La fascinación de las máquinas de Goldberg

Todos llevamos una gorra en la cabeza y Jessi ha venido con una peluca morena. Ahora sí es la Mia de Pulp Fiction.

Ful

Crecí con Los grandes inventos del T.B.O., fruto de la genialidad del Profesor Franz de Copenhague. Un día descubrí que la inspiración del dibujante Ramon Sabater venía de Rube Goldberg, un ingeniero y también caricaturista norteamericano que creó al Professor Lucifer Butts. Poco más tarde me enteré de que había gente que se dedicaba a hacer complejos montajes basados en unos cuantos principios de mecánica, gran precisión y bastante habilidad; se les llama máquinas de Rube Goldberg, porque recuerdan estos dibujos. Basta buscar en Youtube con ese nombre, para encontrar centenares de videos con canicas o bolas que corren de un lado a otro de la pantalla haciendo carambolas o moviendo maderas hasta el desenlace final. Al final de esta entrada incluyo uno de esos vídeos.

Estos días he pensado bastante en las máquinas de Goldberg mientras leía Ful de Rafa Melero Rojo, una buena novela negra que explica la desesperada huida hacia adelante de un joven del mismo nombre, portavoz, por decirlo de algún modo, de una banda de tres al cuarto de la ciudad de Lleida que, tras pensar que van a dar el golpe del siglo para poder retirarse de una vez, se encuentran, ya a la primera de cambio, con dos muertos en su haber. Y, claro, no son unos muertos cualquiera, de manera que al lector le esperan 250 páginas en las que no cabe otra cosa que una madeja cada vez más enredada, ya sea por el latiguillo del deseo de Ful por Jessi, la novia de uno de los integrantes de la pandilla, las ausencias del Pelota, el silencio de Jose (así, sin acento) o la mirada gélida del Hielo. Esta sensación de gran máquina de Goldberg en las terres de ponent se acentúa notablemente por la forma cómo está escrita la novela, enlazando un capítulo con otro y, naturalmente,repleta de giros totalmente insospechados además de la imprescindible pirotecnia final de cualquier novela negra que se precie. ¡Y no defrauda!, al contrario, llegas à bout de souffle.

No dejéis pasar a este autor que, además de escribir, forma parte de la policía judicial. O sea, sabe de qué habla y domina a la perfección el argot. Aquí, la web del autor.

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Los hilos invisibles de las marionetas

No se te ocurra joderme -Costa masticó las palabras-. No se te ocurra, malena. No sabes con quién te la estás jugando. Haz lo que tienes que hacer y no fuerces las cosas. Lo digo por tu bien. Si te enfrentas a mí, iré a por ti y a por tu novia la policía

Cuentas pendientes

El escultor norteamericano Dale Chihuly es conocido por sus trabajos hechos con burbujas de vidrio soplado. Una de sus obras es la lámpara de colores de once metros colgada en la cúpula de la entrada del museo Victoria and Albert de Londres, donde esos filamentos revoltosos contrastan enormemente con la seriedad y la sobriedad del majestuoso edificio de comienzos de siglo XX. Cada vez que la he visto, he pensado que esta escultura era la materialización de todo aquello de intangible que tenemos las personas, empezando por los recuerdos y siguiendo por las emociones (las reconocidas y las que no lo son tanto), los temores y los rencores, lo dicho, lo hecho, lo que nunca dijimos, aquello de lo que nos arrepentimos y, también, como no, las risas, los abrazos y los besos, las lágrimas y las pérdidas. Dicho de otro modo, todo aquello que conforma la sabia particular de cada uno, fruto de una mezcla de proporciones únicas e irrepetibles de todos estos ingredientes, la sabia que nos hace atractivos o repulsivos, simpáticos u odiosos.

Me acordé de esta escultura cuando iba por la página 20 de Cuentas pendientes, la última novela de Susana Hernández en la que la subinspectora Rebeca Santana se enfrenta a un monstruo de tres cabezas que la asedia infatigable como una pesadilla larga y (para el lector) deliciosa. Por un lado está el terrible azote del tráfico de menores por parte de bandas internacionales organizadas y sin ningún tipo de escrúpulos; por otro, el desasosiego que supone ese miedo inenarrable de que un buen día su atractiva Malena deje de estar colada por ella y, finalmente, esa herida del pasado de la subinspectora que, de tanto en tanto, supura y duele.

De Susana, hace unos años había leído Curvas peligrosas y, luego, Contra las cuerdas, los otros dos capítulos de ese par de policías constituído por una Rebeca criada en el popular barrio del Carmel de Barcelona y una Míriam que vive en la distinguida avenida Pearson. Al llegar al final de cada una de las historias, me había quedado con la picazón agradable del “¡quiero más!”; en esta tercera entrega, la sensación no es sólo de “¡quiero más!”, sino también la impronta de efecto que dejan los personajes sólidos, entrañables y bien construidos.

Me gustan las historias como espejos de ese intangible que son la maldad y la bondad de los seres humanos, así como de su resultado: los claroscuros de la sociedad y de las relaciones de las personas que ocasionalmente son como áticos de lujo y, más a menudo, calles de barrios populares o cloacas hediondas por donde circula la inmundicia de unos y otros. Sin embargo, hace tiempo que me he dado cuenta de que todas estas historias realmente me gustan cuando están escritas de un modo exquisito, con ese juego de palabras bien puestas que me van meciendo como si la autora fuese un titiritero que, con los hilos invisibles de su saber hacer, mueve al lector de la primera hasta la última página. Déjense atrapar por la telaraña de Susana Hernández y, si tienen alguna duda, lean las tres primeras páginas en la librería; apuesto a que se llevan Cuentas pendientes sin dudarlo un instante.

