La ciudad triste

¡Que canten lo que les de la gana, que tarareen sus canciones de mierda, que bailen encima del tejado si quieren! ¡Pronto vendrán los tanques y les cerrarán el pico a todos esos cantores listillos!

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… Pero los tanques no llegaron; más bien se fueron.

La escritora finlandesa Sofi Oksanen ha publicado la novela Purga (Salamandra en castellano y La Magrana en catalán), una historia sobre el miedo, la venganza y la frialdad emocional, que se desarrolla en los bosques de Estonia. El libro tiene la grandeza de estar narrado a partir de detalles mínimos, pequeños, cotidianos, casi insignificantes de la vida diaria: entre la preparación de mermelada o conservas para el largo invierno báltico, la recolección de flores y la rutina de ordeñar las vacas, Zara y Aliide se encuentran y se reconocen mutuamente, poco a poco, casi con la lentitud del espesor de la niebla fantasmagórica que esconde los árboles del bosque estonio. Una fría mañana de 1992, la joven Zara aparece en el jardín de la casa de Aliide, desorientada y temblando. Pocas páginas después uno piensa que esta será otra historia de una joven del Este atrapada en la pegajosa telaraña de la prostitución que trata de huir de un par de proxenetas. Pero la sensación sólo dura unos párrafos, ya que la narración se sumerge inmediatamente en la profundidad de la turba húmeda y oscura para descubrir las raíces sorprendentes del miedo, de los celos y de las necesidades insatisfecha en el marco de las convulsiones políticas de la Europa del siglo XX.

La magia de dejarse mecer por las palabras de un buen libro es que te presenta personajes, te desencadena emociones y sentimientos ajenos y te passea por épocas, normalmente no escogidos previamente por el lector. Leyendo Purga descubrí la ciudad de Tallinn, con la que fuera la sede de la KGB en la calle Pikk 61 (el edificio donde se realizaban interrogatorios y se ordenaba deportar a Siberia a los sospechosos de ir contra el regimen); también descubrí el paso de los nazis por el país entre 1941 y 1944. Y, sobre todo, me sirvió para reafirmar los efectos devastadores de cualquier totalitarismo sobre las personas.

Digamos que la casualidad quiso que viajase a Tallinn con la lectura de Purga todavía muy reciente y, de pronto, un sábado por la mañana me vi en un coche de alquiler conduciendo hacia el oeste del país, donde se encuentra la península de Pakri. En poco más de una hora, la carretera que bordea un impresionante acantilado y cruza un bosque de coníferas, termina en un paraje gris, una ciudad triste sin apenas nadie caminando por las calles. Se percibe algo estraño al llegar a Paldiski; las casas son los bloques impersonales y uniformes de la época soviética; sólo unos pocos se ven pintados con algún color vivo. No hay bares ni restaurantes. A la vista, sólo un supermercado. En las afueras, edificios abandonados, edificios tapiados, construcciones sin tejado, destruidas. En los aledaños del puerto, montañas de hierro, pedazos de vigas y amasijos de cemento armado que se cargan en grandes buques. De los quizás más de 16.000 habitante que había hace dos décadas, únicamente quedan 1.600.

En las afueras, un puerto moderno en el que centenares de automóviles esperan su distribución por el país. Algo más allá, una estación de ferrocarril que mandó construir el zar para comunicar el puerto con San Petersburg oa principios de siglo XX. Es lo único que parece real en ese lugar inhóspito que recuerda los paisajes que describe Agustín Fernández Mallo en su trilogía Nocilla Dream. Eso y un cementerio abandonado, con la vegetación invadiendo tumbas y senderos.

Se trata del cementerio antiguo; en las pocas lápidas que todavía se conservan en pie pueden leerse nombres de origen judío. Pero medio kilómetro más allá está el cementerio moderno, cuyas lápidas están escritas en alfabeto cirílico. Dos mundos, dos épocas y mucho sufrimiento de por medio.

Paldiski fue una de las llamadas ciudades secretas soviéticas. Dicen que se encontraba totalmente cercada; en las aguas de su puerto se encontraban enormes submarinos nucleares, en la zona se manejaba material nuclear (había dos reactores) y algunos de los enterrados en el cementerio moderno eran los soldados que viajaban a bordo del submarino M-200 en 1956, un accidente cuya verdad y cuyas consecuencias reales cayeron en ese limbo que es el secreto de estado. Paldiski se estuvo descontaminando con ayuda del gobierno sueco.

