- Nada por aquí, nada por allá… -explica el mago justo antes de sacar el conejo de la chistera.
- ¡Ooooh! -exclama el público cinco segundos más tarde, asombrado al ver el conejo.

fàbrica

La prestidigitación es un arte antiquísimo. Más allá del espectáculo, del teatro, lo que me parece interesante es cómo los grandes magos han tenido que investigar en el campo de la percepción sensorial y descubrir cómo integramos esta información en el cerebro, lo que nos lleva a creer en algo que está lejos de la realidad. El conocimiento preciso ha permitido que los maestros creen trucos espectaculares que nos dejan con la cabeza llena de interrogantes, esas cosquillas a las neuronas que nos hacen pensar e imaginar.

(Casi) todos los espectadores saben que allí hay truco, (casi) todos están convencidos de que el mago no revelará el truco, y todos tratan de averiguar cómo ha sido posible. En Barcelona hay una de las tiendas de artículos de magia más antiguas; la fundó Joaquim Partagás en 1881, tras triunfar en la Argentina con sus espectáculos.

Otro tipo de ilusión es la que nos proporciona el cine. David Martí y Montse Ribé son dos artífices de los modernos efectos especiales que han logrado que miles de espectadores se hagan pequeños en la butaca muertos de miedo o que sigan con emoción el hilo de alguna historia entrañable. Aunque sus nombres no son de los que salen con letras grandes en los créditos ni en los carteles, quizás sí que muchos recuerden aquél ser fantástico que tenía los ojos en las palmas de las manos de la película El laberinto del Fauno, o aquél gigante de Hellboy, por poner solo un par de ejemplos. Se puede ver en Barcelona una exposición itinerante llamada El arte del engaño en la que, además de hacer un repaso a los grandes trucos del cine clásico, se pueden apreciar los detalles de los muñecos creados por DDT, y que valieron un Oscar a David y a Montse.

Ilusiones colectivas, sorpresa (y quien sabe si algo más). Mientras desayunábamos en su panadería, Joan me acaba de explicar otro tipo de ilusiones. En uno de los barrios de la pequeña ciudad en la que vivo hay muchos vecinos que, en su momento, emigraron desde Murcia. Como recuerdo, cada año durante las fiestas del barrio -que coinciden con la magia del solsticio de verano-, organizan un concurso de gachasmigas, un plato típico hecho a base de harina de trigo, aceite de oliva, agua y sal, con pedazos de longaniza, panceta y salchichas. Hace algunos años, y contra todo pronóstico, el concurso lo ganó un joven a quien no se le conocían antecedentes culinarios. Las migas que preparó después de revolver con energía la argamasa de harina tenían un sabor exquisito y hubo unanimidad, no sólo entre quienes formaban el jurado, sino también entre todos los que tuvieron el placer de probar esas gachasmigas, preparadas para la ocasión. Incluso los demás concursantes se rindieron ante el peso de las pruebas del rival, aparcaron la envidia y disfrutaron del manjar. ¿Cuál era el truco? ¿Cuál era el pequeño secreto de aquél joven? Pronto se supo -en los pueblos, las noticias vuelan-: había utilizado aceite o mantequilla de marihuana que hizo las delicias de los comensales.

Esta historia me recordó la escena final de El perfume de Suskind.

Ilusiones, magia, percepciones… El problema es cuando se va más allá del juego. A parte de quienes tienen la misión de entretener mediante la habilidad de crear una ilusión que engaña a los sentidos y a la lógica, existen los prestidigitadores sociales y políticos. De esos, sí que hay que desvelar sus trucos y, sobre todo, enseñar cómo detectarlos. Por suerte, el mundo es cada vez menos un escenario donde el público está sentado mirando al punto donde el protagosnita te hace mirar. El mundo hoy es, cada vez más, una red social conectada. El reciente fenómeno de twitter tras las elecciones en Irán son buena muestra de ello. Lo bueno de la prestidigitación, de la magia, de la ilusión, es saber que estás en un espctáculo y, con eso sabido, dejarte mecer. Sino es engaño, y eso es intolerable.

