Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie

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Desde hace unos meses, el verbo reinventarse está en boca de muchos. Quizás sea como consecuencia del ensayo homónimo de Mario Alonso Puig publicado por Plataforma Editorial, quizás sea una necesidad de reaccionar ante el entorno de inestabilidad, inseguridad y crisis como el actual. En cualquier caso, reinventar es la esencia de la creatividad, es la manera de llamar la atención de nuevo sobre algo.

Pensaba en todo ello esta tarde, viendo la película The Artist, escrita y dirigida por Michael Hazanavicius, una perla cinematográfica producida en 2011… ¡en blanco y negro y muda! Hay varias cosas curiosas en esta película, que conducen hacia la expresión “reinventarse”.

- En primer lugar, la acción transcrurre entre 1927 y 1932; es decir, alrededor de la gran depresión económica de 1929, ¿un espejo del mundo actual?

- En segundo lugar, retrata un momento de cambio profundo en el cine: con El cantor de jazz, los actores empezaron a tener voz propia, y eso supuso un cambio de paradigma, arrinconar sin piedad una época y abrir la puerta a la innovación. Sólo logra seguir en la cresta de la ola quien se adapta o quien, tras un arduo proceso de introspección… se reinventa.

- Finalmente, la propia película es un ejemplo de reinvención (¿metareinvención?), porque el director se atreve a regresar al blanco y negro y al cine mudo con acompañamiento musical y sin efectos especiales, en pleno apogeo del cine de acción, espectacular y en 3D…

Al contrario de los tráiler que pasan antes de la película, que parecen necesitar fuego, acción, efectos especiales espectaculares o la irrealidad de monstruos crueles e indestructibles para captar la atención, The Artist logra mantener a toda la sala sin un suspiro, siguiendo diálogos mudos que cada espectador escribe en su mente, incluso en los segundos de silencio absoluto. Basta identificar algo interesante del pasado, ponerle un poco del aliento propio y llevar adelante el proyecto, sin miedo y con convicción. Es hora de reinventar muchas cosas, no lo duden.

P.S.- Y no olvidemos que el cambio que perseguimos no es el que retrató magistralmente Lampedusa en Il Gattopardo, con la famosa idea que encabeza esta entrada… Interesan pequeños cambios que llevan a dar verdaderos saltos cualitativos hacia algo mejor.

Enlaces de interés:
The Artist (2011) – Información

Nos pasamos la vida danzando sobre una fina capa de hielo, debajo hace frío, y nos espera una muerte rápida. El hielo no soporta el peso de algunas personas, que se hunden. Ése es el momento que me interesa. Si tenemos suerte, no ocurre nada y seguimos danzando. Si tenemos suerte.

Tienda de Cafe - Bogotá

Hace unas semanas Jordi Nadal me envió un libro con una nota manuscrita: “Léelo; cre que te gustará“. Se trata del celebrado Crímenes de Ferdinand von Schirach, al que pertenece la cita anterior. Aprovecho las horas de reposo de un vuelo transoceánico para leerlo de una tirada, la manera cómo mejor se puede saborear un libro, sin interrupciones y siguiendo el hilo propuesto por el narrador.

Crímenes son once relatos de otros tantos asesinatos en los que el autor, un abogado penalista alemán, se vio involucrado para ejercer su oficio como defensor. En todas las historias salen personas que caminan sobre esa capa de hielo delgada por la que pasa el camino de la vida de cada uno, una capa de hielo sobre la que se entrecruzan existencias distintas y, una de ellas, acaba muriendopor circunstancias distintas. Por azar, a veces. Por un mal momento. Por una mala interpretación de la realidad… Ocasionalmente, con premeditación. La mayoría de las veces, por carambolas como las de una buena partida de billar en la que una tercera bola recibe las consecuencias del impacto de otras dos bolas ajenas a ella.