Una de las cosas interesantes de Estonia, además de las pesronas y de la música de Arvo Pärt es, sin duda, la revolución que llevó el país a la independencia: tratando de evitar la confrontación violenta, un buen día la gente empezó a cantar. Estas reacciones colectivas -¿ubuntu báltico?- contrastan con los resultados de estudios en los que se observa que cuando escuchamos a un candidato (a un líder político) con el que previamente nos sentimos identificados, desarrollamos una intensa actividad emocional, pero las áreas cerebrales que se relacionan con el pensamiento lógico y racional permanecen inactivas. ¿Será por eso que ciertos políticos logran convencer a una cantidad ingente de votantes, a pesar de su discurso irracional o contradictorio? Más música y menos ciudades tristes, por favor.

Enlaces de interés:
Sofi Oksanen, autora de Purga (página web personal)
Arvo Pärt (wikipedia)
Arvo Pärt (muestra de su música: youtube)
A. Fernández Mallo: Nocilla Dream

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Regalo de cumpleaños

Gotta get my old tuxedo pressed
Gotta sew a button on my vest
‘Cause tonight I’ve gotta look my best
Lulu’s back in town


Chicago-3

Regresa a Barcelona, 29 años después, el espectáculo Aint’ Misbehavin’ (Harlem Swing), basado en la producción del prolífico, irónico y enorme pianista Thomas Wright Waller (1904-1943) al que, por su tamaño, todos le conocían como Fats Waller.

Más allá de la música y de la interpretación del pianista Kenney Green (acompañado de los cantantes Cynthia Ann Thomas, Rebecca Cocington, Yvette Clark, Douglas Eskew y Milton Craig), el montaje es una nueva oportunidad para recordar hipocresias sociales que van surgiendo en todas las épocas y todas las sociedades, cual cabeza de hidra. En el Manhattan de finales de la década de 1920, la buena música -el jazz “auténtico”-, estaba en los tugurios de Harlem; sin embargo, algunos músicos “bajaban” para tocar en los suntuosos hoteles del Midtown, por cuyos salones se paseaba la alta sociedad que describió Scott Fitzgerald en historias como El gran Gatsby. Según se decía en la época, el jazz que allí tocaban era una música light, con ritmos que trataban de no molestar demasiado a los blancos que frecuentaban el Waldorf Astoria (al que Waller dedicó la pieza Lounging at the Waldorf). Pero, hablando de colores y de hipocresías, esos músicos que tanto distraían a los jóvenes ociosos de los roaring 20s’, se veían obligados a entrar y salir del suntuoso hotel por la portezuela lateral.

Leí en una oportunidad que uno de los episodios curiosos de la corta vida de Fats Waller, no tuvo lugar en Nueva York, sino en Chicago. Ya era un personaje popular, y una tarde de 1926 cuatro esbirros lo secuestraron. Tras empujarlo dentro de un coche negro, salieron apresuradamente de la ciudad para llevarlo hasta Cícero. Allí le esperaban Al Capone y sus invitados: era el cupleaños del gángster y había que animar la fiesta. Corría el alcohol, había muchas chicas, pero faltaba la música. Y Fats Waller, una estrella en aquél momento, iba a ser el regalo perfecto.

Dice la leyenda que estuvo tocando tres días para ellos y, a parte de quedar exhausto y de agotar su extenso repertorio, salió con los bolsillos llenos de dólares que le iban dando los asistentes para que no dejase de tocar, de cantar y de hacer sus comentarios jocosos. Ain’t misbehavin’, no me porto mal, aseguraba en su famosa canción. Y el espectáculo sigue con otros decorados y otros actores, mientras no acabamos de saber con certeza si la ficción, la desvergüenza y el entretenimiento terminan en la boca del escenario o si, por el contrario, habitan normalmente en la platea (y la música es, sólo, distracción para evitar juicios inoportunos). Como la novela El alienista de Machado de Assís, donde el doctor Simón Bacamante se dedica a encerrar cuerdos en el manicomio…

Enlaces de interés:
Harlem Swing (Ain’t Misbehavin’) – Incluye algunos vídeos y música
Fats Waller (Wikipedia)

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Titanic (y 2)

Sin pensarlo siquiera, yo había llegado a convertirme para ellos en una hacedora de ilusiones. En una especie de hada, como decía mi vecina. Mis narraciones de películas los sacaban de esa nada agria que era el desierto y, aunque fuera por un rato, los transportaba a mundos maravillosos, llenos de amores, sueños y aventuras.