Enlaces de interés:
El Rey de la Magia
Exposición L’art de l’engany (El arte del engaño) en Barcelona
El laberinto del fauno - tráiler

Cuando me invitan a una conferencia intento no ir dando lecciones ni moralinas, sino poder aportar mi testimonio, simple y llanamente, para que, en todo caso, quién escuche pueda darse cuenta de que siendo totalmente normal, sin virtudes especiales ni extraordinarias, sin llevar hábitos ni tener conexiones extrasensoriales, se puede contribuir a mejorar el mundo.

un gat a la teulada

La reedición de un libro es siempre una buena noticia. Sonrisas de Bombay de Jaume Sanllorente va, ya, por la 10ª edición. Tuve la suerte de que en 2008 Jordi Nadal me pidió que lo tradujera -una de las maneras más apasionadas de entrar en un buen libro, porque si quieres hacer una buena traducción, eso te obliga a degustar las palabras en el idioma original y rebuscar las palabras que más se le parecen en el idioma al que traduces.

Con motivo de la 10ª edición, Jaume ha añadido un capítulo y ha cambiado algunas fotografías. Además, Àlex Rovira ha añadido un prólogo bellísimo.

Me quedé con la frase de Jaume que he escrito más arriba. porque desmonta muchos tópicos y acerca al día a día de ir-haciendo, sin estridencias, sin cierto tinte histriónico común en algunas de las acciones que el Norte hace en el Sur.

Casualmente, en esos días di una vuelta por la Fageda de’n Jordà en Girona y aproveché para volver a visitar la Cooperativa La Fageda, una iniciativa solidaria que empezó hace 25 años, cuando Cristóbal Colón, pensó que había que hacer alguna cosa para dar trabajo y la oportunidad de realizarse a un grupo de personas con discapacidades psíquicas i enfermedades mentales. Hoy, a parte de cumplir sus objetivos, la Cooperativa produce una deliciosa línea de productos lácteos.

La normalidad es ese punto de discreción tan deseable a la hora de hacer cosas, de construir. Cuando uno se aleja de la “normalidad”, suele aparecer la vanidad -y eso constituye una rémora.

Enlaces de interés:
Sonrisas de Bombay - 10a edición
Cooperativa La Fageda

De las dos entradas del café, ella siempre utilizaba la más estrecha, la que llamaban puerta de la sombra. Escogía la misma mesa, al fondo de la sala.

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Así empieza la novela el café de la juventud perdida de Patrick Modiano, una historia que mereció el premio de la revista francesa Lire en 2007, y cuya lectura vale la pena. Sin embargo, la cito porque este comienzo -que sugiere rutina, repetición- es justo lo opuesto de lo que quería explicar.

Stefan Zweig narra la grandiosa historia de la fatídica expedición del capitán Scott al Polo Sur en su libro Momentos estelares de la humanidad. Una historia de “segundos” en un mundo donde parece que lo único que cuenta es quien llega el primero. En un momento de la expedición, la comitiva se divide en dos:

Parten dos comitivas pequeñas, minúsculas. La una, en dirección hacia el sur, rumbo a lo desconocido. La otra hacia el norte, de regreso a la patria. Constantemente vuelven la vista, para percibir por última vez la presencia de un amigo, de un ser humano. Pronto desaparece la última figura. Solos, los cinco escogidos para esta hazaña –Scott, Bowers, Oates, Wilson, Evans– avanzan rumbo a lo desconocido.

Leía estas palabras documentándome sobre las expediciones polares, cuando sucedió algo curioso en Barcelona.

Desde hace unos meses hay algunas protestas de estudiantes contra la puesta en marcha del espacio europeo de educación que, en teoría, debería permitir la movilidad de los universitarios. No entraré en el fondo, porque es complejo y va más allá de una extensión de texto razonable. Lo que me llamó la atención son unos detalles de la forma.

La semana pasada, la policía desalojó a unos estudiantes que estaban en el rectorado de la Universidad de Barcelona y, ese mismo día, se organizaron varias manifestaciones por la ciudad que acabaron con cargas policiales pesadas, varios heridos de ambos bandos y unas imágenes poco civilizadas.

El caso es que se convocó una nueva manifestación y se anunció a través de todos los medios de comunicación. Además, se anunció su recorrido, por calles concurridas, céntricas y estrechas de la ciudad, a lo que los responsables del orden se apresuraron a responder: se blindarían las calles. Ante tal respuesta, quien más quien menos, esperaba una tarde caliente.

Al parecer, aquél día, horas antes del inicio de la protesta, la Rambla estaba tomada por la policía antidisturbios, las barreras en su lugar, el ambiente tenso, los estudiantes concentrados en el cercano edificio noble de la universidad pasándose consignas. Y muchos ciudadanos siguiendo los acontecimientos a través de Internet.

