins and ends?
Seamus Heaney

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Son días revueltos, llenos de amenazas y de contra-amenazas, de muertes innecesarias, de intereses inconfesos, de pruebas borradas, de armas que traspasan o no traspasan unas etéreas líneas rojas (¿acaso no son armas, todas, y se usan para matar?).

Si viviésemos en Grecia hace más de veinte siglos, algunos dirían que, acabados los héroes, es la era de los hijos de Eris, la discordia, entre los que se encuentran Pseudologos (la mentira) o Dysnomia (la ilegalidad). Algunos más, aquí. Entre los romanos, Pseudólogos se llamaba Mendacium que, por cierto, es el nombre que Dan Brown escogió para un yate de un personaje peculiar de su novela Inferno.

Entre papeles me encontré ese mapa, que es una carta de un restaurante de la calle Montalbán de Madrid que se llama (o se llamaba) Tristana. No lo encuentro en Internet, de modo que asumo que debió desaparecer en algún momento. Fue un obsequio del chef, cuando me invitaron allí hace ya más de 20 años. Al Mar del Odio, guardado por el Monte del Orgullo, se llega después de pasar por Perfidia, Maledicencia y Maldad. Busco en el mapa y me cuesta encontrar el Jardín de la Ética y el río de la Justicia. Quizás se les olvidó ponerlos o, simplemente, se encuentran en la Tierra Desconocida que todavía pocos se han aventurado a descubrir.

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Verano de mapas

Nunca había contemplado un objeto tan magnífico, tan lleno de emociones y sentido como este mapa Michelin a escala 1/150.000 de la Creuse, Haute-Vienne. La esencia de la modernidad y de la aprehensión científica y técnica del mundo se encontraba revuelta con la esencia de la vida animal. El dibujo era complejo y bello, de una claridad absoluta y utilizaba simplemente un código de colores restringido. Pero en cada una de las aldeas, de los pueblecitos representados de acuerdo con su importancia, se percibía el palpitar, la llamada de decenas de vidas humanas, de docenas o centenares de almas, unas destinadas a la condena y otras, a la vida eterna.

La ciudad intestinal

Hace un par de años leí La carte et le territoire de Michel Houllebecq; es esa novela que gira entorno a Jed Martin, el artista que se hizo famoso fotografiando mapas Michelin. Recordaba haber señalado el párrafo con el que he empezado esta entrada, porque me llamó la atención la reflexión del autor sobre qué es un mapa y qué es el territorio (la realidad, las personas que viven en él, sus problemas). Cuando marqué esta frase, estaba leyendo otro libro: Le dessous des cartes del programa de la cadena de televisión ARTE con el mismo nombre, en el que, a partir de los mapas, explican problemas políticos, intereses comerciales por territorios remotos, guerras… La tesis del programa está contenida en el título francés: “Debajo de los mapas” (más información aquí); vale la pena ver algun episodio en streaming para comprender la lógica de algunas cosas que, de otro modo, pueden parecer poco explicables.

Las vacaciones son tiempo de mapas, como una vía para empezar a comprender el territorio que visitas (o sea, su gente, su cultura, su gastronomía o su geología). Cerca de Sant’Angelo en la isla italiana de Ischia se encuentra un lugar llamado Bocca di Tiffeo, la boca del mítico gigante Tifón; se trata de una zona termal con fumarolas donde la arena de la playa llega fácilmente a los 100º C. Según la leyenda (incluida La Eneida de Virgilio), Tifón estaba sentado en Ischia, sus lágrimas calientes son las numerosas fuentes termales de la zona y su aliento, las fumarolas. Ischia se encuentra a pocos kilómetros del lugar donde se levanta el imponente Vesubio y cerca de otras islas igualmente de origen volcánico. Quizás disponer de un mapa geológico del sur de Italia ayudaría a comprender la interconexión entre el Vesubio, el Etna, las islas volcánicas, la secular tradición del termalismo y los frecuentes terremotos.