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Hernán Rivera Letelier es uno de esos escritores que consigue convertir un lugar en literatura y dotarlo de historias y más historias que van constituyendo una sólida carrera literaria. Ya he hablado de este autor chileno en otras oportunidades. La reina Isabel cantaba rancheras o El fantasista son relatos del mundo del salitre, de la vida difícil en las explotaciones mineras, donde la sequedad del entorno, la aspereza de la sal y la nada geográfica no son más que el espejo de las personas que allí viven. En esta oportunidad me refiero a La contadora de películas, una entrañable novela corta que cuenta las peripecias de María Margarita, una niña que tenía el extraño don de contar películas en tecnicolor y cinemascope para todos aquellos que no habían tenido la suerte de verlas en el cine.

En el post anterior comenté la película de Bigas Luna que gira entorno del Titanic y su hundimiento. [OJO, si no la ha visto y piensa hacerlo, salte al siguiente párrafo] La trama gira entorno al protagonista y cómo acaba en un teatro ambulante explicando cómo va imaginando su única noche de amor con una supuesta camarera que zarpó con el Titanic del puerto de Southampton, una muchacha que no era camarera ni se subió al transatlántico, sino una prostitua que buscaba su vacía cartera. Una buena muestra del teatro dentro del cine, de la imaginación de un personaje que va urdiendo la propia historia que se cuenta. Como la niña María Margarita y su recreación de las grandes películas.

Una de las múltiples historias entrañables de ese barco es la protagonizada por los únicos españoles que se alojaron en los míticos camarotes de primera clase: Víctor Peñasco y Castellana (de 24 años y profesión “gentleman”), su esposa Josefa Pérez de Soto y Vallejo (de 22 años) y la sirvienta Fermina Oliva y Ocaña. Las dos mujeres se salvaron al poder subir en el bote número 8, mientras que el marido fue una víctima del naufragio, al ceder su puesto a una muejer que llevaba unniño en brazos.

En la exposición del Titanic se puede ver el smoking de Víctor. Su historia es curiosa: la pareja llevaban 17 meses de luna de miel junto con la sirvienta Fermina y un mayordomo; se encontraban en París cuando la expectación ante ese gigante del mar, ese prodigio de la técnica naval era motivo de conversación y servía para llenar crónicas de muchos periódicos. Pensaron aprovechar la ocasión y participar de ese mítico primer viaje, aunque a los padres de los recién casados no les hacía ninguna gracia el asunto. A pesar de ello, compraron los mejores pasajes y no dudaron en irse hasta Cherburgo para subir al barco en la única escala que el Titanic hizo en Francia antes de dirigirse hasta Queenstown (Irlanda) y, luego, partir rumbo a Nueva York. Sin embargo, al Titanic sólo subió el matrimonio y Fermina; el mayordomo se quedó en París.

Como en esas historias en las que el personaje empieza a narrar sus historias, el mayordomo tenía una misión importante: mientras durase el viaje de ida y vuelta a Nueva York, él iría mandando postales a la familia del matrimonio desde París, unas postales que previamente habían escrito los dos jóvenes, en las que explicaban unas andanzas por la Ciudad de la Luz que, lógicamente, no habían tenido lugar. Hay constancia de qué aconteció con las supervivientes; Josefa murió en 1972 y su sobrina, Elena Ugarte, se dedica a recuperar la memoria de los supervivientes. Probablemente se sabe qué fue de la vida de Fermina. Pero ¿qué sucedió con el mayordomo? Si, por las razones que fuera, no se enteró del naufragio hasta unas semanas después, ¿siguió mandando sus postales?

Las historias están en una enorme madeja de lana de colores; basta encontrar un cabo e ir desenmarañándolas con paciencia. Como me dijo Alfredo Bryce Echenique en una ocasión, no existen historias buenas ni malas; existen buenas o malas maneras de contarlas.