Los minutos avanzaban. Y las cercanías del lugar, desiertas. Los estudiantes salían del edificio de la universidad, libros bajo el brazo, y se largaban “a su casa”. Quizás los walkie-talkies de los mandos policiales dialogaban: “¿Se acercan?”, “No hay nadie”, “¿Mucha gente?”, “Un desierto”…

Y media hora después, la noticia que la marcha desfilaba pacíficamente justo en dirección opuesta a la esperada empezó a circular por los medios.

La creatividad, la diferencia, a menudo se encuentra en el camino contrario, en dejar de repetir la rutina -aunque sea un día- (y ver que el mundo sigue, quizás de una manera mejor), en aparcar el enfrentamiento y aplicar la inteligencia. A veces, la supervivencia también depende de ello. Quizás la receta serviría para algunos gurús de estas crisis mundiales.

Enlaces de interés:
Patrick Modiano - En el café de la juventud perdida
Comentario: Momentos estelares de la humanidad.

Aprovechando la primavera incipiente bajé hasta la playa para caminar y allí encontré una estatua que estaba naciendo.

birth - naixement

Lo que desde lejos parecía un bloque de granito que los servicios municipales hubieran colocado junto al camino para destinarlo a algunas obras indeterminadas, resultó ser el banco de trabajo de algún escultor anónimo (la playa estaba vacía a esa hora de la mañana) que estuviera ayudando a nacer a esa mujer -quizás, a esa sirena- de la piedra dura y fría.

El intenso olejae de la últimas tempestades habían hecho llegar hasta la arena muchas conchas, algunas de ellas bastante grandes y bien conservadas.

Como si de un fin de semana temático se tratara, el domingo me encuentro en Vilassar de Dalt, donde hay una feria de artesanía y encuentro abierto el museo de malacología “El Cau del Cargol”, que había visitado por última vez hace por lo menos 25 años. En el jardín trasero de una casa antigua en el centro del pueblo, Jaume Bot i Arenas, ingeniero que fabricaba maquinaria textil, fue coleccionando moluscos de todo el mundo hasta llegar a reunir cerca de 16.000 especies distintas. Es una de las colecciones más importantes del mundo.

Los moluscos son unos animales curiosos por varios motivos. En primer lugar, porque son tan débiles -no tienen esqueleto-, que deben protegerse con ese caparazón, en ocasiones bellísimo. Además, tienen la posibilidad de ir ensanchando la concha a medida que van creciendo y que sus necesidades aumentan.

Un ejemplo fascinante es el nautilo (Nautilus pompilius es, quizás el más conicido de la subclase). El nautilo es un ejemplo natural de espiral equiangular y, como otros moluscos, a medida que el animal va desarrollándose, a parte de hacer crecer la concha, cierra la parte interios que ya no usa, de modo que queda una cámara de aire.

Las técnicas de supervivencia utilizadas en el mundo animal merecen un análisis en relación con los tipos de personalidad y cómo actúan los humanos. Quien tiene caparazón, quien se viste de colores chillones para asustar, quien suelta tinta para despistar, quien se mimetiza con el entorno para pasar desapercibido, quien ruge, quien sale huyendo a toda velocidad…

Los moluscos son, además, escultores en cierto modo, o alfareros. Lo que sí es cierto es que ese torso de mujer que encontré en la playa, no es obra de ningún molusco. Si algún día averiguo quien es el artista, pondré su nombre aquí.

Enlaces de interés:
Cau del Cargol - Museo

¿Dónde estamos? -le pregunté.

En Matunga, señor. Todo esto que ve aquí es Dharavi, una zona de slums.

ull - eye

Hace un par de años tuve el honor de traducir el libro Sonrisas de Bombay de Jaume Sanllorente, en el que explica el gran trabajo que su organización está llevando a cabo para lograr la escolarización digna de muchos niños indios.

Cuando puedes traducir un buen libro y el editor te deja tiempo suficiente para hacerlo, ese trabajo se convierte en un placer que, a parte de permitirte jugar con las palabras y hacer y deshacer las frases, te pone dentro de una historia y te hace convivir con ella durante algunas semanas. Así conocí qué significa vivir para varios millones de niños y niñas que se pasean por los inmensos vertederos de la ciudad, que escapan de las mafias y de las redes que manejan la prostitución.