Antonio Guglieta nos invita a visitarle en Sperlonga; fue un día entrañable que comenzó caminando por la cueva de Tiberio y terminó en una larga caminada por el casco antiguo de la ciudad, centenares de casas y callejuelas de un blanco sucio (“el color de Sperlonga”, según el padre de Antonio) que se amontonan unas sobre otras para aprovechar el poco espacio intra-muros. Tomé la fotografía que hay más arriba porque ilustra lo que pensé mientras paseaba por ahí: es una ciudad “intestinal”, donde los callejones se repliegan sobre si mismos y las escaleras se cruzan tomando direcciones imposibles, como si uno se encontrase dentro de un dibujo de Escher. Dibujar un mapa mínimanente detallado de Sperlonga sin la ayuda de Google Maps, requiere la maestría de los cartógrafos románticos. Durante el almuerzo, unos deliciosos salmonetes a la plancha en la playa, Antonio me habló del último libro de Dan Brown, Inferno; me animó a leerlo porque en él se habla de una controvertida teoría que incluye mucho de reflexión sobre la ética de la ciencia, los avances, la genómica, la capacidad de detener epidemias… ¡pero también de crearlas! Pronto me encontré avanzando por la imaginación del autor y su detallado relato de Florencia, Venecia y Estambul, una especie de mapa de palabras bien puestas que hace que el lector recorra un submundo renacentista junto al profesor de simbología Robert Langdon y a la enigmática Sienna Brooks. Otro mapa más, en pocos días.

Pero no se acabó ahí. Antes de tomar el avión de regreso en Nápoles, entramos por casualidad en un antiguo palazzo de la Via Belledone a Chiaia; se trata de un majestuoso edificio que se reconvirtió en una vivienda con varias escaleras de pisos de alto techo que convergen en su magnífico patio. Entramos para ver el patio y enseguida salió el portero que no tardó dos minutos en entablar una animada conversación que empezó explicándonos la historia del edificio, el significado de los maschi que delimitan el portalón para indicar el poder de sus dueños primigenios y terminó explicando el encanto de la ciudad subterránea recién recuperada. Nos recomendó encarecidamente la visita al Tunel Borbonico; un laberíntico camino que no aparece en los mapas de la ciudad, porque está oculto bajo tierra (Comentándolo con Fèlix Badia al regresar, me sugirió la todavía más interesante Napoli Sotterranea; lástima que era hora de ir al aeropuerto; pero bueno, creo que siempre hay que dejar alguna cosa pendiente cuando viajas, para poder regresar).

Y, por ahora, cerré el verano con otro mapa. Tuve que ir a Londres y aproveché para pasarme por el museo de historia natural. Son los últimos días de la gran exposición Génesis de Sebastião Salgado. Con su espectacular y sobrio blanco y negro, el fotógrafo brasileño muestra un mapa mundi muy especial, un documental de paisajes y personas del mundo actual que invitan a pensar sobre nuestro estilo de vida y el impacto que dejamos en el planeta. A la salida, un libro me llamó la atención: On the map de Simon Garfield, una entretenida historia de los esfuerzos del hombre para tratar de dibujar el mundo en una hoja de papel y, sobre todo, dar alas a la imaginación, que es lo que en realidad proporcionan los mapas. En sus páginas aprendí, por ejemplo, que Eratóstenes (siglo II aC) calculó que la Tierra (redonda) debía tener 250.000 estadios (unos 42.000 km) de circunferencia; actualmente las medidas realizadas con modernos satélites indican que la circunferencia de la Tierra tiene exactamente 40.075,16 km. ¡Nada mal! Lo curioso es que los mapas de la época apenas dibujaban Europa, el norte de África y una pequeña parte de Asia. Como dice el autor, ¡qué tentadora invitación a los viajeros y geógrafos para explorar todos los parajes desconocidos!