Enlaces de interés:
La historia de Josefa y Víctor Peñasco con su criada Fermina. Testimonios de supervivientes
Titanic – simulador virtual
Noticia de Hernán Rivera Letelier (wikipedia)

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Titanic (1)

El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo.

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El centenario del hundimiento del Titanic el 15 de abril de 1912 coincide con la visita de la exposición itinerante Titanic – The exhibition en el museo marítimo de Barcelona. El hundimiento de ese coloso significa muchas cosas y hace reflexionar sobre algunos aspectos como las víctimas, los supervivientes, el desafío del hombre a la naturaleza o la carrera tecnológica de la humanidad. Gran parte de la exposición se basa en la narración de una veintena de historias personales de algunos pasajeros del malogrado transatlático, lo que convierte el recorrido de algo más de una hora en una narración que trata de (y logra) ir más allá de los hechos y la simple muestra de objetos originales recuperados y de algunas maquetas.

Las historias comparten un final trágico y conocido, igual como lo es la novela de Gabriel García Márquez Crónica de una muerte anunciada, cuya conocida frase inicial he transcrito al empezar este post. Sin embargo, de modo similar a la novela de Gabo, conocer el final no les resta interés; al contrario. Algún otro día hablaré de una de esas historias. Sin embargo, ahora quería resaltar algunos aspectos relacionados con la toma de decisiones y los errores, que sí creo que pueden ser de interés.

Los dueños de la White Star Line competían ferozmente con la Cunard Line. Esta última había construido el Lusitania y el Mauritania en 1907; había que lograr algo mayor. El ingeniero Thomas Andrews sería uno de los participantes en ese desafío: se construirían tres colosos: el Titanic, el Olympic y el Britanic.

Por otro lado, las leyes marítimas de la ápoca exigían botes salvavidas para 962 personas, al tiempo que autorizaba una capacidad para 3.547 personas entre pasaje y tripulación… (al final sólo viajaron 2.207). Aunque el ingeniero sueco Axel Welin se percató de la diferencia y trató de poner algunos botes más mediante un ingenioso sistema de pescantes (62 botes); sin embargo, Bruce Ismay (director gerente de la White Star) se opuso; sólo autorizó 20 botes que podían alojar hasta 1.178 personas (más de lo que exigía la ley, pero menos de la mitad del pasaje). Una de las razones era para que la cubierta de primera clase tuviwese más espacio para que los pasajeros paseasen por ella. Ismay acabaría pereciendo en ese viaje, víctima de sus propias decisiones.

Pocas personas conocían este hecho; entre ellos, el capitán Smith y el ingeniero Andrews. En el barco había dos oficiales: a babor, Charles Lightoller; a estribor, William Murdoch. Ambos habían recibido la orden de llenar los botes con “mejres y niños”. El caos debía ser notable, y Lightoller siguió la orden a rajatabla. A pesar de que en cada bote cabían entre 60 y 70 pasajeros, algunos partieron al mar sólo con una docena de mujeres y niños porque no dejaba subir a ningún hombre. En el otro lado, en cambio, William Murdoch tomó una decisión distinta: sar prioridad a mujeres y niños, pero llenar todos los botes al máximo de su capacidad. Gracias a esta diferencia en la toma de decisiones, la inmensa mayoría de los supervivientes fueron los que se encontraban en el lado del barco donde estaba Murdoch.

Finalmente, antes de que el barco se hundiera en las frías aguas de Terranova, el capitán Smith ordenó a los radio-operadores Phillips y Bride que emitieran repetidamente señales de SOS. A unas cuantas millas del lugar se encontraba el Carpathia. Harold Cottam, radio-operador del buque se despertó y recordó que tenía que mandar algún telegrama; al encender de nuevo la radio, escuchó los mensajes del Titanic. El Carpathia era uno de los barcos de la competidora Cunard Line. El capitán Arthur Rostrom decidió inmediatamente poner proa hacia el lugar del hundimiento a toda velocidad. Llegó unas cuatro horas después del hundimiento y pudo recoger a buena parte de los supervivientes.

El proceso de toma de decisiones es complejo; en él intervienen numerosos factores, a menudo alejados de la “racionalidad”. Resulta inevitable; sin embargo, tratar de reanalizar decisiones, no tener miedo a cambiarlas o a reconocer el error para reconducirlo, puede ayudar a evitar la catástrofe. Ser conscientes de que “adicciones”, “esposas” y “grilletes” mentales deciden a menudo por nosotros, nos puede ayudar a decidir mejor y con mayor libertad.