Crímenes es una buena excusa para reflexionar sobre qué es la realidad y si alguna vez podemos llegar a comprenderla tal como es, si partimos de la base que nuestro conocimiento del entorno es parcial y que depende de la información (siempre subjetiva y manipulable) que nos aportan los sentidos. La vida es parecida al juego óptico de dos espejos colocados frente a frente, uno reflejándose en el otro hasta el infinito, en el que se llega a perder la noción de cuál es la imagen original. Me hace pensar en esa pequeña joya que es Un dios salvaje de Yasmina Reza recientemente llevada al cine por Roman Polanski. Pero eso merece otra reflexión.

Enlaces de interés:
Tienda de Café – Usaquén (Bogotá, Colombia)
Crímenes – Ferdinand von Schirach, Salamandra, 2011
Un dios salvaje – Yasmina Reza y Roman Polanski (trailer)

We struck the home trail now, and in a few hours were in that astonishing Chicago–a city where they are always rubbing a lamp, and fetching up the genii, and contriving and achieving new impossibilities. It is hopeless for the occasional visitor to try to keep up with Chicago–she outgrows her prophecies faster than she can make them. She is always a novelty; for she is never the Chicago you saw when you passed through the last time.

Mark Twain “Life on the Mississippi,” 1883

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Una de las primeras cosas que uno aprende al llegar a Chicago es que esa bella selva de rascacielos que se erigen como una muestra de la opulencia y del desafío del hombre son fruto de una desgracia. Entre el 8 y el 10 de octubre de 1873, ardieron casi diez kilómetros cuadrados de edificios en los que abundaba la madera. La tradición dice que una vaca dio un golpe a una lámpara de queroseno que se encontraba en el establo de DeKoven Street, aunque el origen de uno de los peores desastres del siglo XIX sigue sin conocerse con exactitud.

Lo cierto es que los vientos tan habituales a orillas del lago Michigan ayudó a convertir en cenizas la ciudad. Dicen las crónicas que murieron 300 personas y que más de 100.000 se quedaron sin hogar; ardieron 17.500 edificios y casas. ¿Qué hacer ante tal tragedia?

La respuesta de los ciudadanos fue una muestra ejemplar de qué significa resiliencia colectiva: levantar de nuevo la ciudad, pero habiendo aprendido del problema. Se iba a utilizar poca madera, mucho cemento y mucho hierro. Como consecuencia de ello, Chicago rensurgió para convertirse de nuevo en la Reina del Oeste, la ciudad donde nacieron y se afianzaron los rascacielos, desde el modesto Home Insurance Building con lo que ahora nos parecen unos irrisorios 10 pisos y construido en 1884, hasta la Torre Willis (antiagua Torre Sears) de 442 metros y 108 pisos.

En épocas de dificultades y de sufrimiento colectivo, es útil recordar estos ejemplos de resiliencia frente a la adversidad. Si el fuego terminó el martes 10 de octubre, el miércoles William Bross tomó el tren hasta la cámara de comercio de Nueva York y, en lugar de perder el tiempo lamentándose, empleó sus energías en tratar de convencer a los hombres de negocio de que el fuego había abierto grandes oportunidades para invertir en Chicago. Acababa de empezar una nueva era.

César Russ - Pintando Chicago

Enlaces de interés:
César Russ – Fotografías espectaculares de la ciudad del viento
Reconstrucción cinematográfica del incendio de Chicago
The Great Chicago Fire (web con numerosos testimonios escritos)

Declaro que una hermosa mañana, ya no sé exactamente a qué hora como me vino en gana dar un paseo, me planté el sombrero en la cabeza, abandoné el cuarto de los escritos o de los espíritus y bajé para salir a buen paso a la calle.

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Robert Walser empieza con esta frase su nouvelle El paseo, y me pareció una buena cita para retomar el blog, diecisiete meses después de la última entrada, con algunos viajes más sobre las espaldas, muchas conversaciones enriquecedoras con personas que no conocía, unas cuantas “palabras-clave” nuevas que me han polarizado la atención, y un mundo en cambio acelarado a escala global. Días placebo, que no días perdidos. Meses en otros menesteres, también meses aprovechando tanto los momentos de intensidad laboral como los escasos momentos de ocio.