Quizás hoy no quede ningún rincón del planeta por explorar. Pero leyendo las terribles noticias que han ido apareciendo en los periódicos en las últimas semanas, lo cierto es que ¡todavía nos queda mucho por hacer para lograr un mundo mejor!

Enlaces de interés:
Ischia y el gigante Tifón
Sperlonga, il borgo più bello d’Italia
El túnel borbónico de Nápoles y Napoli sotterranea
Exposición de Sebastião Salgado en el Natural History Museum de Londres e Instituto Terra

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El nuevo Vesubio

Nos han declarado la guerra, Pajarraco. Se saltan todas las normas. Los estafadores nos están gobernando y dirigen los bancos mundiales. Con su pasta sobornan, meten pufos millonarios y acaban estafándonos a nosotros. Tenemos que defendernos, sólo que a nosotros nos falta su arma, que es el dinero. Habrá que buscar otras soluciones, otros caminos.

After the disaster

Aproveché un reciente viaje a Londres para visitar la exposición Life and Death – Pompeii and Herculanum en el British Museum, un montaje que cuenta con varios centenares de objetos descubiertos en ambas ciudades casi dos mil años después de la terrible erupción del Vesubio. A parte de los fescos y de los cuerpos hallados (y reconstituidos mediante una técnica que utiliza una resina especial que rellena la oquedad dejada en la lava por el no-cuerpo), en la exposición se pueden ver joyas, enseres, algunos muebles de madera carbonizados, e incluso alimentos que también quedaron carbonizados e intactos por el ímpetu y la rapidez con la que se debió producir el descenso del río de lava. Plinio el Joven describió en una famosa carta cómo vivió la erupción en la que falleció su tío, Plinio el Viejo. Dice:

Ya caía ceniza, aunque poca, pero al volver el rostro vi que se aproximaba una espesa niebla por detrás de nosotros que, como un torrente, se extendía por tierra. “Apartémonos mientras veamos” -dije- “a fin de que la multitud no nos atropelle en la calle empedrada cuando vengan las tinieblas”. Apenas había dicho esto cuando anocheció, no como en las noches sin luna o nubladas sino con una oscuridad igual a la que se produce en un sitio cerrado en el que no hay luces. Allí hubieras oído chillidos de mujeres, gritos de niños, vocerío de hombres: todos buscaban a voces a sus padres, a sus hijos, a sus esposos, los cuales también a gritos respondían. Unos lamentaban su desgracia, otros la de sus parientes, y había quienes, por miedo a la muerte, la imprecaban. Muchos eran los que elevaban las manos hacia los dioses, y otros se habían convencido de que los dioses no existen, creían que era la última noche del mundo.

En medio de este entorno apocalíptico, hubo un par de cosas que me tuvieron un rato pensando. Por un lado, que uno de los patrocinadores de la exposición es Goldman Sachs, el banco de inversión que, juntamente con Morgan Stanley, se hizo famoso aquél septiembre de 2008 que marca el inicio “oficial” de la actual crisis económica (además de su supuesta participación escondiendo o maquillando la deuda griega en 2010). Me pareció una curiosa metáfora, ver el logo de ese Vesubio moderno, que provocó el tsunami financiero que todavía nos zarandea y que pocos terminan de comprender. Justo en el avión había leído con ese ansia de la buena novela negra, un e-book del maestro Andreu Martín: La vida es dura; a ella pertenece la frase con la que he empezado esta entrada.

También estuve pensando un rato, mientras contemplaba los objetos a partir de los cuales los historiadores han reconstruido la vida hace 2.000 años y leyendo sus textos en los que hablan de la vida cotidiana veinte siglos atrás. Ante todo ello, es difícil no hacerse preguntas. ¿Qué ha cambiado realmente en ese tiempo? Nos creemos modernos y avanzados, sí. Pero si reflexionamos un poco, ¿qué ha cambiado, de verdad?