P.S.- Está la película de Cameron, pero no olviden La camarera del Titanic de Bigas Luna:

Enlaces de interés:
Titanic - The exhibition
Wikipedia – El Titanic. Con abundante información referenciada.

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El enorme placer de la ficción

El cerebro es curioso y se deja llevar por los chismes y las historias. Cuando olemos que algo tiene pinta de cuento, bajamos la guardia y tragamos lo que el narrador se proponga. ¡Pero, ojo! Hay quien aprovecha esta debilidad para vendernos una moto.

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@Pep_Torres, alma del Museu d’idees i invents de Barcelona (MIBA), acaba de circular un tweet en el que enlaza a un anuncio que, además de ser una joya de la creatividad publicitaria, me ha recordado un artículo que me pidieron hace un par de años sobre el increible poder de atracción que tienen las historias. Lo reproduzco más abajo, tal como salió publicado. Primero, os invito a que veais el video y os dejeis mecer por el relato.

“¿Crees que puede desaparecer el pene de un hombre? En 1976, 2.000 tailandeses padecieron una extraña enfermedad llamada koro, cuya manifestación principal es la sensación de que el pene se va haciendo pequeño. La mayoría de los afectados vivía cerca de la frontera con Vietnam, convencidos de que los vecinos comunistas estaban atacando la capacidad de reproducción de los tailandeses para poder invadirlos más fácilmente.

¡Tranquilos! Actualmente, gracias a trabajos de revisión como los de Jonah Mattelaer, de la Asociación Europea de Urología, sabemos que, en realidad, los pacientes con koro sufren una crisis de pánico: están convencidos de que su pene se va haciendo más y más pequeño debido a fuerzas sobrenaturales, supuestos enemigos o embrujos, aunque, objetivamente, al pene no le sucede nada.

A nuestro cerebro le gusta escuchar historias y hacérselas suyas, hasta el punto de que tiene reservada una ruta neuronal específica para los cuentos y cotilleos, distinta de la que utiliza para escuchar y obedecer órdenes o analizar datos. Y esta fascinación, junto con la necesidad humana de buscar explicaciones ante la incertidumbre de la vida, facilita la aparición y diseminación de rumores, teorías conspirativas y chismes de todo tipo.

¿Recuerdas el famoso Efecto 2000, cuando tenían que detenerse todos los ordenadores del mundo el día 31 de diciembre a medianoche, a causa del cambio de siglo? ¿Y la gripe aviar, que tenía que acabar con todas las aves y la mitad de la población humana, y nos llevó incluso a sospechar de los pollos del supermercado?

¿Te crees la versión oficial sobre el ataque a las Torres Gemelas, o piensas que fue el resultado de una oscura trama originada dentro de los propios Estados Unidos?
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La última generación

- ¿Era necesario vender las dos barcazas?
- Tendrás que venderlo todo: esta finca, el edificio de la empresa y el terreno de Flores.
¿Cómo podía admitirlo? Quería casarme con Dinauraura, viajar con ella…
- Vives en otro mundo -dijo Estiliano-. Si no lo vendes todo, puedes ir a la cárcel.

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Este fragmento es del libro Órfãos do Eldorado de Milton Hatoum, una novela corta publicada por Companhia das Letras que explica la historia de una familia que vivía en una ciudad del Amazonas a comienzos de siglo XX, cuando el comercio, sobre todo de caucho, pero también de frutas y otros materiales entre Manaus, Belém y los grandes puertos de Europa, enriqueció a toda una generación. La historia explicada por Arminto, el hijo del patriarca Armando Cordovil, narra cómo el negocio familiar se arruina tras la muerte del padre, en un entorno que empieza a ser hostil por la amenaza de la Primera Guerra Mundial y el tambaleo del negocio del caucho.

Algunas de las situaciones que vive el joven Arminto me recuerdan las del joven Estevet de L’auca del senyor Esteve (Las aleluyas del señor Esteve) de Santiago Rusinyol, la historia de una familia burguesa de Barcelona publicada en 1907, que narra el devenir del negocio familiar y de la fortuna amasada por el padre con su mercería, el enfrentamiento con Ramonet (el hijo artista), y cómo se acaba dilapidando la fortuna amasada una o dos generaciones antes con el esfuerzo del trabajo. Con ironía, esta novela costumbrista retrata fielmente una época de la ciudad que empieza a bullir con la dinámica industrial.