Palabras como “indignación”, “respuesta” o “acción” tienen un sentido distinto al que tenían hace sólo un año. Se han popularizado siglas como “DSK” que han permitido debatir sobre la ética. Ha habido una “primavera árabe” y se abre la puerta a la esperanza para bastantes personas. Sigue la crisis financiera en una parte del mundo y las dudas sobre hacia dónde tenemos que avanzar: ¿continuar la vertiginosa espiral ascendente de las recetas del capital o racionalizar las cosas -lo que conlleva una seria reflexión sobre valores, sobre lo que es necesario y lo que es superfluo?

Y, mientras tanto, la vida difícil para muchos sigue estando ahí. Una muestra excelente del ojo sin juicio moral es la película Le gamin au vélo (El niño de la bicicleta) de Jean-Pierre y Luc Dardenne, que narra la historia de Cyril, un niño de once años que se escapa del hogar de acogida donde su padre lo dejó después de prometerle que volvería a buscarlo y no haberlo hecho. Cyril aprenderá pronto la realidad, a veces dura y poco amable. No lo dejen escapar (abajo, el tráiler).

En medio de los gritos que redoblaban su fuerza y su duración, que repercutían hasta el pie de la terraza, a medida que los ramilletes multicolores se elevaban en el cielo, el doctor Rieux decidió redactar la  narración que aquí termina, por no ser de los que se callan, para testimoniar en favor de los apestados, para dejar por lo menos un recuerdo de la injusticia y de la violencia que les había sido hecha y para decir  simplemente algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio.

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Al final de La Peste, Albert Camus hace una reflexión sobre la humanidad de los seres humanos y se muestra optimista en la posibilidad de redención, a pesar de las dificultades que se encuentran en el camino. Una reflexión interesante en tiempos de crisis, crisis económica, pero sobre todo crisis de valores esenciales, como de pérdida del norte o de desconcierto generalizado.

En estos días, con un Mundial a punto de empezar en Sudáfrica, quizás sea el momento de recordar una vieja palabra africana que define un espíritu y una manera de ser. Una “palabra-maleta”, como quizás la clasificaría Màrius Serra, que incluye concordia, humanidad, perdón y, especialmente, esta voluntad de avanzar conjuntamente que permitió, de la mano de Nelson Mandela o de Desmond Tutú, que Sudáfrica superara la demencial política del apartheid.

Y, empujado por mi amigo, mi editor, por Jordi Nadal, me lancé a escribir Ubuntu – El triunfo de la concordia.

Con este libro que saldrá la semana próxima, también empieza una nueva página web, con dos blogs independientes, complemento de estos escritos.

Si tenéis curiosidad, os invito a echar un vistazo a: Filosofia Ubuntu.

Nos seguimos viendo aquí o allá, con historias del mundo, siguiendo aquella máxima de Publio Terencio: Homo sum, humani nihil a me alienum puto, «soy humano y nada de lo que pertenece al hombre me resulta ajeno».

¡Gracias!

Sabemos sí que el milenio entero estará hecho de instantes, que nuestras vidas, frente a la eternidad del mar o los volcanes, son un instante al que debemos entregarnos sin reticencia, ávidos y esperanzados como peces, como amantes, como niños que apernas hace poco lo eran.

Mirando el cráter

La escritora mexicana Ángeles Mastretta habla a menudo de volcanes; lo hace, también, en El cielo de los leones, donde recuerda la convivencia de los dos tiempos, el eterno tiempo geológico y el efímero tiempo humano. Resulta que un volcán islandés está causando un caos en el transporte en media europa desde el viernes pasado… pero otro volcán cercano entró en erupción un buen día del año 1783 y estuvo activo durante ocho largos meses, una erupción que, en aquella ocasión fue devastadora para la isla.

Esta mañana leía una de las excelentes crónicas que Rafael Poch escribe para La Vanguardia; en esta ocasión, el autor recordaba otra erupción, en este caso del volcán indonesio de Tambora en 1815, que mandó a la atmósfera una nube similar que llegó hasta Alemania. Goethe recogió el acontecimiento, y el pintor Caspar David Friedrich plasmó en el cielo de su cuadro El puerto de Greifswald.