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Magia colombiana

A mí las preguntas secundarias no me dejan dormir: se atraviesan como espinas en el camino de mis mejores ideas, le ponen zancadilla a mis mejores proyectos. Por ejemplo, a mí me importa un bledo saber si Dios creó eo no el universo o si la humanidad tiene o no futuro o si el aire limpio va a alcanzarle a unos tataranietos que igual no tengo. En cambio, puedo pasar la noche en vela tratando de entender por qué diablos insistimos los hombres en usar zapatos con cordones.

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Me encanta que me expliquen historias. En realidad, escuchar historias es algo placentero, hasta el punto que cuando el cerebro percibe que le están contando una historia, relaja los mecanismos de alerta sobre hechos imposibles y silencia preguntas sobre lógica, para dejarnos mecer siguiendo el ritmo de las palabras, las olas de la intriga y la horda de emociones generadas por los personajes. Eso explica por qué no cuestionamos las espadas láser de La Guerra de las Galaxias ni la plausibilidad de las sirenas cuyo canto Ulises escuchó atado a un mástil de su embarcación. En cambio, en una reunión de trabajo, si alguien hace una propuesta que nos parece algo fuera de la lógica o lo esperable, rápidamente fruncimos el ceño. Eso explica, también, porqué cada vez más los anuncios son historias, una manera de que escuchemos, prestemos atención, sigamos el hilo conductor y recordemos… la marca (¿Vale?).

Estilos para contar historias, hay muchos, casi tantos como autores. Uno de ellos consiste en utilizar las rutinas del mago que te muestra las manos, se sube las mangas para que creas que no oculta nada y, de repente, te saca una moneda de detrás de la oreja, que desdobla con un movimiento sutil; acto seguido, con un chasquido de los dedos, convierte las dos o tres monedas en un pañuelo rojo que se apresura a ocultar en el interior de un huevo que, dentro de la chistera correspondiente, se transformará en paloma blanca que sale volando hasta su jaula, detrás del escenario. Cuando te das cuenta, el mago vuelve a estar con las manos vacías y nada en las mangas, mientras tú te has quedado boquiabierto, con ganas de más, y preguntándote qué paso, qué detalle, te has perdido. Eso me acaba de suceder leyendo a María Clara Rueda.

María Clara Rueda nació en Bogotá; no sé si es prestidigitadora (por lo menos, la solapa de su novela, no lo explica), pero lo que sí hace esta autora con su historia es magia, pura magia colombiana que embelesa al lector, te lleva por donde le apetece y, cuando te das cuenta, un pobre desgraciado a quien le persigue el cobrador del frac por medio Madrid, se encuentra entre muertos y mafias, amigos colombianos misteriosos, una novia que le pone cuernos, una cliente que le pide que investigue a un tal Figueras, euros, vecinos ruidosos y una montaña de zapatos. Hablo de Este muerto no lo cargo yo, una narración con magia y con mafia; una novela madrileña, pero de colombianos; un tipo enamorado de Isabel que, cuando se da cuenta de que ella le pone los cachos con otro, decide vengar a la clienta que le contrata por el mismo motivo. Prosa extraordinariamente bien escrita; o sea, como palabras que te acarician igual que la brisa agradable del aire acondicionado en una tarde en plena ola de calor.

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La aparente sencillez de lo sublime

Aun así, no está seguro de que nada de esto tenga que ver con lo de Odaz o con Esteban Puig, puede que esté perdiendo el tiempo tras una trama equivocada, ha sido un presagio que huele igual de mas que este trabajo, que parecía facilón.

Uno de los lugares a los que me gusta acompañar a los visitantes que tienen un par de horas libres antes de irse al aeropuerto es la Fundació Miró. Hay quien prefiere los dibujos figurativos al arte de Joan Miró; hay quien prefiere Casas o Fortuny. No quería entrar en estas disquisiciones en este momento, sino que voy a hablarles de uno de los cuadros (en realidad, un tríptico) en el que cada vez me detengo un rato: Peinture sur fond blanc pour la cellule d’un solitaire, un enorme liezo blanco con una línea negra; lo pintó en 1968. Los comentarios iniciales suelen ir desde el “¡Qué despropósito!” al “¿Y esto está en un museo?”, pasando por el manido: “Pero si esto lo sabe hacer un niño de cuatro años”. Sin embargo, lo que es arte o no, depende de las emociones que despierte en cada uno la pintura, la escultura, las notas de un piano o un puñado de palabras y, en mi caso, esta pintura -que es la que aparece en la mitad inferior de la fotografía que encabeza esta entrada, me atrae muchísimo simplemente porque, cuando vas más allá de lo superficial y piensas como un preso solitario en su celda, esa simple línea se convierte en muchas cosas: es transgresión y rebelión frente al blanco imponente, supone romper el insoportable vacío, o significa tener algo propio en un espacio que es ajeno… Me gustan las cosas sencillas, porque detrás de esa aparente sencillez, a menudo se encierra un mundo complejo, a veces barroco y, en cualquier caso, muy lejos de la primera impresión. Lo sencillo suele sorprender y, a la vez, suele ser el fruto de una reflexión previa notable.