El otro día fui a ver la película dirigida por Danny Boyle Slumdog millionaire, que explica la historia de Jamal Malik y cómo ese niño salido de los slums de Bombay, llega a ganar la versión india del concurso: ¿Quiere ser millonario?. Independientemente de si esta noche gana muchos Oscar o no, y más allá del tinte hollywoodiense, la película me pareció interesante por tres motivos:

(1) Denuncia cómo operan algunos grupos organizados en ese país que se enriquecen a costa de esos niños y la lástima que logran despertar en los demás.

(2) Es una metáfora llevada al extremo de que, en realidad, cada momento de la vida puede ser clave para dar respuesta o para actuar en el futuro, en el sentido que de todo aprendemos -cuando estamos abiertos a prender, claro-.

Y (3) el hilo narrativo, la manera original que encuentra Vikas Swarup (autor del libro Q & A en el que se basa el filme) para explicar la historia y desenmarañar el ovillo. Jamal llega convertirse en un personaje entrañable -viéndolo, pensé en varias ocasiones en aquél Mr Chance de Peter Sellers, las personas-espejo.

El Tráiler de Slumdog millionaire:


Enlaces de interés:
Sonrisas de Bombay - Jaume Sanllorente
Sonrisas de Bombay - la ONG

- ¿Quién se aventuraría a llegar al Polo Sur?

- Sería difícil de alcanzar, y los experimentos no tendrían ninguna utilidad práctica -repliqué-. Sin embargo, hay hombres suficientemente aventureros para embarcarse en esta empresa.

- Sí, aventurarse, ¡esta es la palabra exacta! -apostilló el capitán.

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Este diálogo pertenece a los primeros capítulos de Un misterio antártico, que Jules Verne publicó en 1899. Sin embargo, algún periodista podría haber formulado la misma pregunta en la rueda de prensa que ha habido tras el regreso de los miembros de la expedición al Polo Sur que comentamos en el post anterior.

Xavier Valbuena, Eric Villalón y Jesús Noriega hicieron un largo periplo y caminaron 250 kilómetros sobre la nieve en un clima extremo. Estuvieron en el Polo Sur. Pero hubo bastante más que eso, y Jorge Wagensberg se ha encargado de explicarlo: una de las múltiples preguntas que se hacen los científicos sobre la Antártida es hasta qué punto los elementos contaminantes como el plomo y otros carburos metálicos han llegado hasta allí. Se tienen algunos indicios sobre qué sucede en la costa, pero ¿y en el centro del continente?

Como dijo el doctor Wagensberg, en este caso, tanto si la respuesta es positiva como si es negativa, ambas nos conducen a la acción: si no hay rastros de contaminación, habrá que movilizarse rápido para poder preservar uno de los últimos reductos de la Tierra; si la contaminación llegó hasta allí, hay que tratar de revertirla en la medida de lo posible o, como mínimo, intentar que no siga aumentando.

En palabras de Eric, después de caminar siete horas, estaba el compromiso de empezar a cavar un agujero para recoger muestras a más de un metro de profundidad, en unas condiciones extremas. No fue sólo una gesta deportiva o personal; esperemos que tampoco unos “experimentos sin ninguna utilidad práctica”, como los llamaba el protagonista de la novela polar de Verne.

Quienes viajan a la Antártida, lo llaman greenout. Es el shock que padecen los expedicionaros cuando regresan a su casa y empiezan a ver hierba y árboles después de unos días en los que sólo se ve el blanco del suelo y el azul intenso del cielo austral.

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Estos días está aconteciendo algo especial. Un grupo de expedicionarios que embarcó hacia el Polo Sur a finales de diciembre de 2008, está a punto de lograr su meta. Son Jesús, Xavier, Eric y unos cuantos compañeros más que les brindan apoyo logístico.

Volaron desde España a Punta Arenas y, de allí, al continente helado, donde les esperaban 250 km en temperaturas extremas y condiciones climáticas difíciles. Uno de sus objetivos es recoger muestras para diversos proyectos científicos. Pero el principal objetivo es llegar -o intentarlo-, y para ello parten con desventaja: a parte de no contar con ayuda externa, esta es la primera expeición al Polo Sur llevada a cabo por personas con algún tipo de discapacidad.

Xavier perdió una pierna, Eric sólo conserva un 5% de la visión y a Jesús le falta una mano.