La electricidad.
Comprender la transmisión de las enfermedades infecciosas, introducir la higiene en la vida cotidiana y, más recientemente, disponer de algunos antibióticos para evitar fallecimientos prematuros por esas causas evitables (bueno, y eso sólo en algunos países, porque en determinadas partes del mundo, las enfermedades transmisibles siguen siendo una causa importantísima de muerte).
La automatización de determinados procesos y la invención de algunas máquinas que facilitan el trabajo.
Volviendo a la salud, conocer las causas de algunas enfermedades no transmisibles y disponer de un tratamiento curativo o sintomático eficaz (por lo menos, para algunas de ellas; no tantas como creemos).
La virtualidad.
La alfabetización generalizada, que supone mayor facilidad de acceso al conocimiento.
¿Algo más?

Quizás reflexionando un poco se os ocurra algún avance adicional, de esos que han supuesto un paso significativo adelante. Iba a añadir la abolición de la esclavitud, pero no sé hasta qué punto no hemos pasado de una esclavitud física (la teóricamente abolida hace siglos) a otra más sutil; ya hablé de ese tema en la entrada anterior.

¡Ah, y eso que llamamos globalización! Aunque, leyendo textos como El precio de la desigualdad de Joseph Stiglitz, cada vez tengo más dudas de sus beneficios.

Mientras, me entero del fallecimiento de Javier Tomeo, ese grandullón irónico que me invitó a alguna cerveza en el bar Boia de Cadaqués en la década de 1990. Me quedo con su extraordinaria historia El castillo de la carta cifrada.
Una muestra de su peculiar visión del mundo:

Enlaces de interés:
- Exposición Life and Death – British Museum
- Carta de Plinio el Joven sobre la erupción del volcán (versión completa bilingüe)
- Goldman Sachs (wikipedia)
- Andreu Martín – La vida es dura (e-book)
- Entrevista a Joseph Stiglitz (a propósito de su último libro)

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Hacia el quilombo

Te sorprenderás de lo rápido que pasa el tiempo cuando tengas la bicicleta nueva, Ganus. Ahora vuelve a la tienda de Claude Hutto y deja que te equipe bien como pretende. Y no te olvides de mantener la bici en buen estado. No la dejes fuera cuando llueva. Métela en casa por la noche. Esta bicicleta me pertenece hasta que acabes de pagarla. No me gustaría que le pasara nada porque ahora es propiedad hipotecada. No me haría ninguna gracia hacer que cayera sobre ti el peso de la ley, Ganus. Que no se te olvide.

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Buscando otra cosa en una edición facsímil de la primera Enciclopedia Británica publicada en 1771, llego a la entrada “esclavo”. Es un tema con el que he tropezado por lo menos tres veces estos últimos días, y me detengo cinco minutos para leer el artículo; empieza: Persona que se encuentra bajo el poder absoluto de un dueño, ya sea a causa de una guerra o de una conquista. No se encuentra ninguna mención a los esclavos antes del diluvio, (…) pero podemos inferir que la servitud se extendió pronto en tiempos de Abraham.

La primera vez fue hace un par de semanas, cuando publiqué la entrada anterior sobre las fronteras; tirando de ese hilo llegué a una novela de Renaud Rebardy titulada Les filles de La Jonquera y publicada en la colección Polars Catalans de la editorial Mare Nostrum de Perpignan. El autor, un periodista francés que conoce bien Europa del Este, hilvana una trama en el contexto de las mafias rumanas que explotan mujeres del Este en grandes prostíbulos y las mantienen en un régimen de esclavitud (esclavitud “moderna”, eso sí; no andan con las black berries sujetas en los tobillos).