He recordado esta pintura, no porque se refiera a un preso o una cárcel, algo que viene bien al hablar de una novela negra, sino porque El diablo en cada esquina de Jordi Ledesma es una historia que empieza como un encargo fácil a un pobre desgraciado que necesita dinero y se va complicando por decisiones que los personajes van tomando en caliente, acuciados por el hecho de que algo se sale del guión preestablecido. Sólo con esta premisa, la novela de Ledesma ya merecería la atención. Pero, afortunadamente para el lector, en sus páginas encontrará mucho más, encontrará aquellos elementos que nos hacen estar pegados a un libro. Yo destacaría un par de virtudes que ejercen un magnetismo inmediato.

Por un lado, El diablo en cada esquina está muy bien escrita, y eso es algo que se supone en cualquier novela publicada pero, por desgracia, no siempre es así. Las palabras que utiliza Jordi Ledesma son las que uno escucha en ciertos ambientes, palabras que no están allí para dar el pego, sino que el autor las ha escogido pensando en la musicalidad de la voz de los personajes, lo que proporciona a sus frases la levedad que el orfebre sabe dar a sus piezas bruñidas con esmero. Y esa levedad hace que la historia entre a borbotones, aunque lo que se cuente pese como el plomo. Sencillez aparente, que requiere un gran trabajo previo (bueno, en realidad, ser escritor es eso, dar vueltas y más vueltas a un párrafo para que el lector lo disfrute).

Por otro lado, la historia se presenta como uno de aquellos pasatiempos que consisten en puntos inconexos que desvelan un dibujo poco a poco, al ir uniendo estos puntos siguiendo el orden numérico creciente. De nuevo, la simplicidad, que esta vez se transforma en interés (y anhelo, al ir pasando las páginas) al ver que lo plano tiene sus recovecos. Y, naturalmente, “la historia” no significa nada más que “almas atribuladas a las que sucede alguna cosa”. El hijo de papá al que se le complican las cosas, el policía que se ha dejado corromper, la niña colombiana que se queda huérfana y acaba emigrando para hacer horas en un club de alterne y un ex-militar en busca de su verdadera vocación, todos ellos dirigidos como marionetas por un miembro de la funesta Triple A argentina exiliado en Barcelona que tiene la manía de convocar a sus títeres en el campo del Español porque sus colores le recuerdan la añorada selección albiceleste.

Y, como cualquier novela negra que se precie, pone luz en las alcantarillas, levanta alfombras y quita máscaras, lo que siempre es necesario, especialmente en momentos de crisis del pensamiento, pelotazos, impunidad de los corruptos y dobles raseros. El diablo, ¿en cada esquina? Pues sí. Miren bien y no olviden que al diablo le gusta disfrazarse de manso cordero o de dulce osito de peluche, pero no deja de ser diablo.

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… y entonces tocaron A degüello

Purple light in the canyons
That’s where I long to be
With my three good companions
Just my rifle, pony and me

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El otro día pensaba en las primeras películas que vi en un cine. Tengo algunas imágenes muy nítidas esparcidas entre la neblina de las décadas transcurridas: Hace un millón de años con Raquel Welch en una sesión matinal de domingo, la psicodelia de The yellow submarine de los Beatles o Hello Dolly, donde descubrí el rostro de una voz que oía a menudo en el tocadiscos de casa.

Otra película que vi en esa época, aunque no se trataba de un estreno reciente, la había dirigido Howard Hawks una década antes; era uno de los wésterns que se convirtieron en un clásico del género: Río Bravo. Evidentemente, salía John Wayne y le acompañaban unos ayudantes de pacotilla para la difícil misión de cuidar el calabozo del poblado donde el sheriff había encarcelado al hermano de un influyente ricachón del condado. Se trata de Dean Martin, Walter Brennan y, como diría el Gordo, “Ricky Nelson antes de que empezara a hacer el indio”. Bueno, y Angie Dickinson, que aparece por ahí con su pasado oscuro y se enamora del sheriff -o le enamora, que eso nunca se sabe con certeza-.

Mi segundo encuentro con la película tiene que ver con la música. Para romper un momento de tensa espera, el personaje que interpreta Dean Martin se pone a cantar una canción que define muy bien esa balada de osos solitarios: bajo el cielo púrpura de los cañones, al ayudante del sheriff -malherido tras una fracasada relación amorosa que le llevó a una mala amistad con el alcohol-, ahora le basta con su rifle y su podenco. Un día que curioseaba la discografía de mi padre, dí con el 45 rpm de la banda sonora: el melancólico Río Bravo en la primera cara y My rifle, my pony and me en la segunda, ambas cantadas por Dean Martin con la orquesta de Nelson Riddle en una edición de Capitol.

El penúltimo encuentro con la película fue unos años después, cuando me llegó a las manos esa fotografía que Angie Dickinson firmó a algún admirador que nunca sabré quién fue. Quizás por esta prehistoria, me llamó la atención que el Gordo se comprase el DVD de la película de Hawks en La estrategia del pequinés, la multipremiada novela de Alexis Ravelo (Alrevés Editorial).

- Un muerto, unos ayudantes por los que nadie daría un duro, seres solitarios en busca desesperada del amor, pasados turbios, supervivencias varias y la llegada de la chica.
- Oiga, ¿y ya está?
- No, entonces la banda empieza a tocar A degüello, que es esa melodía de trompeta para declarar la lucha sin cuartel en el asalto final.
- ¿Y la chica?
- Bueno, esto lo tendrá que descubrir usted.
- ¿Me está hablando de la película, no?
- No, le estoy hablando del Rata, del Júnior, del Garepa, del Larry, del Felo, del Rubio, del Gordo, del Tito y de Cora, las almas de La estrategia del pequinés.