Trataba de recordar algunos libros que he leído donde los volcanes están presentes de un modo u otro. Quizás el último (y ya hace unos años de eso), cuando visité la isla de Lanzarote y aproveché para leer Lanzarote de Michel Houellebecq, en una edición francesa que incluís fotografías del autor hechas allí; entre la trama, Houellebecq incluye las crónicas de un sacerdote isleño que narra una erupción que tuvo lugar en el siglo XVIII. Pero está el Viaje al centro de la tierra de Verne, la omnipresencia volcánica de la maravillosa, onírica y etílica Bajo el volcán de Lowry, y unas cuantas novelas, poemas y crónicas nicaragüenses, como el Mombacho de Gioconda Belli  y, claro, el Castigo divino de Sergio Ramírez, una sólida novela que leí con placer tras la insistencia de mi amigo Edgar, quien en más de una ocasión me ha acompañado a ver las fumarolas del volcán de Masaya, cerca de su casa.

Momento curioso, el que está provocando la erupción del volcán que está bajo el glaciar Eyjafjalla (Eyjafjallajokull), momento para analizar qué sucede con la globalización, qué pasa cuando falla el transporte aéreo, hasta qué punto nos hemos vuelto dependientes de la electricidad y la gasolina, hasta dónde llega la insolidaridad, hasta qué punto ya no sabemos valernos por nosotros mismos. En Cataluña ha habido un par de apagones eléctricos prolongados en los últimos años, y ya se ha visto el caos que originan; ¿qué puede suceder si la nube de ceniza dura ocho meses, como ya pasó en el siglo XVIII (o sea, ayer, en tiempo geológico)? Quizás nos daremos cuenta de que hoy, globalizados, somos más inválidos desde el punto de vista humano que entonces.

Enlaces de interés:
Ágeles Mastretta – Blog

Rafael Poch: Goethe y el Tambora

Michel Houellebecq – Lanzarote

¿Cuando se conoce una ciudad? O, quizás, ¿cuándo llegamos a conocer algo -o a una persona, o a nosotros mismos-?

patio

Viajé hasta Oviedo invitado por Tribuna Ciudadana para dar una conferencia sobre El valor de la risa en la vida cotidiana. Mi anfitrión fue Alfonso Barredo, y tuve la suerte de que se comportase como tal: aprovechando el sol de primavera a media mañana del viernes, estuvimos paseando por el casco antiguo de la ciudad durante un par de horas y sin rumbo definido, en la que nos deteníamos aquí y allá, tanto para admirar algún detalle de los edificios restaurados, como para hacer mayor énfasis en algún aspecto de la conversación u, ocasionalmente, para responder alguna de las llamadas de radios locales que querían saber de qué iba a hablar esa noche.

Revisitar una ciudad suele ser un placer, porque el ejercicio de recordar (o desempolvar caminos neuronales por los que hacía tiempo que nadie circulaba) con el placer de descubrir lugares nuevos (o que, por lo menos, no recordabas en absoluto). Así fue como Alfonso me llevó al edifico histórico de la universidad; había estado en otras ocasiones en el claustro, presidido por la estatua de su fundador, Fernando Valdés Salas, Inquisidor General (a menudo la vida tiene este tipo de incongruencias).

Alfonso me dijo: “Espera, te voy a enseñar un rincón maravilloso que pocos ovetenses conocen”. Y así fue como me condujo a una puertecita que queda en una de las esquinas del claustro por la que llegamos a un pasillo con arcos que dan a un jardincito interior, silencioso y protegido del sol por la sombra jaspeada que proporcionan las hojas de unos árboles de tronco robusto. La ciudad silenciada por la solidez del propio edificio, en aquél rincón escondido, sólo se escuchaban algunos pájaros confiados por la tranquilidad del lugar y el sonido refrescante de una fuentecita junto a un busto de la reina Isabel II. Caminamos unos pasos por un sendero de gravilla entre parterres cubiertos por un césped verde y refrescante hasta alcanzar una placa donde hay grabado un fragmento del poema Empleo de la nostalgia de Ángel González:

Amo el campus

universitario,

sin cabras,

con muchachas

que pax

pacem

en latin,

que meriendan

pax, pasa, pan

con chocolate

en griego,

que saben lenguas vivas

y se dejan besar

en el crepúsculo

(también en las rodillas)

y usan

la coca-cola como anticonceptivo.