Alguien me hablaba hace unos días sobre el problema de las hipotecas, un tema recurrente en esta época de incertidumbre generalizada, paro y desánimo, que ha provocado y sigue provocando situaciones dramáticas en algunas familias. Precisamente esta semana, la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) ha recibido el premio Ciudadano Europeo 2013 concedido por el Parlamento Europeo (noticia aquí). Recordé entonces un episodio memorable de la novela Un lugar llamado Estherville de ese observador de personas que fue Erskine Caldwell. En el episodio, que he reproducido al inicio de esta entrada (¡y escrito en 1949!), un muchacho con un trabajo precario se ve obligado a comprarse una bicicleta a la que van añadiendo accesorios innecesarios para aumentar el precio, al tiempo que el buen médico que le hace el préstamo le recuerda las obligaciones que le convierten en poco más que otro de esos esclavos modernos de la época post-esclavitud, de nuevo sin grilletes ni pesadas bolas en los tobillos, sin marcas aparentes que muestran que son propiedad de alguien… simplemente porque, hoy en día, todo es más sutil. Basta que el plástico de la tarjeta de crédito se quede vacío para que uno no pueda hacer absolutamente nada.

Ha salido en la prensa de esta semana el escándalo del espionaje a gran escala de correos electrónicos, redes sociales y llamadas telefónicas (noticia aquí). Echelon parece que existe, para los incrédulos que pensaban que era una paranoia. En definitiva, el panóptico de Jeremy Bentham, que dos siglos después de ser ideado, carece de los gruesos muros de la cárcel. simplemente porque no hace falta. O quizás porque la cárcel, hoy, es global.

Y en medio de todo esto, de una sociedad en la que los golfos apandadores son admirados, una sociedad anética (como quien tiene anosmia, quien padece anorgasmia o quien es anhedónico), creo que la única solución es el quilombo, aquel lugar de la selva donde se reunían los esclavos rebeldes que conseguían liberarse. Vale la pena releer su historia (por ejemplo, aquí) y a ver si logramos librarnos de tanto grillete virtual, de tanto muro de cristal y cercas hechas con hilo electrificado. Pero no lo digamos demasiado alto, porque seguramente estarán espiando quién sabe si con la excusa de la seguridad o, quizás, para averiguar qué pueden vendernos y, así, asegurar que seguiremos trabajando y viendo ciertos programas de televisión sin pensar demasiado.

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El extranjero extraño

He comprendido que había destruido el equilibrio del día, el silencio excepcional de una playa donde había sido feliz.

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Ordenaba algunos libros del estante donde tengo textos en francés y libros de autores que escriben en francés (lo que significa que Stendhal y Flaubert comparten espacio con Nothomb [Bégica] o Houellebecq [Isla Reunión]). También Camus (Argelia). Me he detenido sobre un ejemplar de El extranjero, una versión en catalán de Jaume Fuster; dentro había un papel: un permiso para ausentarme del cuartel de Sant Boi donde se encontraba el escuadrón mecanizado firmado el 10 de abril de 1981 para poder hacer algún examen del segundo curso de medicina. En la misma página, había marcado la frase que he escrito al inicio de esta entrada.

Me fascina el caprichoso encadenarse de los acontecimientos, aquello en lo que prestamos atención y las extrañas relaciones que se establecen entre todo ello. Pensando en el concepto de “extranjero” (“extraño”), he recordado un artículo que hace unos días recomendó mi compañera de editorial Montse Neira (Una mala mujer) en su Facebook. Ahí descubrí la historia de Kryygi, una niña de etnia aché que vivía en los bosques de Caaguazú (Paraguay) hasta que, en septiembre de 1896, sus padres fueron asesinados mientras estaban comiendo junto a su choza porque un lugareño encontró su caballo muerto, atribuyó la muerte a los indígenas, se adentró en el bosque y asesinó a los primeros indígenas que encontró. Dio la casualidad que en aquella zona se encontraban los antropólogos Hernán Ten Kate y Charles de la Hitte, que recogieron los huesos de los indígenas y se llevaron a La Plata (Argentina) a la pequeña Kryygi. En La Plata, la niña fue bautizada como Damiana y la entregaron al profesor Francisco Moreno, psiquiatra director del Instituo Melchor Romero, quien la adoptó como criada. El resto de la historia se concoce por las descripciones de otro antropólogo, Robert Adolf Lehman-Nitsche publicadas en 1908: Damiana falleció a causa de una tuberculosis en 1908, cuando contaba sólo con 12 años. Lo curioso es que su cabeza fue enviada a Berlín, donde fue minuciosamente estudiada por Hans Virchow puesto que una de las cosas que más llamaba la atención de esa niña que llegó a hablar correctamente español y alemán era que “su libido sexual se manifestaba de una manera tan alarmante que toda educación y todo amonestamiento por parte de la familia resultó ineficaz”. La extranjera, la extraña, fue objeto de estudio y, hasta 2006 no se descubrió esta historia y no se logró identificar sus restos para ser devueltos a la tierra de donde nunca hubiesen tenido que salir (más sobre esta historia, aquí).