Cuando compré la novela de Alexis Ravelo, “un escritor calvo que nació y sobrevive a régimen de cervezas y bocadillos de chopped en Las Palmas de Gran Canaria” y que sospecha que Dios está de vacaciones (según declara en la solapa), el libro ya iba por la cuarta edición, había recibido el Premio Dashiell Hammett a la mejor novela negra publicada en español en 2013, el Premio Novelpol 2014 y el Premio LeeMisterio 2013 al mejor personaje femenino. Este tipo de galardones son un aval, naturalmente, pero confieso que al principio temí que me pasara como aquellas películas que todo el mundo te dice que “¡es tan buena…!” o “¡es tan divertida…!”, que al final te parece normalilla y con poca gracia. Sin embargo, me bastó el inico para convencerme de que La estrategia del pequinés era distinta: empieza con un prólogo que pone las bolas en el lugar adecuado para empezar la partida: cuatro trazos firmes para definir unos personajes perdedores empedernidos, solitarios, con anhelos frustrados y amores perdidos.

- Y entonces aparece Cora.
- Bueno, sí. Aparece Cora, aparece el Gordo. Y el Palmera. Y hay algunos muertos en una red de narcotráfico.
- ¿En el Río Bravo?
- No, en la isla de Gran Canaria.

En fin, no le daré más vueltas porque no puedo seguir explicando, sino diría lo que no debo decir. La gracia de La estrategia del pequinés está en leerla, en subirse al Ford Fiesta con los personajes y recorrer la isla con sus temores, sus ideas brillantes y sus respectivas soledades y anhelos. Ravelo ha tejido una buena historia, con personajes entrañables y bien definidos. Además, empieza la narración justo en “el momento antes”, ese instante a veces difícil de lograr y que permite definir desde la primera página el tono, las tensiones y de qué pie cojea cada tipo con quien se cruzará el lector en las páginas siguientes. No dejéis pasar esta novela; por algo ha cosechado estos premios; no os defraudará.

Y, bueno, como quizás no podréis comprar el DVD de Río Bravo que compró el Gordo aquél domingo por la mañana, os dejo los dos minutos iniciales de la película: sin palabras y con un prólogo que también es genial.

Enlaces de interés:
Blog de Alexis Ravelo
A degüello (wikipedia)

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El mágico punto sin retorno

Love is a traveler on ‘The river of no return’
Swept on for ever to be lost in the stormy sea

En aviación se habla del punto sin retorno para definir el momento del vuelo en el que no queda suficiente combustible para regresar al aeropuerto de origen. En algunas funciones fisiológicas, también se habla del punto sin retorno, aquél que, una vez rebasado, no hay vuelta atrás posible; la eyaculación es uno de ellos. Como idea, creo que ilustra bastante bien todo aquello que inicialmente crees bajo control pero llega un momento en el que se te escapa de las manos, todo se complica hasta lo indecible y acaba estallando.

Esta imagen me vino a la cabeza mientras leía Melodía quebrada, una novela excelente de Josep Camps (Editorial Alrevés, 2014), porque cada uno de sus 55 breves capítulos son como un vertiginoso descenso haciendo eslálom por una montaña nevada, con el consecuente giro inesperado en el último párrafo que te anima pasar página y seguir descendiendo por los renglones torcidos de la buena literatura negra. Un giro inesperado que desmonta de golpe tus frágiles sospechas como si un vendaval abriese inesperadamente la ventana y te desordenase los folios de la historia que te estabas imaginando. Es decir, bien por el autor, y fantástico para el lector.

Desde que empecé a seleccionar mis lecturas al fin de la adolescencia, me ha gustado especialmente lo que, a pesar del peligro de las etiquetas, llamamos “género negro”. No debe extrañar el llamado boom de este tipo de narrativa, porque son historias que tras el sutil tul de la ficción, hablan de la realidad y la denuncian, describen políticos corruptos, policías que ceden a la tentación de la ilegalidad, jueces con interesados dobles raseros, hipocresías y vergüenzas mal tapadas, y perdedores, perdedores, perdedores que luchan impotentes contra la vorágine de las aguas del río revuelto o contra ese imán poderoso e imbatible que es el dinero.

Melodía quebrada habla de especulación urbanística en la Barcelona querida por los turistas de alto poder adquisitivo y habla de rock & roll, la música que mueve a un sargento de la policía llamado Eutiquio Mercado, un indivíduo peculiar del que acabas encariñándote a medida que pasan las páginas y sólo hace que encontrar trabas a la resolución del caso. Trabas y también mujeres, novias, ex-novias y amigas que como en una sucesión de coitus interruptus contribuyen a esa idea del punto sin retorno, de la necesaria huída hacia adelante.

Y, de una imagen a la otra, he recordado una fotografía que tomé en el barrio londinense de Notting Hill, donde un graffiti con fondo amarillo chillón retrata a Joe Strummer, malogrado músico de la banda The Clash. No sé qué opinarán Tiki Mercado (muy purista en lo que al rock se refiere) y Josep Camps de esta banda, pero la foto me ha venido a la memoria por la frase que acompaña la imagen del guitarrista y vocalista: “Sin las personas, no eres nada”, un lema que, sin estar explícito en el libro, sí se puede adivinar por detrás de la denuncia.