Regreso a Europa después de dos semanas en las que llegan las noticias tamizadas por la distancia y me encuentro con los titulares que anuncian los nuevos recortes en educación y sanidad. Es difícil no pensar en los ciclos, y en esa sensación de que la generación actualmente en el poder parece dispuesta a dilapidar impunemente todo ese tesoro que es el estado del bienestar, la salud pública de calidad y una educación gratuita para todos, levantado con gran esfuerzo por generaciones anteriores.

Quizás haya que pensar en la evolución de las sociedades con cierta perspectiva. Quizás ésta sea la primera vuelta de un gran ciclo que comenzó durante el siglo XIX con la industrialización, los cambios en el sistema de trabajo, el acceso al bienestar, la generalización del ocio (y los negocios asociados a todo ello, una gran bola de nieve, un mosntruo voraz al que sólo le vale el crecimiento constante). No creo que la solución pase por tratar de ir dando más y más pescado al mosntruo, a costa de la salud de los pescadores; quizás haya que perder el miedo a la quimera y dejarla morir de inmanición para preservar algunos valores esenciales de la sociedad. El problema está en el momento en el que los políticos, más que gestores de valores, se han convertido en (malos) administrativos que manejan hojas de Excel…

P.S., En el aeropuerto de São Paulo leo que estrenan Las nieves del Kilimanjaro, una película que nada tiene que ver con la novela de Hemingway; se trata de una cinta del francés Robert Guédiguian estrenada en 2011, que explica la historia de un sindicalista marsellés en paro que reflexiona sobre los valores de la sociedad y su propio acomodamiento. Queda pendiente.

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Medicalizando el racismo

Burgess era dado a bajar al pueblo los sábados por la tarde cuando las calles estaban atestadas de negros del campo, para buscar pelea con alguno; sencillamente los echaba de la acera con un empujón y luego los provocaba para ver si alguno se atrevía a decir algo. Si el negro en cuestión abría la boca, Burgess aprovechaba la oportunidad para darle un puñetazo o clavarle la navaja y aconsejarle que no regresara jamás a Estherville.

Katutura Location

Sigo enredado en el mundo de Erskine Caldwell y la fuerza de esos personajes que parecen arrastrados por la fatalidad. De pronto, un tweet de Eduard Soler (@edu_soler) me ha llevado de nuevo a las páginas de Un lugar llamado Estherville, la novela que explica la trágica vida de dos hermanos mestizos que llegan del campo para instalarse y tratar de ganarse la vida en esa ciudad sureña y son víctima de la mezcla del deseo que desata en las blancas y los blancos, respectivamente, la belleza y la juventud de Ganus y Kathyane, una atracción fatal en ese entorno de prejuicios raciales de esa sociedad a comienzos del siglo XX.

La sinapsis de la novela con el tweet tiene que ver con lo que cuenta Eduard Soler en él: la revista Psychopharmacology acaba de publicar los resultados de un estudio dirigido por Sylvia Terbeck de la Universidad de Oxford en el que compara los efectos de 40 mg de propranolol (un medicamento habitualmente utilizado en pacientes con hipertensión arterial, por ejemplo) con los del placebo para reducir los prejuicios raciales en 36 voluntarios blancos.

Se me ocurren dos reflexiones. La primera, ¿hasta dónde dejaremos que medicalicen los sentimientos, el pensamiento y la libertad de las personas? Y la segunda, algo que es cada vez más acuciante: ¡más Platón y menos Prozac! Lean y amen, más, por favor. Igual así solucionamos la gran cantidad de problemas que originan el miedo, la desconfianza, la búsqueda de la felicidad en lugares erróneos y unas cuantas cosas más.

Enlaces de interés:
Propranolol contra el racismo
Un blog sobre medicamentos e información

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Caminos difíciles

Voy a encargarme de que tengas esta bicicleta que tanta ilusíon te hace. Todo muchacho negro o blanco debería tener una antes de cumplir los veintiún años -se detuvo y miró por la ventana durante un momento-. Últimamente hago muchas cosas así, Ganus. ayudo a la gente a comprarse lo que quiere. (…) En este mundo siempre hay alguien que quiere algo, da igual que le corresponda o no, y su felicidad depende de tenerlo. Supongo que no hay mejor ejemplo de la naturaleza humana.