Ah las flores marchitas de los libros

de texto

finalizado el curso

deshojadas

cuando la primavera

se instala

en el culto jardín del rectorado

por manos todavía adolescentes

y roza con sus rosas

manchadas de bolígrafo y de tiza

el rostro ciego del poeta

transustanciados en un olor agrio…

Enlaces de interés:

Fernando Valdés Salas – Inquisidor que fundó la Universidad de Oviedo

Wikipedia: Ángel González

En el tiempo de la navegación a vela, a bordo siempre viajaban carpinteros, (…) imprescindibles en caso de avería o si se torcía un palo. Y siempre había disputas entre el patrón y el jefe de los carpinteros. El patrón pretendía ir más de prisa y probar la resistencia de los palos. El carpintero, en cambio, prefería ir más despacio, tener cuidado del barco para que llegase a puerto entero.

móns

En el aeropuerto, antes de salir hacia Bogotá, encontré un libro con un título extraño que me despertó la curiosidad: Bilbao – New York – Bilbao del escritor Kirmen Uribe. La novela, una especie de caleidoscopio absorbente, habla sobre la vida en los pueblos pesqueros del norte y también habla de vidas -de vidas truncadas, de vidas exiliadas, de vidas felices y, simplemente, de vidas-, narradas por el propio escritor durante un viaje aéreo de Bilbao a Nueva York vía Frankfurt para participar en un acto literario.
Decidí comprar el libro ante la duda de si el que llevaba iba a durarme todo el camino, y acabé leyendo la novela de Kirmen completa en el tramo de París a Bogotá en un Airbus de Air France, con perdón por la redundancia. La primera página contiene una imagen bonita: al igual que los árboles, los peces poseen unos anillos diminutos en las escamas que indican su edad; sin embargo, al parecer los anillos de los peces muestran una marca que aparece en invierno, en época de penuria, cuando el pez no come. Escribe:

Igual que los anillos de los peces, los momentos difíciles nos van marcando nuestras vidas, hasta convertirse en la medida de nuestro tiempo. Los días felices, en cambio, pasan deprisa, demasiado deprisa, y enseguida se desvanecen.

Las velocidades del tiempo, de las que hablaba en otro post.

Mientras iba pasando páginas con avidez y aprendiendo cosas sobre la vida en Ondarroa, en el otro lado del pasillo había una pareja sentada con una butaca libre entre los dos. Él, con rasgos orientales, aparentemente más joven que ella, ambos bien vestidos, aunque con el tipo de ropa que no llevaría nunca. Pensé -en aquellos diálogos neuronales que uno tiene cuando viaja solo y observa-: “Deben trabajar en el mundo de la moda”. Y mi sospecha se vio confirmada poco después, cuando pusieron sobre el asiento libre que había entre ellos media docena de pesadas revistas de papel couché, sin duda compradas en el aeropuerto de París. Vogue, Harpers Bazaar, etc.

Lo curioso vino veinte minutos más tarde: tanto él como ella iniciaron un ejercicio que consistía en pasar deprisa las hojas de las revistas que habían leído y arrancar páginas que colocaban cuidadosamente dentro de una bolsa de plástico. El ruido repetitivo “ras, ras, ras” de ambos, imponía un ritmo extraño en medio del psedosilencio de los motores a velocidad de crucero amortiguados por la modorra post-prandrial. Pensé que recortaban anuncios o fotografías de vestidos y zapatos que, quién sabe, les servirían de inspiración para su próxima colección primavera-verano; hasta aquí, nada extraordinario.