Y, claro, imposible no acabar pensando en la primera estrofa de la canción que arrastraba Marilyn Monroe en la película River of no return con Robert Mitchum. No desvelaré el por qué, naturalmente; lo descubriréis acompañando a Tiki Mercado y a Elvira de Montjuïc a Sant Cugat, de Gràcia al Liceu. Una recomendación: acercaos a una librería y empezad Melodía quebrada allí mismo, en pie junto al estante; el primer capítulo es como el riff de Smoke on the water de Deep Purple; tendréis que comprar el libro para poder terminarlo.

Enlaces de interés:

Entrevista al autor: Josep Camps presenta Melodía quebrada

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Lavandería de turno

A ditadura que tanto sofrimento causou veio finalmente abaixo: era um regime sem futuro, como todas as ditaduras. (…) Como se houvesse uma ordem natural, algo maior que orientasse o real rumo a um fim mais nobre.

La ventaja de llevarte una tablet de viaje es que cargas menos peso lo que te permite… ¡ir comprando mas libros de papel! y eso fui haciendo estas semanas. Mientras esperaba en la estación de Burdeos para subir al TGV hacia París, encontré Les pubs que vous ne verrez plus jamais (spécial santé) 160 páginas con antiguos anuncios relacionados con la promoción de la salud (de la mala salud, en la mayoría de los casos). Me pareció interesante para renovar el material de algunas clases y conferencias. Unos días más tarde ya hice uso al hablar sobre innovaciones terapéuticas y, para dar resaltar la importancia de relativizar las verdades científicas, puse el ejemplo de un anuncio de 1930 donde se ve a un niño sonriendo feliz llevando un jersey de Laine Oradium que producía, según el fabricante, “un sano y dulce calor radioactivo“. Me gusta este tipo de ejemplos para convencer de la importancia de dejar asentar la información, incluso en estos tiempos huracanados, incluso en la era Excalibur. Excalibur era el perro de la primera persona infectada por el virus Ébola fuera del continente africano, que se convirtió en trending topic en las redes sociales cuando se tomó la decisión de sacrificarlo con respaldo judicial y político, pero poco criterio sanitario o virológico.

En el aeropuerto de Río de Janeiro, mientras esperaba la conexión hacia São Paulo, compré Alabardas, alabardas, la novela inacabada e inédita hasta ahora de José Saramago. Se trata de menos de cincuenta páginas que esbozan perfectamente la idea que tenía el autor de describir un personaje (Artur Paz Semedo) que trabaja en una fábrica de armamento y vivía con una pacifista militante. Como muestran las pocas páginas de la historia, es un análisis de la responsabilidad ética de las personas con ellos mismos y con los demás, pequeños descuidos, leves brechas de indolencia que son las que acaban teniendo consecuencias.

En el aeropuerto de São Paulo, ya de vuelta a Río, encontré Da minha terra à Terra, una biografía del gran fotógrafo Sebastião Salgado que surge de sus conversaciones con Isabelle Francq; la frase con que empieza esta entrada, pertenece a él. Salgado tiene una obra esencialmente humana que hay que ver en gran formato y, si es posible, en una sala con poca iluminación para que nada distraiga la cascada de emociones que despierta cada una de sus imágenes. Una de las frases que marqué en este libro tiene que ver con la paciencia (que vale en el caso de las innovaciones terapéuticas) y también con la ética del mundo. En África, trabajando como economista tuvo la oportunidad de ver cómo era el mundo de verdad; explica:

(…) Lélia y yo constatamos que el mundo está dividido en dos partes: por un lado, la libertad para quienes lo tienen todo; por otro, la privación de todo para quienes no tienen nada. Y fue este mundo digno y privado de casi todo, el que decidí fotografiar para una sociedad europea suficientemente atenta para escuchar la llamada.

Cuando regresé a Barcelona dos semanas y más de veinte mil kilómetros después, Gregori Dolz de Editorial Alrevés, tras una agradable conversación me regala el ensayo de Alberto Domínguez Ciorán. Manual de antiayuda sobre la perspectiva de este pensador francés; la cita del frontispicio es de Houellebecq y empieza: “La sociedad en que vivimos quiere destruirnos“. Y decido dejar el libro para dentro de unos meses, cuando veamos hacia dónde va la epidemia de Ébola y cuando ya se hayan resuelto unas cuantas incompetencias políticas y bastantes… “embolsillamientos”. ¿Será que la RAE incluirá pronto esta palabra en su diccionario para designar a todos aquellos que distraen dinero que no es de todos para comprarse vinos, joyas, diversión e incluso miserables helados? Desafiemos el pesimismo de Ciorán por una vez y vamos a creer un poco en esa justicia natural que debería acabar imponiendo su ley frente a tanto podredumbre… ¡Llevemos una bolsa inmensa de colada sucia de la sociedad a alguna de esas hermosas lavanderías de Burdeos! A ver si somos capaces de evitar ese fin que había previsto Saramago para su novela inacabada que, en una nota en su ordenador, dejó escrito:

O livro terminará com um sonoro “Vai à merda”, proferido por ela. Um remate exemplar.