Su norte, pues, abarca mucho más que simplemente llegar al Polo Sur. Y quizás una de las cosas que nos demostrarán a todos es que, si los tres constituyen un verdadero equipo, muchas cosas que, a pimer vistazo parecen estar en las brumas lejanas del reino de la utopía, acaban luciendo con el brillo del mundo real.

Lástima que, demasiado a menudo, padecemos una especie de greenout: no recordamos -o no sabemos- que todos somos discapacitados en algo, y que sólo el “equipo” puede ayudarnos a avanzar por el camino del norte -esté donde esté, sea cual sea-. Hace falta el ejemplo de personas como los expedicionarios del Polo Sur Sin Límites para demostrárnoslo.

Enlaces de interés:
Polo Sur Sin Límites
PSSL: el blog (de Montse Gracía)
Núria Escur: No era imposible (La Vanguardia)

Leer una novela mediocre, burda, es una forma de soñar despierto. No permite una reacción productiva; (…) pero una buena novela, por ejemplo Balzac, puede leerse con una participación interior, productivamente (esto es, en el modo de ser).

camaleó verd

Marc Bassets publicó un artículo en La Vanguardia titulado “Presidentes lectores”, en el que analiza los libros que leen el casi-ex-presidente Bush y el casi-presidente Obama. Observo que entre los cinco libros que tienen actualmente en la mesita de noche ambos, no figura ninguna novela, ningún espacio para la ficción. Sólo ensayo político, ensayo económico e historia. La única pista sobre que aporta el corresponsal de ese periódico en Nueva York es que, en 2006, Bush leyó El extranjero de Camus.

En ¿tener o ser?, Erich Fromm escribió el texto que está más arriba, en relación con la importancia que puede llegar a tener una buena historia contada con los adjetivos adecuados y con el tirmo apropiado. Meterse de lleno en una novela es como caer en la red de una telaraña o dejarse hipnotizar por los ojos de un reptil. Y es una experiencia individual que conlleva al crecimiento personal.

Preocupa que los gobernantes lean poca ficción. Probablemente esto deja poco espacio para la creatividad, pero también para la empatía, para saber cómo viven las personas -las de verdad, aquellas a quienes gobiernan.

El escritor inglés Alan Bennett trató el tema en su excelente Una lectora poco corriente, aquella novela en la que, un buien día, la reina de Inglaterra empieza a leer y la lectura le produce un efecto revolucionario, superior a cualquier acontecimiento en su larga vida en los fríos salones palaciegos.

¡Ojalá las campañas de fomento de la lectura que ponen en marcha muchos gobiernos, tengan también efecto sobre los ministros, los presidentes de gobierno, los jefes de cualquier cosa! Ojalá algún día, todos ellos sean capaces de desviar la atención de sus asuntos importantes, ni que sea cinco minutos, con aquella ansia maravillosa que empuja a terminar de leer las dos páginas que faltan del capítulo de una buena novela cualquiera.

Los incursores de la noche, sean cazadores, de gatos, pumas o comandos, saben de un axioma: para ver en la oscuridad no hay que mirar de frente. El punto ciego oculta el objetivo.


nens - Christmas time

Me gustó especialmente esta idea con la que el escritor argentino Raúl Argemí arranca su nueva novela La última caravana. Argemí propone “mirar com displicencia, como si importara otra cosa, para que el objeto sea revelado por visión periférica”. Y es que, a menudo olvidamos la visión periférica. O no le damos suficiente importancia, y eso nos pierde -o nos hace perder oportunidades.

Hay un par de experimentos visuales que lo demuestran. Si tienen medio minuto, echen un vistazo al la página web del transporte metropolitano de Londres y sigan el juego. No vemos todo lo que pasa frente a nuestros ojos o, como mínimo, no somos conscientes de ello.

Quizás unas de las cegueras más curiosas es la ceguera de amor, aquella que se produce por la dilatación pupilar causada por la proximidad del ser amado, que hace que la visión periférica sea borrosa, un mecanismo fisiológico que explica en parte porqué los enamorados parece que sólo tengan ojos el uno para el otro, pero no para terceras personas o para lo que sucede a su alrededor.

El sentido de la vista, los ojos y el sistema de procesamiento cerebral de la información que nos llega a través de ellos, puede llevarnos a engaños o a “cegueras” por pura limitación fisiológica o física. Sin embargo, hay otros “puntos ciegos” mentales.