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Aunque leí El camino del tabaco cuando era adolescente, he redescubierto la profundidad y la magia literaria de Erskine Caldwell recientemente, gracias a la edición de buena parte de sus novelasde que está haciendo Navona Editorial. Empecé por La parcela de Dios, ese gran retablo de la envidia y las pasiones humanas de una familia de blancos pobres del sur de los Estados Unidos en las primeras décadas del siglo XX, la zona y la época en la que se desarrollan las grandes obras de Caldwell, siempre enmarcadas en el racismo explícito y en el instinto sexual aparentemente reprimido (o mal reprimido) de sus personajes.

El fragmento anterior pertenece al libro que acabo de terminar: Un lugar llamado Estherville. En este caso, es el magistral relato de la espeiral de dificultades con las que se van encontrando dos hermanos negros Ganus y Kathyanne Bazemore a partir del momento en el que llegan a la ciudad de Estherville tras morir sus padres. Como dice el comentario de Norman Mailer sobre la novela: “La perversidad está siempre dispuesta a confraternizar con la naturaleza humana”.

Resulta interesante leer novelas antiguas (ésta fue escrita en 1949), porque te permiten ver con cierta perspectiva algunas cuestiones sociales y políticas, que sólo es posible valorar sin la “contaminación” que pueda suponer el conocimiento o la situación actual. Me refiero, sólo por poner un ejemplo, a cómo los padres consideraban a los jóvenes, su indisciplina, su displicencia o su falta de interés en novelas como Vida privada de Sagarra, escrita en la década de 1930. ¿Cómo se valoraba el cine en sus comienzos y qué efectos nocivos se le achacaban? ¿Los mismos efectos perjudiciales que la lectura de novelas caballerescas sobre don Quijote? ¿Lo mismo que algunos piensan sobre Internet, ahora?

En cualquier caso, me llamó la atención este fragmento de Un lugar llamado Estherville, porque en él, Ganus quiere comprarse una flamante bicicleta para conseguir un trabajo de repartidor, y para lograrlo un médico-financiero, el doctor English, le hace un préstamo por el que tendrá que pagarle su salario de cinco dólares semanales durante seis meses. Además, el vendedor de bicicletas (que se beneficia de la comisión que obtiene de los préstamos del médico), no deja de vender al iluso Ganus una colección de accesorios inútiles que no hacen más que aumentar la deuda contraída…

¿Les suena el cuento? Ambición, “felicidad” mal entendida (o “felicidad” buscada en lugares erróneos), envidia, etc. Y, si quieren, cambien la bicicleta por pisos y el prestamista por bancos. Igual perversidad. Y el mismo deseo.

P.S.- No dejen de leer En el principio era el sexo de Christopher Ryan y Cacilda Jethá; estamos lejos de esos grupos igualitaristas que compartían comida, el cuidado de los niños y sus parejas sexuales… Pero de eso hablaré otro día.

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Ahora toca reaprender

Quiero aprender otra vez a hablar, a los cincuenta y cinco años: no se trata de aprender una nueva lengua, sino de hablar. Desprenderme de los prejuicios, aun cuando no quede otra cosa importante. Volver a leer los grandes libros, los haya leído o no. Escuchar a la gente, sin desear vencerla, sobre todo a la que nada tiene que enseñar. Dejar de pensar en el miedo como medio de consumación. Combatir a la muerte, sin dejar de llevarla en la boca durante todo el tiempo. Con un único lema: valor y honradez…

S'ha acabat la festa

Hace tiempo que busco el origen exacto de este fragmento de Elias Canetti; la mayoría de referencias hablan de esa obra extraordinaria y lúcida que es La provincia del hombre; me sirvió de excusa para releer el magnífico diario del escritor, que recoge notas tomadas entre los años 1942 y 1972. Sin embargo, no lo encontré allí. Algunas referencias hablan de “cincuanta y siete” años; Sergio Pitol en El viaje la reproduce y escribe “cincuenta y cinco” años. Proseguirá la búsqueda, y la doy por buena si me lleva a releer unos pensamientos que me ayudaron hace más de treinta años.