Y esta misma semana están llegando noticias de Estocolmo, donde se está produciendo disturbios que tienen como telón de fondo la inmigración, la actuación de la policía frente a los inmigrantes y, probablemente, unos cuantos problemas más que no son sencillos de abordar y cuyo planteamiento suele generar disputas enardecidas por ambas partes, pero que raramente llegan hasta tratar de responder la cuestión que explique qué lleva a las personas a tener que salir del lugar donde viven para irse a otro y tratar de ganarse la vida allí. Lo de Estocolmo recuerda, salvando las distancias, lo que sucedió en Tottenham (Londres) en 2011 o los disturbios de las banlieues de París en 2005.

El extraño que vive allí o el extranjero que vive aquí, una mezcla de incertidumbre, miedo a lo desconocido e incapacidad de comunicación, fenómenos psicológicos bien conocidos contra los que sólo sirven empatía, conocimiento, concordia y ubuntu.

Quizás uno de los “extraños” “forasteros” (o multipatria) que no podemos olvidar fue Georges Moustaki, ese entrañable egipcio-griego-francés fallecido esta semana; una de sus canciones más emblemáticas se titulaba, precisamente, Le meteque (una palabra despectiva para referirse al extranjero), aunque prefiero Sans la nommer, ¡a ver si nos aprendemos la letra y logramos entre todos cambiar el rumbo de las cosas!

(Abajo, Le meteque, en un concierto en Barcelona, con algunos amigos)

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Reflexiones en torno a la frontera

-¿Jugamos a pelota? -propuso Morelli.
Y lanzó el balón a Victoria, que iba en biquini. La muchacha la agarró, se giró un poco hacia Albert y se la lanzó. La pelota pasó a unos cinco metros del chico y Rasputín, en el otro lado de la reja, la atrapó. El perro trataba de comérsela e ignoraba los gritos de Morelli. Lev, tras un forcejeo, la recuperó y se la devolvió a la muchacha.
Corrigan levantó las cejas. Era el primer gesto abierto de amistad que mostraban los rusos. Se levantó de la roca donde estaba tumbado y se dirigió a la reja. Se sacó el paquete de Lucky Strike del bolsillo de la pechera y le ofreció un cigarrillo a Lev. El marinero ruso dudó un momento, pero luego lo tomó. Corrigan se acercó a la barrera y le dio fuego.

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La península de Cornwall (Cornualles) se encuentra en el extremo suroeste de Gran Bretaña, en la conjunción del Canal de la Mancha y el Mar Celta. Frente Cornwall se encuentran las islas de Scilly, un archipiélago formado por cinco islas y unos cuantos islotes cuya existencia descrubrí a comienzos de la década de 1990 cuando leí la novela Y a mi sobrino Albert le dejo la isla que gané a Fatty Hagan en una partida de póker, de un periodista y un editor que firman con el pseudónimo de David Forrest. Se trata de una divertida historia que explica como, durante la guerra fría, tras recibir la curiosa herencia de su tío, Albert decide tomar posesión del islote y convertirlo en punto turístico; sin embargo, un submarino ruso embarranca frente a su costa y los náufragos toman la mitad de la isla; poco después unos marines de la VI flota de los Estados Unidos toman la otra mitad. Lejos de la Casa Blanca y del Kremlin, y olvidados por sus mandos, los soldados pactan una tregua y se dedican a hacer cosas conjuntamente, actividades mucho más divertidas, como jugar al béisbol o montar una destilería de whisky. El párrafo que abre esta estrada pertenece al momento en que ambos bandos inician el acercamiento.