Enlaces de interés:
Sobre los excelentes poderes del radio

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Los ‘rock happy’ de la II Guerra Mundial

Albert preguntó: “¿Hay ballenas por aquí?”. “No muchas”, contestó el marinero. “Pues creo que tenemos una frente a nosotros”, dijo Albert mirando a través de los prismáticos la masa negra que se divisaba sobre las olas en el horizonte. “Allí, mire”. El marinero se inclinó para poder mantener el timón con el pecho y enfocó los prismáticos que Albert le tendía. “¿Eso una ballena? Es su maldita roca.”
David Forrest

Como cualquier islote que se precie, Fernando de Noronha también fue lugar de reclusión de deportados y extranjeros no gratos, delincuentes y presos políticos; para ello, contaba con la ventaja de ser una isla de dimensiones reducidas y, además, estar, como dirían en la época, a 64.000 leguas de tierra firme, un brazo de 360 kilómetros de Atlántico ventoso y bravo. Actualmente en Vila dos Remédios, el núcleo principal de la isla, se pueden ver las ruinas del antiguo presidio mordidas por el abandono, el salitre y el avance imparable de la vegetación selvática. De esa época abundan muchas historias, ya que tienen los elementos narrativos básicos para que funcionen: 17 kilómetros cuadrados de tierra boscosa rodeados de aguas agitadas; asesinos violentos, ladrones sagaces y otros elementos a quien preferirías no encontrarte en la oscuridad; muchos escondites y el temor que nos origina la incertidumbre unida a la imaginación de la noche. Iba a hablar de ellas, sin embargo esta semana recibí un documento por correo postal que es el relato de una misión fracasada del ejército norteamericano en Fernando de Noronha durante la II Guerra Mundial.

Las novelas o el cine han ayudado a que identificásemos dicha contienda con la Vieja Europa, el norte de África, Japón o los Estados Unidos, pero no una isla diminuta del Atlántico. Cuando buscaba información sobre el archipiélago antes de viajar a él, di con una referencia de la Air University Library en Maxwell Field, Alabama. Resulta que en octubre de 1960 desclasificaron un documento del ejército norteamericano titulado History of the Air Transport Command on Fernando de Noronha, firmado por el sargento Bill A. Rips en junio de 1945, y con sello de registro fechado el 8 de diciembre de ese mismo año. Les escribí y un par de semanas más tarde recibí en mi domicilio un sobre naranja de la Air Force Historic al Research Agency que contenía un pliego de 41 páginas tamaño letter con la curiosa narración de una operación militar aparentmente fracasada.

Fernando de Noronha tiene una ubicación peculiar en el Atlántico: está un poco al sur del Ecuador, frente al extremo más oriental del continente americano o, dicho de otro modo, es el punto más cercano a la costa africana. Esta posición tiene un valor estratégico notable, que aprovecharon la primera navegación marítima y los primeros vuelos transatlánticos. En el año 1934, Air France construyó una precaria pista de aterrizaje, pero ya hacía tiempo que su predecesora, Aéropostale, se había establecido en la isla donde llegaban los hidroaviones en vuelo directo desde Dakar (Senegal); fue la época de pioneros del aire como Jean Mermoz o, sobre todo, Antoine de Saint-Exupéry. Aéropostale se convirtió en Air France, los hidroaviones dejaron paso a los modelos que aterrizaban en la pista y poco después el mundo vivía con preocupación la II Guerra Mundial.

El 20 de mayo de 1942 el comandante estadounidense V. Jamison visitó Fernando de Noronha; poco antes, militares alemanes habían hecho lo mismo con la intención de adelantarse a los Estados Unidos y ganar terreno a los Aliados; sin embargo, en 1941 Brasil y los Estados Unidos habían firmado un acuerdo político-militar que posibilitó que un destacamento norteamericano se estableciese en la isla durante casi dos años, construyese la actual pista de aterrizaje y dispusiese de un importante enclave estratégico en el Atlántico Sur durante los años decisivos de la Gran Guerra.

Lo curioso del documento es que narra con detalle las peripecias de la misión. En la isla no había ningún puerto, lo que dificultaba enormemente la descarga tanto del material como de los bidones de combustible que serían necesarios cuando el aeropuerto funcionase a pleno rendimiento. En las obras participaron un centenar de norteamericanos y setecientos brasileños, pero todo iba a un ritmo, para entendernos, tropical: en junio de 1942 se planificaron las obras, en septiembre se empezó la construcción de un aeropuerto adecuado para los bombarderos y en enero de 1943 sólo se había completado un uno por ciento del proyecto. Finalmente, la pista se puso en funcionamiento a comienzos de 1944, pero el aeropuerto sólo estuvo operativo cinco meses, durante los que aterrizaron y despegaron 134 vuelos. Finalmente se percataron de que la falta de disponibilidad de combustible era un problema importante: los barcos de la marina norteamericana no podían atracar en la isla porque no había puerto, de modo que debían desembarcar los bidones lejos de la costa y éstos se tenían que hacer llegar a la playa. Además, la marina tenía otro papel importante: detectar y atacar posibles submarinos del Eje que navegasen por el Atlántico Sur. Así pues, el 15 de septiembre de 1944, el ejército decidió abandonar las instalaciones aéreas en la isla, y ésta sólo sirvió de base de la marina durante los pocos meses que quedaban para el fin de la guerra.

A parte del fracaso en la planificación y ejecución del proyecto desde el punto de vista estratégico y operativo, el informe de la misión en Fernando de Noronha pone de manifiesto las discusiones entre el ejército y la marina del mismo bando destacados en la isla. Un oficial se queja: “me resulta difícil entender por qué se bajaron alimentos de la bodega para poder embarcar equipaje de ocio como una mesa para jugar a los dados (que sólo servirá para divertir a unos cuantos oficiales de la marina que, además, tienen prohibido jugar)”. El trabajo en la isla se describió como meramente rutinario, excepto en febrero de 1944, el mes “pico”. A pesar del fracaso, las autoridades militares tenían clara una cosa: no podían permitir que los militares destacados en Noronha se convirtiesen en los “rock happy” o los “Fernando happy”, de modo que idearon un sistema de rotación por el cual, cada dos meses y medio todos los destacados regresaban al continente. La estrategia y la visión podían fallar (o quizás sólo pretendiesen alejar las aspiraciones de las fuerzas del Eje de poner los pies en el continente americano), pero lo que no se podía permitir de ningún modo es que los militares fuesen felices, porque los felices no hacen la guerra; más bien hacen el amor. Leyendo este informe recordé la divertida sátira de David Forrest Y a mi sobrino Albert le dejo la isa que gané a Fatty Hagan en una partida de póquer. Realidad y ficción, a menudo van de la mano.