En lo que percibimos y cómo lo percibimos influyen aspectos culturales o la experiencia previa. Hace unos años leí la anécdota de un microbiólogo que intentaba explicar la estructura celular de unos microorganismos en un país de la antigua URSS; el auditorio no hizo el menor caso a las palabras del conferenciante hasta que se le ocurrió decir que los elementos de la pared celular actuaban de manera “colectiva”, una palabra que, al parecer, fue la llave para abrir las ventanas de la atención.

Incluso las ideas religiosas de cada uno podrían modificar la manera cómo prestamos atención a los acontecimientos de nuestro alrededor, cómo “vemos” lo que sucede. Por lo menos, así lo sugieren los resultados de un estudio hecho en Holanda y publicado en el número de noviembre de la revista PLoS One.

En un sentido parecido, otro estudio reciente ha incidido en cómo la valoración que hacemos del riesgo de una enfermedad se modifica en función de la información que publican los medios de comunicación -esa información que circula en forma de píldoras concentradas en las conversaciones de pasillo y que suele limitarse a reproducir la información contenida en un titular de periódico y, a lo sumo, la información de los textos destacados en la crónica-. Por ejemplo, la población estudiada consideraba mucho más peligrosa y frecuente la gripe aviar (con contadísimos casos de afectación humana, pero muy presente en los medios) que la fiebre amarilla (una enfermedad muy grave y con un alto riesgo de ser contraída en las zonas endémicas si las personas no se vacunan).

Curiosamente, alguno de estos engaños del cerebro, tienen utilidad terapéutica. Si se manipula la imagen de uno mismo, se logra mitigar el dolor: un estudio realizado en la Universidad de Oxford con 10 personas que presentaban dolor crónico en el brazo, lograron mitigar su dolor cuando se miraban el brazo con unos binoculares invertidos (que lo hacían más pequeño) y, en cambio, el dolor aumentaba mucho cuando se utilizaban los binoculares del derecho (aumentando, por tanto, el tamaño de la mano).

Conocer la existencia del punto ciego en nuestras miradas (y en la existencia), así como potenciar la visión periférica, obliga a prestar más atención en lo que vemos (o en lo que vivimos), y eso facilita la creatividad y abre puertas a mirar el entorno de un modo distinto al establecido.

Enlaces de interés:
La religión y la percepción visual
Los medios de comunicación y la percepción de enfermedades
El dolor y la imagen distorsionada del cuerpo

Entre el bocadillo de jamón del desayuno y el almuerzo que nos prepara Nacho de El Gallinero de Sandra, Pablo Duque me acompaña a caminar largo y tendido por Sevilla, desde el centro hasta el puente de Triana, pasando por el barrio de Santa Cruz o la plaza de banderas y la calle del agua, en la judería.

carros sevillanos

En el bosque de palabras pronunciadas en una mañana despejada, con el sol de invierno que pinta el Guadalquivir de un azul como de terciopelo, distingo El cerebro ejecutivo de Goldberg o ¿Es real la realidad? de Watzlawick, que tengo ganas de leer. Y un poco de literatura -El Coloso de Marusi de Miller que cito más tarde en la conferencia-. Y música y recitales de poesía concurridos -algo bastante insólito-, o actividades de promoción cultural y bares. También una historia increíble de un automóvil prestado a quien prestó su automóvil a un tercero que no quiere devolverlo.

Y todo esto, entre estudios sobre cómo mejorar la calidad de vida de las personas con demencia, un completo Plan de Atención al Deterioro Cognitivo, un test para predecir alteraciones del lóbulo frontal, pacientes que llegan a la consulta y un bedel que cantaba en un tablao a las nueve de la noche y se enojaba si alguien se quedaba trabajando hasta tarde.

En su página, Pablo Duque explica algo de todo esto y, además, incluye muestras de su música y su poesía. Un baúl de creatividad, de vivir transversalmente, de hacer sinapsis.

De regreso, voy corrigiendo una traducción del delicioso libro de aforismos de Erich Fromm que se titula La atracción de la vida. Dice cosas como:

Educar para la creatividad es sinónimo de educar para la vida
(…)
Si pierdo lo que tengo, ¿quién soy, si sólo soy lo que tengo?

Cuando logras que, durante unas horas, el tiempo no exista, descubres la riqueza del trabajo de orfebre que es el presente. Un buen ejercicio para practicarlo a menudo.

Enlaces de interés:
Pablo Dueuqe - página personal

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