Lo extraordinario es que, mientras el ruído de las páginas arrancadas me iba golpenado el tímpano derecho, llegué a la página 56 de la versión catalana de la novela, justo donde Kirmen escribe:

(…) el hombre sentado a mi lado sacó unas revistas de la bolsa. Eran revistas de moda. Abrió un ejemplar y empezó a rasgar las páginas. Además, lo hacía con mucha fuerza. Y se pasó todo el vuelo así. Arrancando páginas y páginas de las revistas (…)

Sin duda, de haber estado leyendo la novela en un e-book, hubiera pensado que mis dedos habían tocado alguna zona de la pantalla y que me había desplazado a una meta-página situada en cualquier lugar del limbo de Internet, un bucle intrigante entre la realidad y la ficción. Los neurólogos lo catalogarían como un dejà vu atípico; algún crítico literario aprovecharía para hablar del realismo de Kirmen uribe; yo simplemente pensé que es bonito viajar y leer.

Enlaces de interés:

Kirmen Uribe – Wikipedia

Bilbao- New York – Bilbao: reseña en El placer de la lectura

En la guerra he aprendido una cosa: cuando se toman prisioneros y se interroga a los soldados del bando contrario, siempre, siempre, siempre, se repite la misma pauta, el mismo modelo: al soldado se le ha preparado para que lo ignore todo sobre su enemigo. El enemigo, el otro, es para él algo abstracto. Y en el momento en que se empieza a conocer al otro, se empieza a hablar, se pierde la motivación por la lucha.

Dialogo

Esta es una de las frases que subrayé del imprescindible puzzle que la traductora de Ryszard Kapuscinski recopiló en El mundo de hoy. Da pistas sobre el porqué de los prejuicios o sobre por qué uno hombre mata a otro en la absurdidad de una guerra.

Recuperé esta frase cuando escuché en la BBC un podcast que describía la iniciativa Human Library y el proyecto de los “libros vivos”, una iniciativa danesa que sostiene que cuando tienes la oportunidad de hablarcon una persona, a menudo los prejuicios que puedas tener, desaparecen. Uno de los primeros carteles de la iniciativa decía, simplemente: “No juzgues un libro por la cubierta“.

Precisamente ayer, la directora de un instituto me explicaba el drama de un alumno que, tras confesar su homosexualidad a sus padres, se enontró con una reacción desmesurada originada por el temor, la incertidumbre, el qué dirán (los demás) pero, sobre todo, por el prejuicio, por el aspecto de la tapa del libro y no de su contenido, vaya.

Y el problema es que esta época de la cultura de la información en píldoras y diálogos en post-it, no ayuda demasiado. La percepción, los miedos, la individualidad y la compleja dinámica de grupos nos conduce a los prejuicios, a juzgar a primera vista sin ni siquiera tener demasiado interés en profundizar. Y una vez puesta la etiqueta, cuesta revertir el proceso. Quizás ser humano consista en eso, en discernir por qué actuamos como lo hacemos, en identificar emociones y utilizar tanto como podamos esa capacidad definitivamente humana que es poder hablar, entablar diálogos que pueden hacer florecer nuevas emociones.

Por cierto, un buen libro que no conviene dejar escapar: Heroes cotidianos de Pilar Jericó. ¡Cuántos prejuicios se deben al miedo que tenemos!

Enlaces de interés:

Kapuscinski en Anagrama

Human Library y los libros vivos

Pilar Jericó – Heroes cotidianos


Indudablemente aquí hay algunas cosas que no vio, pero las sabe de hombres dignos de ser creidos y citados. Por eso presentaremos las cosas vistas como vistas y las cosas oídas como oídas.

La nevada 2010

Así empieza Marco Polo su Libro de las Maravillas, donde los ojos del viajero -precisamente por encontrarse en un lugar distinto-, hacen ver la rutina y lo cotidiano como excepcional, distinto o curioso.

El reto de verdad es saber ver lo que nos es familiar con una mirada nueva, fresca. El reto de verdad es volver a mirar lo que vemos cada día y descubrir detalles curiosos. A veces, lo excepcional, como esa nevada inesperada en Barcelona a comienzos de marzo, regaló oportunidades a quien, ante la imposibilidad de luchar contra los elementos, acepta el reto y juega con ellos.
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