Enlaces de interés:

http://aerostories.free.fr/juniors/queven02/aeropostale/aero_carte.JPG

Historia de l’Aéropostale

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Historias de tiburones

En la playa del Cachorro, una hendidura estrecha en la roca conduce a una enorme galeria cavada por el mar. (…) Fue en esta caverna -dice la leyenda- que el capitán Kidd escondió el tesoro acumulado tras los asaltos a los galeones repletos de oro y piedras preciosas.

Las islas acostumbran a ser lugares propensos a las leyendas e historias más o menos truculentas; también son un escenario excelente para la novela negra. Fernando de Noronha, un archipiélago de origen volcánico situado a casi 400 kilómetros del extremo más oriental de Brasil (y, también del continente Americano), no se libra de ello y hay unos cuantos motivos que lo explican. De entrada, el paisaje, con una aguja vertical de 321 metros junto a la praia da Conceição, que el imaginario de los pescadores convirtió pronto en un gigante y numerosas brechas en las rocas basálticas donde la mente humana ha escondido supuestos tesoros fabulosos como el del capitán Kidd. Y, luego, el hecho de que la isla se convirtiese pronto en presidio para deportados de Portugal y de Brasil o fuese un punto estratégico durante la II Guerra Mundial, cuando molts militares norteamericanos tuvieron un destacamento. Por lo menos dos libros recogen decenas de estas leyendas: Lendas e fatos pitorescos de Marieta Borges Lins e Silva, de donde procede la cita con la que empieza esta entrada y Fernando de Noronha, de Ilha Maldita ao Paraíso, de Ely Pereira de Avila.

Conocía la existencia de Fernando de Noronha desde una de las primeras veces que visité Brasil, pero decidí viajar allí siguiendo un hilo de ideas que partió de la obra de Thomas More, puesto que aseguran que este pensador del siglo XVI se inspiró en la narración que Américo Vespucio hizo del descubrimiento de este archipiélago al escribir sobre su famosa isla, Utopía. Pero no es eso lo que quería comentar ahora, sino algo que me llamó la atención al ir hablando con varios isleños: la importancia de los tiburones.

En el Atlántico hay numerosas especies de tiburón, y en Fernando de Noronha predomina una, el tiburón limón (Carcharhinus acronotu). Estos escualos también están rodeados de numerosas anécdotas, se cobran varias víctimas cada año en todo el mundo y gozan de un cierto halo de ferocidad al que ha contribuido notablemente la industria cinematográfica. En Noronha, incluso existe un interesante Museu do tubarão y una de las conferencias semanales que organiza el Projeto Tamar la da precisamente Leonardo Veras, su director; en la isla, todo el mundo recomienda “la conferencia de los viernes”, y naturalmente, allí estaba a las ocho de la noche el viernes 1 de agosto. Una de las sorpresas agradables es que, precisamente aquél viernes, la conferencia era doble, la de Lorenzo Veras y, a continuación, la inesperada exposición de Chris Fischer, el director del Proyecto Ocearch que precisamente aquellos días estaba dando la vuelta al archipiélago con su barco para tratar de identificar y marcar tiburones adultos con el fin de poder rastrearlos y conocer mejor las rutas migratorias y las causas de la muerte prematura de algunos ejemplares. Pero tampoco quería hablar de esto, que dejaremos para otro día.

Lo que me llamó la atención en Fernando de Noronha es que todo el mundo con quien hablas tiene historias de tiburones para explicar y, tarde o temprano, todos acaban preguntándote si ya te has cruzado con un escualo, especialmente si te ven cargando unas gafas subacuáticas y unos pies de pato. Es el tema de conversación en la isla, igual como en otros lugares lo son las historias de una guerra pasada o anécdotas en la selva. Quien más me habló de tiburones fue Peixoto, la pareja de Venusa y dueña de la Pousada Alto Mar (muy recomendable, por cierto). Una noche que la pesca había ido bien y Peixoto llegó con un enorme dourado y una cavala que preparó a la brasa, envuelta en hoja de banano, empezó a explicar sus encuentros, primero con lo que llamó tiburones “normales” (o sea, ejemplares de tres metros de largo que se acercaban habitualmente a él durante sus expediciones submarinas). Ahora bien, su “capítulo estrella” era el encuentro con un tiburón un tanto especial. Al parecer, había salido con un par de visitantes para hacer buceo en profundidad; él bajó primero y, al darse cuenta de que los otros dos no lo seguían, miró hacia arriba y vio que allí estaban, descendiendo poco a poco. De pronto, se dio cuenta de que le hacían señas que no tenían nada que ver con las convenidas hasta que pensó que quizás le indicaban que mirase hacia el lado contrario y, cuando lo hizo, vio que un enorme tiburón-martillo se acercaba a él a toda velocidad; no acostumbra a llevar ni machete ni arpón, y de nada hubiera servido intentar huir, por lo que pensó lo peor hasta que, cuando el enorme animal estaba a un par de metros, recordó que tenía el respirador auxiliar, de modo que lo accionó dirigiendo las burbujas de oxígeno hacia el animal, que se asustó y cambió de rumbo.