La aventura puede convertirse en la imagen estampada en una caja de galletas metálica que había en mi casa cuando era un niño; recuerdo la imagen (admitiendo todo el engaño por parte de las neuronas que queráis) porque fue, quizás, la primera vez que me interrogué sobre qué era la realidad. En la caja había estampada la imagen de una niña rubia con un delantal que sostenía una caja de galletas metálica donde había estampada la imagen de una niña rubia con delantal que sostenía una caja de galletas donde… De un modo parecido, la búsqueda del origen de la cita donde Canetti habla sobre la necesidad de volver a leer grandes libros, me lleva a volver a leer grandes libros que…

Aventura particular a parte, esta mañana muchas calles amanecieron llenas de confetti de colores, prueba del paso de numerosas comparsas de carnaval en los desfiles de anoche. El carnaval real y metafórico (id a saber cuál es cuál), se ha terminado. Se acabó la fiesta, y ante tanto recorte, tanta deuda, tanto abuso, tanto engaño y tanta injusticia, quizás toque volver a empezar, pero esta vez, de verdad.

El otro día, una amiga periodista me preguntaba cómo se podía hablar bienestar en un entorno gris y tempestuoso como el actual. Le respondí que ahora toca reaprender. El mundo está padeciendo una especie de ataque de apoplejía grave y monumental; la única solución es, como les toca hacer a muchos afectados, empezar a reaprender. Iniciar un costoso proceso de rehabilitación que les lleva a tener que reaprender los movimientos y reaprender a hablar. Si alguna esperanza de salvación hay (y estoy convencido de que sí existe), pasa por reaprender qué debemos valorar, en qué debemos poner el empeño colectivo, hacia dónde queremos ir… regresar a las cosas pequeñas, olvidar falsas grandezas y despilfarros inútiles.

Hay que reorientar tanto la brújula interior como la brújula colectiva porque pasamos demasiado cerca de algo que las desmagnetizó. Ahora nos toca reaprender.

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Reinventarse

Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie

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Desde hace unos meses, el verbo reinventarse está en boca de muchos. Quizás sea como consecuencia del ensayo homónimo de Mario Alonso Puig publicado por Plataforma Editorial, quizás sea una necesidad de reaccionar ante el entorno de inestabilidad, inseguridad y crisis como el actual. En cualquier caso, reinventar es la esencia de la creatividad, es la manera de llamar la atención de nuevo sobre algo.

Pensaba en todo ello esta tarde, viendo la película The Artist, escrita y dirigida por Michael Hazanavicius, una perla cinematográfica producida en 2011… ¡en blanco y negro y muda! Hay varias cosas curiosas en esta película, que conducen hacia la expresión “reinventarse”.

- En primer lugar, la acción transcrurre entre 1927 y 1932; es decir, alrededor de la gran depresión económica de 1929, ¿un espejo del mundo actual?

- En segundo lugar, retrata un momento de cambio profundo en el cine: con El cantor de jazz, los actores empezaron a tener voz propia, y eso supuso un cambio de paradigma, arrinconar sin piedad una época y abrir la puerta a la innovación. Sólo logra seguir en la cresta de la ola quien se adapta o quien, tras un arduo proceso de introspección… se reinventa.

- Finalmente, la propia película es un ejemplo de reinvención (¿metareinvención?), porque el director se atreve a regresar al blanco y negro y al cine mudo con acompañamiento musical y sin efectos especiales, en pleno apogeo del cine de acción, espectacular y en 3D…

Al contrario de los tráiler que pasan antes de la película, que parecen necesitar fuego, acción, efectos especiales espectaculares o la irrealidad de monstruos crueles e indestructibles para captar la atención, The Artist logra mantener a toda la sala sin un suspiro, siguiendo diálogos mudos que cada espectador escribe en su mente, incluso en los segundos de silencio absoluto. Basta identificar algo interesante del pasado, ponerle un poco del aliento propio y llevar adelante el proyecto, sin miedo y con convicción. Es hora de reinventar muchas cosas, no lo duden.

P.S.- Y no olvidemos que el cambio que perseguimos no es el que retrató magistralmente Lampedusa en Il Gattopardo, con la famosa idea que encabeza esta entrada… Interesan pequeños cambios que llevan a dar verdaderos saltos cualitativos hacia algo mejor.

Enlaces de interés:
The Artist (2011) – Información

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