He recordado este libro al ver un tweet de Marc Saludes (@MarcSaludes) en el que hacía referencia a un artículo publicado en el blog Ateos del deporte. El texto explica cómo durante la tregua del día de Navidad, los soldados ingleses y alemanes que se encontraban luchando en la zona de Ypres, en Flandes, en la I Guerra Mundial, se olvidaron de las armas y jugaron un partido de fútbol.

No es la primera vez que hablo de fronteras (otras historias, aquí) , porque es algo que siempre me ha llevado a reflexionar el concepto de límite y la riqueza de la mezcla. De pequeño, cuando me enseñaron algo de la técnica de la acuarela, recuerdo que me fascinaba esa zona en la que dos colores todavía húmedos se encontraban y el agua de ambos lados se mezclaba en un riachuelo que oscurecía o aguaba el tono original, hacía una mezcla sin nombre o, cuando había suerte, se transformaba en un nuevo color cuyo nombre sí conocía.

Las fronteras (y las etiquetas) sirven para delimitar y, por tanto, para separar. “Norte” o “Sur” -como esa línea amarilla que se extiende un centenar de metros a este y Oeste del monumento de La Mitad del Mundo en Quito-, “bueno” o “malo”, “listo” o “tonto”, “sano” o “enfermo”, con todas las connotaciones que esto acarrea. He pensado en las etiquetas y las fronteras esta semana, cuando por decreto y sólo por separar, decidieron dar un nuevo nombre a la lengua que hablan los habitantes de la Franja de Ponent, una decisión puramente política que no tiene ningún fundamento lingüístico. Y pensé de nuevo en el tema en Valencia, cuando alguien de otro país me preguntó si cuando yo hablaba catalán, los valencianos podían entenderme y si cuando un valenciano hablaba, yo conseguía comprenderlo, porque una lengua se llama “catalán” y a la otra, algunos la llaman “valenciano”.

Siempre que pienso en las fronteras (y en las etiquetas), me viene a la cabeza la imagen de los niños en los antiguos pupitres de las escuelas, cuando se tomaban muy seriamente aquello de que la mitad de la mesa era de uno y, la otra mitad, de otro. Incluso había quién con su larga regla de madera, medía con precisión el punto medio y trazaba una raya sobre la desgastada madera con un bolígrafo Bic azul (o incluso con una gúbia de las que servían para trabajar el linóleum). La raya, la frontera, permitía ver claramente cuando el codo del compañero pasaba unos milímetros del territorio que le correspondía y colonizaba el territorio ajeno, hecho que merecía, como mínimo, un codazo de aviso. De todos modos, si observásemos esa misma clase con paciencia, veríamos que al cabo de tres o cuatro años las fronteras se irían desvaneciendo, no porque el azul del bolígrafo se hubiese borrado o el corte de la gúbia hubiese quedado ennegrecido de mugre, sino de mútuo acuerdo, por la magia que operan los efluvios hormonales de la adolescencia. Parece que han asociado la oxitocina con la confianza, los lazos sociales o la empatía; ¡ojalá unos cuántos se diesen más masajes y se abrazasen más, para que la supuesta falta de oxitocina (o de lo que sea) no los mantuviese a punto para el enfrentameiento constante!

Enlaces de interés:
Artículo de Marc Saludes sobre el partido durante la Gran Guerra (aquí)
Barcos hundidos en la zona de las islas de Scilly

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