Dos días después, escuché a Peixoto contar la misma historia a otros huéspedes de la pousada, y fue cuando pensé que, en una isla como Fernando de Noronha, las historias de toda la vida, que contaban los abuelos a los nietos cerca del fuego, son historias de tiburones y otros grandes animales, de temporales y olas gigantes. La mañana antes de tomar el avión de regreso al continente, bajé a la praia do Cachorro, justo al lado de esa brecha en las rocas donde supuestamente el capitán Kidd escondió su tesoro. Había visto el museo del tiburón, había estado en la playa del Buraco da Raquel donde se aparean los tiburones por la mañana junto a la costa y había estado en la conferencia sobre estos escualos, pero no me había encontrado ninguno. Esa mañana, me despedía de las aguas transparentes del archipiélago y, cuando regresaba hacia la costa, de pronto lo vi nadando tranquilamente. Me quedé quieto, como recomiendan; era pequeño y debía estar más asustado él que yo. Le tomé unas fotos y me quedé con la agradable satisfacción de pensar que si hay ejemplares jóvenes, eso significa que hay esperanza para una especie que, como explicó Chris Fisher, más que ser una amenaza para el hombre, es el hombre quien constituye una amenaza para su supervivencia.

Enlaces de interés:
Fernando de Noronha (wikipedia)
Sobre Utopía (wikipedia)
Ocearch – Expedition Brazil (July-2014) (youtube)

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Novela negra

Cementerio de Carabanchel: ya da igual el nombre y la edad de la víctima: todas fueron idénticas en el miedo y en el frío: en la sorpresa de la muerte y en esa imposibilidad de sujetarse el alma con las manos: a Maximiliano Luminaria (cirujano) le dan una pena terrible aquellas vidas que se fueron antes de tiempo

No es extraño que haga referencia a alguna novela negra o que “negree” en este blog. Sicilia con Camilleri, Sudáfrica con Roger Smith, o Estonia con Sofi Oksanen, sólo por citar algunas. Normalmente coinciden con viajes a esos lugares, porque creo que la novela negra, por su fondo, su forma y sus reglas, a pesar de la ficción, permite dibujar la sociedad de un modo mucho más real que otro tipo de literatura. La novela negra puede llegar a ser como leer unos cuantos periódicos locales, con un hilo conductor que te hace pasar páginas; ese es el poder de una buena historia. Lógicamente, tiene sus arquetipos y requiere los artilugios narrativos que utiliza la literatura para mantener vivas las ganas de seguir avanzando, pero una buena historia y un personaje memorable, logran hacerte ver un lugar de una forma distinta y original, conociendo tanto lo evidente que suele mostrarse al forastero, como sus sombras.

Leí sobre Carabanchel sin tener previamente ninguna intención de ir a ese barrio de Madrid. Leí esta historia sin haberme planteado leerla ni habérmela comprado. Tampoco es que fuese a una librería a buscar otra novela y, al ver esa atractiva portada, decidiese comprarla. Me llegó de un modo distinto (que es como llegan los grandes libros). Siguiendo a @GregoriEditor en Twitter, tropecé con algunos mensajes que no comprendía. Tenían en común el hashtag #muelle14 y eran algo intrigantes. Por ejemplo:

@GregoriEditor 27 marzo: Alibiworld la tela de araña, la cortina de humo, el tinglado, la tapadera el laberinto ciego: mentimos para tu bienestar.

y este:

@abrirunlibro 4 abr: @dsdmona @2davidgomez No son comparables. Nunca creí que me gustaría un libro donde se pasa las reglas gramaticales por el forro. #muelle14″

o este:

Gregori Dolz ‏@GregoriEditor 4 abr: Mendoza dice #muelle14 Un relato perturbador y fascinante, patibulario y divertido. Una voz distinta y tenebrosa en la novela negra española

De modo que escribí a Gregori Dolz de Editorial Alrevés y media hora después tenía en mi bandeja de correo un manuscrito titulado Te quiero porque me das de comer escrito por David Llorente. Los papeles durmieron unas horas en mi coche hasta que, para hacer tiempo mientras esperaba, empecé a leer (con cierto escepticismo inicial, tengo que reconocerlo).

¡No se os ocurra empezar este libro, por favor! Creedme. Y si empezáis, aseguráos que tenéis cinco o seis horas por delante, porque esa historia es como cuando a uno se le pega un papel de caramelo en los dedos, que no te puedes desprender de él. Y, claro, en este caso, más allá de las palabras y la genial manera de juntarlas, están las almas, los personajes, de modo que además de los dedos, te queda el cerebro enganchado. Salen tipos como uno al que el autor llama Max Luminaria, que mejor ni os acerquéis a él, porque empezará a pasearse por las neuronas y se os aparecerá en cualquier momento. Recordaréis esta novela incluso cuando por la mañana saqueis una moneda para pagar el café en el bar de la esquina.

Queda hecho el aviso. No compréis Te quiero porque me das de comer de David Llorente, porque es tan buena como uno de esos retratos hiperrealistas de Colin Chillag que sorprenden por su un perfección, por la osadía de romper moldes, por su grandeza. Pero si tenéis curiosidad, que es ese motivador interno que nos atosiga desde niños y que no debería apagarse nunca, podéis pinchar aquí o pedirla a vuestro librero negroycriminal de cabecera.

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